
Los jueces del Tribunal Constitucional que aprobaron la Mariconeria, en la PN parecen que también son pájaros, solo que no salen del close todavía
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En muchos países se ha visto una tendencia creciente: grupos altamente organizados, conscientes de que sus propuestas sociales no tienen apoyo mayoritario, han optado por un camino alternativo para convertir sus demandas en políticas públicas: la judicialización de la política. Es decir, llevar sus causas aL Tribunal Constitucional, buscar precedentes constitucionales y utilizar el poder jurídico para imponer decisiones que no pasarían jamás por el filtro del voto popular ni del Congreso.
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En sectores conservadores del país ha comenzado a circular la percepción de que las decisiones recientes del Tribunal Constitucional no solo reflejan una línea ideológica importada, sino también posibles intereses personales dentro del propio tribunal. Muchos entienden que algunos de los jueces que impulsan este tipo de fallos podrían estar actuando desde motivaciones que nunca han expresado públicamente, alimentando la sospecha de que detrás de la sentencia podría haber afinidades o identidades no declaradas que influyen en su visión jurídica. No se trata de acusaciones directas, sino del creciente sentir de una ciudadanía que observa cómo ciertos magistrados parecen defender con un fervor inusual causas que no representan el consenso nacional.
La República Dominicana no ha sido la excepción. La reciente sentencia del Tribunal Constitucional —que elimina las sanciones a la conducta homosexual dentro de las fuerzas armadas y la policía— es el ejemplo más reciente de este fenómeno. No es un cambio nacido de un debate nacional, ni de un consenso legislativo, ni de una transformación cultural orgánica: es una decisión impuesta desde arriba, por un pequeño grupo de actores que han sabido canalizar sus intereses a través del sistema judicial.
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Este patrón se repite en otras naciones donde, al no existir respaldo social suficiente, ciertos movimientos han encontrado en las cortes un terreno fértil: jueces, doctrinas importadas, organizaciones internacionales y una presión externa constante que busca modificar legislaciones locales sin consultar al ciudadano común. El resultado es siempre el mismo: avances acelerados, desconectados de la realidad sociocultural, generando tensiones y rechazo en sectores que sienten que el país está siendo empujado hacia modelos que no ha elegido.
En el caso dominicano, la preocupación va más allá de un simple fallo. Lo que inquieta es la puerta que abre: si un pequeño grupo logró mover piezas legales para transformar normas militares, ¿qué impide que mañana se intenten cambios más profundos en el orden civil, familiar o educativo siguiendo la misma ruta? La sociedad queda reducida a espectadora, mientras una minoría organizada define, a través de las cortes, asuntos que deberían ser discutidos por la mayoría.
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La sentencia reciente no solo marca un precedente jurídico, sino un precedente político: las decisiones estructurales del país ya no se están resolviendo en el Congreso ni en la voluntad popular, sino en manos de tribunales que actúan como legisladores sustitutos. Y si este modelo continúa, veremos cómo temas de alta sensibilidad social seguirán siendo transformados sin debate, sin consenso y sin legitimidad democrática.
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