
Desinfluenciados: la epidemia de lo viral y lo banal
Contenido migrado desde el archivo editorial de Hackeando el Sistema.
En República Dominicana, vivimos en la era del desahogo digital, donde cualquier disparate encuentra su altar en la pantalla. Basta con tener conexión a internet y cero vergüenza para convertirse en “creador de contenido”. ¿Contenido? Más bien residuos audiovisuales que, lejos de construir, se arrastran por el timeline con la misma dignidad que una cucaracha boca arriba.
Las redes sociales en República Dominicana, no se premia la inteligencia, ni la creatividad, mucho menos la decencia.
Hoy lo que se aplaude es quién grita más, quién enseña más, quién miente mejor. Hay una especie de competencia por ver quién se degrada primero y mejor, mientras una audiencia anestesiada le da "me gusta" y comparte como si eso fuera una medalla al mérito.
Uno pensaría que con tanto acceso a información, la humanidad estaría en un renacimiento de ideas, pero no. Estamos en un apocalipsis de neuronas. Los valores se venden por views, la dignidad se cambia por un challenge, y el respeto… bueno, ese hace rato que lo archivaron en una historia que ya expiró.
La irreverencia, antes aliada de las grandes revoluciones culturales, hoy es simplemente la excusa para actuar como salvajes con Wi-Fi. Ser vulgar se volvió un estilo de vida. Decir cualquier disparate frente a una cámara se transformó en “ser real”. Y si alguien se atreve a cuestionar la calidad de lo que se consume, lo tachan de “hater”, como si criticar la basura fuera más ofensivo que producirla.
La tragedia no es que existan estos personajes, sino que son referentes. Sí, referentes. Para una generación que, en lugar de buscar superarse, busca viralizarse. Lo importante no es lo que haces, sino cuántos lo ven. Y si además de verlo se ríen, aunque sea de tu miseria, mejor.
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Lo más alarmante es que todo esto se ha normalizado. La degradación se volvió entretenimiento, y el mal comportamiento es premiado con seguidores. Mientras tanto, los que realmente aportan algo quedan arrinconados, invisibles, desplazados por quien se graba llorando en TikTok o mostrando hasta el alma por un like.
Los vivimos en República Dominicana es una distopía disfrazada de libertad de expresión, donde la influencia dejó de ser inspiración para convertirse en contaminación.
¿Y quién regula esto? Nadie. Porque todos, en algún momento, fuimos cómplices con un “compartir”, un “comenta”, o peor: un silencio.
En fin, que no nos digan que esto está bien. No está bien. Pero como decía mi abuela, “cuando el relajo llega al altar, hasta el diablo se persigna”. El problema es que aquí, hasta el diablo ya tiene canal de YouTube.
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Y mientras algunos hacen espectáculos noticiosos, en Hackeandoelsistema.net hacemos periodismo. Lo nuestro es memoria con contexto, no show con libreto.
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