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Imposición vs. legitimidad: el riesgo silencioso que puede definir las elecciones del 2028

Imposición vs. legitimidad: el riesgo silencioso que puede definir las elecciones del 2028

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Melvin SenaMELVIN SENA/23 MAR DE 2026/1 MIN/0 VISTAS

La política dominicana se encamina hacia un punto crítico que muchos actores prefieren ignorar: la creciente desconexión entre las decisiones de las cúpulas partidarias y la voluntad real de sus bases. En un contexto donde el desencanto ciudadano supera el 60%, imponer candidaturas sin legitimidad interna para las elecciones del 2028, no solo es un error estratégico, sino un riesgo estructural que puede traducirse en abstención, fragmentación y derrota electoral.

El problema no es nuevo, pero sí más peligroso que nunca. Durante décadas, los partidos han operado bajo un modelo vertical donde las decisiones emanan desde arriba y luego se “bajan” hacia la militancia. Sin embargo, ese modelo está mostrando signos evidentes de agotamiento. Hoy, el votante no solo cuestiona al partido, sino también la forma en que este selecciona a sus líderes.

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Fuerza del Pueblo: entre la historia y la transición

El caso de la Fuerza del Pueblo ilustra con claridad este dilema. Por un lado, existe un liderazgo histórico con control orgánico, redes construidas durante décadas y una estructura leal. Por otro, emerge una figura con mayor conexión generacional, mejor aceptación en segmentos clave y menor nivel de rechazo.

El conflicto no es simplemente entre dos nombres, sino entre dos modelos: continuidad versus renovación. La dificultad radica en que la estructura que sostiene al liderazgo tradicional no necesariamente se siente segura con un relevo que podría redefinir las reglas del juego. En ese escenario, imponer una candidatura sin consenso interno podría fracturar la base o, peor aún, desmovilizarla.

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PRM: popularidad sin estructura también es debilidad

En el Partido Revolucionario Moderno (PRM), el problema adopta otra forma, pero igual de delicada. Hay figuras con alta popularidad y respaldo económico significativo, pero con una debilidad evidente en el músculo político interno. Es decir, tienen imagen, pero no estructura; tienen aceptación mediática, pero no control territorial ni lealtad orgánica.

Esto crea una ilusión de fortaleza que puede desmoronarse en un proceso interno o en una elección general. La política dominicana sigue dependiendo, en gran medida, de la capacidad de movilización, del trabajo de base y de las relaciones construidas en el tiempo. Cuando el entorno de un liderazgo responde más a intereses coyunturales que a convicciones políticas, la estabilidad de ese proyecto queda en entredicho.

A esto se suma otro fenómeno: candidaturas cuya viabilidad descansa en el capital político heredado. En esos casos, el liderazgo no se sostiene por sí mismo, sino por la sombra de una figura anterior que todavía conserva influencia decisiva dentro del partido. Esto limita la autonomía del candidato y condiciona su capacidad de construir una base propia.

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PLD: orden interno, pero con dependencia estructural

El Partido de la Liberación Dominicana (PLD), por su parte, presenta un escenario relativamente más organizado, pero no necesariamente más saludable. Su proceso de selección tiende a ser más disciplinado, pero también más condicionado por la figura que mantiene el control real del partido.

Esto implica que el candidato no será necesariamente el más conectado con la base, sino el que logre mayor nivel de entendimiento con el liderazgo dominante. Aunque esto puede garantizar cohesión interna en el corto plazo, limita la capacidad de renovación y reduce la competitividad frente a un electorado que demanda cambios reales.

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El patrón común: liderazgos que no sueltan el poder

A pesar de sus diferencias, los tres principales partidos comparten un mismo problema de fondo: la dificultad de sus liderazgos históricos para ceder espacio a nuevas generaciones. Esta resistencia no es solo personal, sino estructural. Durante años se han construido redes de poder, compromisos políticos y relaciones económicas que dependen de la permanencia de esos liderazgos.

El resultado es un sistema donde:

  • La base no decide, solo valida.
  • La renovación se percibe como amenaza.
  • Y la candidatura se convierte en un instrumento de preservación, no de transformación.

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Las elecciones del 2028: una prueba de supervivencia

Si los partidos insisten en imponer candidatos sin legitimidad interna ni conexión real con el electorado, el 2028 podría marcar un punto de quiebre. No necesariamente en términos de quién gane, sino en cómo se redefine el comportamiento del votante.

Menor participación, voto de castigo y crecimiento de opciones fuera del esquema tradicional son escenarios cada vez más probables. En ese contexto, la verdadera fortaleza no estará en quién controle la estructura, sino en quién logre representar auténticamente a la gente.

La advertencia es clara:
los partidos que no escuchen a sus bases terminarán hablando solos.
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