
Abinader: El rostro amable del poder que no cambió nada
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Cinco años después, ¿Qué nos queda del supuesto cambio que prometió Luis Abinader y su séquito de tecnócratas y empresarios reciclados en políticos de ocasión? La respuesta es dolorosamente clara: promesas rotas, discursos vacíos y una clase gobernante que aprendió muy rápido las mañas del viejo poder que tanto criticó. Eso sí, lo aprendió tan bien, que hasta los maestros lucen ahora tímidos ante la eficiencia con la que este gobierno ha blanqueado sus faltas, perseguido al disidente y maquillado la corrupción con marketing.
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Porque sí, mientras usted lee esto, los empresarios cercano al presidente Abinader hace y deshace desde cómodos espacios de poder, mientras al ciudadano de a pie se le exige cada vez más y se le devuelve cada vez menos. El supuesto gobierno del cambio ha devenido en un régimen del maquillaje, donde todo se pinta bonito para las cámaras, pero debajo del barniz hay un hedor institucional que ya no se puede ocultar.
¿Y la justicia independiente? Bien, gracias. La independencia quedó para las portadas de los periódicos. Porque en los tribunales, cuando se menciona algún apellido “intocable”, la balanza de la justicia parece perder el equilibrio con una facilidad casi poética. Y mientras tanto, la sociedad dominicana se hunde en la inseguridad, en el desempleo disfrazado de formalidad, y en una inflación que devora cada peso sin misericordia. Pero tranquilo, que para eso están las conferencias de prensa, las sonrisas y las encuestas amañadas.
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Y aquí viene la joya del espectáculo: la oposición. Ah, qué bella ironía tropical. Esos partidos (PLD, FP y otros), que deberían fiscalizar, cuestionar y enfrentarse al poder, han preferido comportarse como socios discretos. Más que opositores, son cómplices por omisión, negociantes del silencio, expertos en la táctica de “dejar que todo pase mientras no nos toquen lo nuestro”. Lo único en lo que parecen estar de acuerdo oficialismo y oposición es en ponerle trabas a cualquier voz independiente que tenga el coraje de denunciar lo que todos ven y pocos dicen.
Porque la verdad, en esta República Dominicana del 2025, ya no molesta: aterra. Y aterra tanto que los que se creen dueños del sistema prefieren acallarla con decretos, con persecuciones disfrazadas de legalidad, con campañas de descrédito y con una prensa cada vez más domesticada, bien alimentada desde los contratos del Estado. A esto lo llaman democracia. Y tienen el descaro de creerlo.
Cinco años después, nos vendieron una “nueva política” que huele a reciclaje rancio.
Nos prometieron transparencia, pero nos entregaron opacidad con buena dicción. Nos prometieron justicia, pero nos dieron blindaje familiar. Y mientras el país se debate entre la desesperanza y la resignación, el gobierno de Abinader sigue vendiendo humo en frascos de cristal.
¿Hasta cuándo? Hasta que los dominicanos decidan no solo indignarse, sino actuar. Hasta que entiendan que el silencio cómodo de los partidos tradicionales es tan culpable como los abusos del gobierno. Y que en esta historia, los que exponen la verdad no son los enemigos, sino los últimos aliados que nos quedan.
Porque, al paso que vamos, lo único que vamos a heredar no es una nación renovada, sino un teatro político cada vez más grotesco. Y el telón, créanme, ya está por caer.
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