
El PLD frente al 2028: no puede ser Gonzalo, ni Abel, Margarita fuera menos toxica, pero la opcion al futuro debe ser Juan Ariel Jiménez
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El Partido de la Liberación Dominicana (PLD) parece transitar un camino que ya ha demostrado sus límites. La reaparición de figuras asociadas a derrotas electorales recientes y a altos niveles de rechazo ciudadano evidencia una desconexión con la realidad política del país. La posible candidatura de Gonzalo Castillo, así como las tensiones internas evidenciadas por la exclusión solicitada por Abel Martínez, confirman que el partido aún no logra cerrar el ciclo que lo condujo a su derrota en 2020.
Más allá de las aspiraciones individuales, el problema es estructural.
El PLD no va a ganar las elecciones presidenciales de 2028 si insiste en reciclar candidaturas que no solo no entusiasman, sino que generan resistencia incluso dentro de su propia base.
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La ciudadanía dominicana ha cambiado; es más crítica, más informada y menos tolerante a los símbolos del pasado reciente. Pretender que los mismos rostros encabecen un proyecto de “renovación” es una contradicción insostenible.
En ese contexto, incluso figuras como Margarita Cedeño —quien en su momento fue ampliamente valorada y llegó a estar, quizás, sobrevalorada en términos de expectativas— hoy representarían una opción menos tóxica que otros aspirantes. Sin embargo, el debate no debería centrarse en quién genera menos rechazo dentro del viejo liderazgo, sino en cómo construir uno nuevo.
Si el PLD aspira seriamente a ser competitivo en 2028, debe asumir que el reto no es solo electoral, sino generacional y narrativo. Necesita un liderazgo capaz de articular ideas, defender con solvencia la obra de gobierno del partido, conectar con sectores jóvenes y, sobre todo, presentar un rostro creíble de futuro. En ese sentido, Juan Ariel Jiménez emerge como la figura más coherente para encabezar ese proceso.
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Jiménez reúne condiciones poco comunes en el escenario actual: formación técnica sólida, capacidad de comunicación, bajo nivel de rechazo y una visión moderna del Estado y de la política pública. Representa un perfil que puede disputar el debate de ideas, no desde la nostalgia del poder perdido, sino desde la racionalidad y la propuesta. No arrastra el desgaste de las grandes derrotas electorales ni las sombras de los escándalos, y puede convertirse en un puente entre la defensa del legado del PLD y la construcción de una nueva etapa.
No obstante, ese liderazgo no se construye solo.
El PLD tendría que asumir la responsabilidad de proyectarlo, darle visibilidad, permitirle crecer políticamente y apostar de manera decidida por su posicionamiento nacional. De lo contrario, seguirá atrapado en disputas internas, consultas cuestionadas y candidaturas que miran más al pasado que al país real.
El 2028 no se ganará con imposiciones ni con nombres conocidos, sino con credibilidad, coherencia y renovación auténtica. Si el PLD no lo entiende a tiempo, su derrota no será una sorpresa, sino una consecuencia lógica de no haber sabido leer el momento histórico que enfrenta.
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