
Hipólito Mejía: ¿Es Peón del Interés Empresarial? (No se cansa de pedir la regularización de los haitianos cada vez que le acercan un micrófono)
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En un momento crítico para la soberanía y el orden migratorio de la República Dominicana, el expresidente Hipólito Mejía ha decidido colocarse —una vez más— del lado equivocado de la historia. Su más reciente declaración, respaldando un nuevo proceso de regularización para la mano de obra haitiana, no solo desafía el sentir mayoritario del pueblo dominicano, sino que también lo perfila como un enemigo de los intereses nacionales.
Durante un acto con el Consejo Nacional de la Empresa Privada (Conep), Mejía pidió regularizar “de manera urgente” a los trabajadores haitianos. Para él, esto no es solo una prioridad empresarial, sino una “necesidad real del país”. Sin embargo, esa supuesta necesidad no es más que el reflejo de la presión de sectores empresariales voraces, acostumbrados a beneficiarse de una mano de obra barata, ilegal y vulnerable.
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Hipólito Mejía dice que hay que “olvidarse de los prejuicios”, como si defender la soberanía, el orden y la ley fuera un asunto de capricho ideológico. El pueblo dominicano no tiene prejuicios: tiene memoria, conciencia histórica y amor por su patria. La gran mayoría exige, no más regularizaciones, sino deportaciones masivas de todos los ilegales. Y no es por odio, sino por simple derecho a ordenar su casa.
Lo que Hipólito Mejía no comprende —o decide ignorar— es el costo político de su postura, no solo para él, sino para su hija Carolina Mejía, cuyas aspiraciones presidenciales ya comienzan a estar asociadas al fantasma de la "haitianización" del país. La gente ha empezado a decirlo claro: un gobierno de Carolina será un gobierno entregado a los haitianos.
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Conviene recordar que ya se intentó un plan de regularización hace pocos años. En contra de la voluntad popular, se otorgaron documentos sin cumplir los requisitos mínimos, muchos de ellos con identidades civiles falsas. Ahora se pretende repetir la jugada, pero en un contexto aún más delicado: con Haití en total colapso institucional y social.
Un nuevo plan de regularización no solo sería una traición a la ley y a la soberanía, sino también un mensaje devastador a la comunidad internacional: que la República Dominicana está dispuesta a cargar con una crisis que no le pertenece. Esto aniquilaría cualquier efecto disuasivo de las deportaciones recientes y abriría las puertas a una nueva avalancha migratoria, pero que carajo le importa eso a Hipólito Mejía.
Es claro que la clase empresarial —que financia campañas y controla a muchos políticos— quiere más esclavos modernos, sin importar el impacto cultural, económico o demográfico. Pero el pueblo está despertando. Y si el PRM no escucha, quedará fuera del poder en 2028, desde ahora mismo.
Jamás debe aprobarse un nuevo plan de regularización. Sería una claudicación ante el chantaje internacional, un premio al delito migratorio y una puñalada a la dominicanidad. La República Dominicana merece políticos que piensen en su historia, en su gente, y no en los aplausos del Conep ni en las ONGs extranjeras.
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