
Una Diplomacia Torpe y Sumisa: El Bochorno de la Visita de Serguéi Lavrov a la República Dominicana
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La reciente visita del canciller ruso, Serguéi Lavrov, a la República Dominicana, puso en evidencia lo que ya muchos advertían: la política exterior dominicana está en manos inexpertas, erráticas y peligrosamente dependientes de los dictámenes geopolíticos de Washington. Lo que pudo ser una oportunidad estratégica para abrir nuevas rutas diplomáticas, económicas y científicas, terminó siendo un acto opaco, mal manejado y con un mensaje claro para el mundo: en el Palacio Nacional, la independencia se negocia por aplausos.
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Una visita que merecía más respeto
Serguéi Lavrov no es un canciller cualquiera.
Representa a una potencia militar, nuclear y económica, miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y una voz influyente en la reconfiguración geopolítica del siglo XXI. Rusia, pese al bloqueo occidental, mantiene liderazgo en áreas clave como energía, ciberseguridad, defensa, ciencia médica, exploración espacial y desarrollo de inteligencia artificial.
Muchos países latinoamericanos —incluso con gobiernos de derecha— han optado por diversificar sus relaciones hacia un mundo multipolar. ¿Por qué no la República Dominicana?
El trato frío, discreto y casi clandestino con que se manejó la visita del canciller ruso es, cuando menos, vergonzoso. No hubo rueda de prensa, declaración conjunta, ni protocolo de Estado visible. La visita fue reducida a una nota de prensa sin contenido. Si se tratara del canciller estadounidense, canadiense o español, los medios habrían tenido acceso y el presidente habría ofrecido declaraciones. Pero tratándose de Lavrov, la política exterior dominicana optó por esconder la reunión como si se tratara de una vergüenza. ¿Quién nos gobierna: el pueblo dominicano o la Embajada de los Estados Unidos?
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Un canciller sin visión ni carácter
El canciller dominicano, Roberto Álvarez, vuelve a demostrar que su gestión al frente de la diplomacia nacional carece de firmeza, de estrategia y de una brújula soberana. En lugar de asumir una postura de diálogo multipolar, apostó por el distanciamiento tibio, incómodo y arrogante, como si nuestra pequeña isla pudiera darse el lujo de despreciar a uno de los principales actores globales.
La política exterior no es una extensión del Departamento de Estado norteamericano. Es la herramienta con la que un país se posiciona y negocia en el escenario global. Pero para eso hay que tener convicción. Y al parecer, al gobierno de Luis Abinader le sobra miedo y le falta dignidad.
¿Relaciones internacionales o sumisión internacional?
Basta con revisar cómo han actuado otros países de América Latina. Brasil, México, Argentina, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia, incluso El Salvador han mantenido relaciones con Rusia sin renunciar a su relación con los Estados Unidos. Eso se llama pragmatismo. La República Dominicana, en cambio, ha optado por el alineamiento total con una potencia que históricamente nos ha visto como una zona de control, no como un socio respetado.
Mientras países como China y Rusia financian infraestructura, tecnología, vacunas, investigación y comercio bilateral en el Caribe y Centroamérica, el gobierno dominicano solo se limita a mendigar “visas H-2B” y “TPS” para dominicanos migrantes en EE.UU. Una política exterior que no exige, que no negocia, que solo obedece, es una política de colonia. Y eso es exactamente lo que el gobierno de Abinader está ejecutando: una diplomacia colonial.
El pueblo dominicano merece una política exterior soberana
Los dominicanos somos un pueblo hospitalario, respetuoso, abierto al mundo y orgulloso de nuestra independencia. El trato dado a Serguéi Lavrov no nos representa. Fue torpe, innecesario, y diplomáticamente peligroso. Si se pretende gobernar con madurez, se debe aprender a dialogar con todos, a construir puentes, no muros. Rechazar a Rusia no nos hará más ricos, ni más seguros, ni más libres. Solo nos hará más dependientes de un sistema que nos ve como una ficha descartable.
Es hora de que la política exterior dominicana vuelva a responder a los intereses del país, no a los intereses de otros. Si no corregimos el rumbo, no solo perderemos oportunidades, sino también el respeto del mundo.
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