
Miguel Vargas desmiente a Abinader: La política exterior dominicana, al servicio de EE. UU.
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La polémica sobre la Cumbre de las Américas 2025 en Punta Cana se intensifica. Después de que el presidente Luis Abinader afirmara que la convocatoria y las invitaciones dependen principalmente de Estados Unidos, Miguel Vargas, presidente del PRD y exministro de Relaciones Exteriores (2016-2020), lo desmintió categóricamente.
Miguel Vargas explicó que, aunque la primera cumbre se celebró en Miami en 1994 como iniciativa estadounidense, desde 1998 la OEA, a través de su Secretaría de Cumbres, coordina junto al país anfitrión toda la organización, convocatoria e invitaciones. Es decir, la afirmación de Abinader de que República Dominicana “solo organiza la logística” carece de fundamento histórico y técnico, y lo deja expuesto como un gobierno que subordina la soberanía nacional a intereses externos.
https://twitter.com/MiguelVargasM/status/1980652933868904556
La voz de la experiencia
Miguel Vargas no es un observador cualquiera.
Como exministro de Relaciones Exteriores y con décadas de experiencia diplomática, sabe cómo funcionan las Cumbres y cuál es el rol del país anfitrión.
Su análisis muestra que RD tiene capacidad de influencia directa sobre los invitados y que, por tanto, aceptar la exclusión de Cuba, Nicaragua y Venezuela no era una obligación, sino una decisión política consciente de alineamiento con Washington.
Este señalamiento coloca a Abinader en una posición incómoda: no solo sus palabras fueron inexactas, sino que revelan su sumisión diplomática. Un anfitrión que ignora su propia capacidad de convocatoria pierde autoridad y respeto regional.
Una política exterior que profundiza la dependencia
Desde el inicio de su mandato, el gobierno de Abinader ha buscado agradar a Estados Unidos, sacrificando autonomía y liderazgo en el Caribe y América Latina. La reacción de figuras como México, con Claudia Sheinbaum, y Colombia, con Gustavo Petro, demuestra que la política dominicana no convence fuera de su territorio. Ahora, con la aclaración de Miguel Vargas, queda claro que República Dominicana pudo haber actuado de manera independiente, pero eligió obedecer y justificarse. El costo: aislamiento diplomático, pérdida de aliados naturales y debilitamiento del prestigio internacional del país.
El peso de la historia y la soberanía
Históricamente, República Dominicana ha sido puente entre el Caribe y América Latina, mediador en conflictos regionales y actor respetado en foros hemisféricos.
Hoy, con la Cumbre de las Américas 2025, ese rol está en riesgo.
La sumisión explícita de Abinader ante Washington debilita nuestra voz, mientras que la precisión histórica de Miguel Vargas exhibe el error político y la pérdida de autonomía.
En otras palabras: no se trata de protocolos ni de tradición, sino de decisión consciente de someter la política exterior dominicana a intereses externos, con todas las consecuencias que eso conlleva para la imagen y el poder del país en la región.
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Un gobierno sin control de su política exterior
El desmentido de Vargas deja claro que Abinader no puede esconder su subordinación bajo excusas técnicas. El país anfitrión sí tiene voz y voto sobre los invitados, y su silencio o aceptación de las exclusiones representa un error político estratégico. La Cumbre de las Américas 2025 no será recordada como un foro de diálogo inclusivo, sino como el símbolo más claro de la dependencia diplomática de un gobierno que prefiere agradar a otros antes que defender su soberanía y liderazgo regional.
La postura de Abinader en torno a la Cumbre de las Américas tiene consecuencias graves y de largo alcance para República Dominicana. Al subordinar la política exterior a los intereses de Estados Unidos y aceptar la exclusión de Cuba, Nicaragua y Venezuela, el país pierde influencia y liderazgo regional, se aleja de aliados históricos y estratégicos, y debilita su credibilidad como mediador en foros hemisféricos. Además, envía un mensaje de dependencia que reduce la capacidad del país para defender sus intereses en negociaciones multilaterales, mientras que su imagen internacional se deteriora, afectando tanto la diplomacia como la proyección económica y política en el Caribe y América Latina.
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