
Abinader es el promotor y responsable de una Revolución Molecular Disipada, sin saber que es
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La República Dominicana está enfrentando una presión creciente que erosiona de forma silenciosa su soberanía nacional. La migración irregular, las imposiciones de organismos internacionales, la operación de ONGs extranjeras con agendas cuestionables y el debilitamiento de las instituciones nacionales no son hechos aislados. Se trata de síntomas claros de una Revolución Molecular Disipada (RMD), y aunque muchos no lo identifiquen como tal, el presidente Luis Abinader se ha convertido, sin saberlo, en su principal promotor y responsable.
Una Revolución Molecular Disipada es una forma de desestabilización no convencional que se manifiesta a través de múltiples frentes simultáneos. No tiene líderes visibles, ni una estructura central, pero sus efectos son profundos: fragmenta al Estado, difumina la soberanía y genera una sensación de caos progresivo. En el caso dominicano, el tema haitiano ha sido el terreno perfecto para que este fenómeno avance, mientras el gobierno actúa con pasividad, o peor aún, con complicidad.
Luis Abinader ha sostenido un discurso patriótico en escenarios internacionales, denunciando la crisis haitiana y exigiendo soluciones globales.
Sin embargo, en la práctica ha permitido que República Dominicana asuma una carga que no le corresponde. Bajo su administración, se ha visto un debilitamiento del control migratorio, el abandono del Plan de Regularización y la falta de voluntad para enfrentar con firmeza a ONGs y embajadas extranjeras que interfieren en asuntos internos.
En el territorio nacional, miles de parturientas haitianas siguen recibiendo atención médica gratuita sin que se exijan documentos. En barrios completos, el control social se ha desplazado a comunidades extranjeras sin supervisión real del Estado. Y mientras esto ocurre, el gobierno mantiene acuerdos con agencias internacionales que actúan como estructuras paralelas, muchas veces sin transparencia ni consulta pública.
El silencio del gobierno ante las campañas internacionales que acusan a República Dominicana de racismo y violaciones a los derechos humanos es otra señal preocupante. En lugar de defender con fuerza la imagen del país y su derecho a aplicar sus leyes migratorias, Abinader ha optado por la prudencia diplomática, lo que ha sido interpretado como debilidad o entrega.
Peor aún es la manipulación del tema migratorio con fines políticos. Cuando conviene electoralmente, se levanta el discurso de la defensa nacional; pero luego, con la misma rapidez, se retoman políticas blandas que alimentan el problema. Esta incoherencia no solo confunde a la ciudadanía, sino que profundiza el caos institucional y favorece los intereses de quienes apuestan al colapso del orden.
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No hace falta que el presidente entienda lo que es una Revolución Molecular Disipada para estar ejecutando sus líneas fundamentales. Su permisividad, su falta de decisión, y su obsesión por complacer a la comunidad internacional lo han convertido en una pieza funcional de este proceso.
República Dominicana no necesita discursos vacíos. Necesita un liderazgo que defienda su soberanía con hechos, que enfrente las presiones externas con firmeza y que restablezca el orden interno con políticas claras y coherentes. De lo contrario, lo que se perfila no es una solución al problema haitiano, sino la disolución progresiva de la identidad y el control dominicano sobre su propio destino.
Luis Abinader debe decidir si quiere pasar a la historia como el presidente que defendió la nación, o como aquel que la entregó sin saber siquiera cómo ocurrió.
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