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El Bocinaje Ya No Le Está Dando Resultado al Gobierno de Luis Abinader

El Bocinaje Ya No Le Está Dando Resultado al Gobierno de Luis Abinader

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Melvin SenaMELVIN SENA/18 NOV DE 2024/1 MIN/0 VISTAS

En una sociedad donde la información circula a una velocidad vertiginosa y el acceso a diversas fuentes de noticias es más amplio que nunca, el papel de las bocinas del gobierno —ese ejército de periodistas, comunicadores y medios que venden su credibilidad al mejor postor— ha comenzado a tambalearse. En el caso de República Dominicana, el actual gobierno de Luis Abinader destina una porción significativa del Producto Interno Bruto (PIB) a la publicidad estatal, una estrategia que no solo busca promocionar sus logros, sino también asegurar la lealtad de voces mediáticas que sirvan de escudo ante las críticas. Sin embargo, este esquema está perdiendo efectividad, y las razones son evidentes: las bocinas están desintonizadas con la realidad que vive la mayoría de la población.

La desconexión entre el discurso oficial y la realidad del pueblo

Mientras el gobierno de Luis Abinader y sus aliados mediáticos exaltan un crecimiento económico que, según las cifras oficiales, supera las expectativas, la mayoría de los dominicanos enfrenta un panorama completamente distinto. Como bien señala Milagros Ortiz Bosch, “la economía crece, pero los pobres no la sienten”. La población está cansada de escuchar sobre indicadores macroeconómicos positivos mientras su calidad de vida sigue estancada o, peor aún, deteriorándose.

El problema fundamental es que estas bocinas no informan, sino que maquillan, distorsionan y manipulan, creando un relato optimista que se estrella contra una realidad marcada por la inflación, la precariedad laboral, la inseguridad y la falta de servicios básicos de calidad. En lugar de fungir como un puente entre el gobierno y los ciudadanos, estas voces se han convertido en un muro que refuerza el divorcio entre ambos.

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Un modelo de comunicación obsoleto y poco ético

Invertir en publicidad estatal no es, en sí mismo, el problema. Lo escandaloso es cómo se utiliza este dinero público para comprar lealtades y silenciar críticas. Los medios de comunicación, que deberían actuar como un contrapeso de poder, han sido cooptados por un sistema en el que prima el beneficio económico por encima del deber ético.

El resultado es una prensa domesticada que responde al guion del Palacio Nacional. Esos mismos periodistas que deberían denunciar irregularidades y fiscalizar a los gobernantes terminan convirtiéndose en defensores incondicionales de políticas cuestionables, ignorando deliberadamente las voces de los ciudadanos y minimizando el impacto de los problemas reales que enfrenta el país.

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La credibilidad en juego

La gran ironía de este fenómeno es que, lejos de fortalecer al gobierno, la proliferación de bocinas lo debilita. La ciudadanía ya no es ingenua. En una era dominada por las redes sociales y el acceso a múltiples fuentes de información, la gente es capaz de identificar cuándo un comunicador o un medio están actuando como marionetas del poder.

El efecto es devastador: no solo se erosiona la confianza en los periodistas y medios comprometidos, sino que también se genera un rechazo generalizado hacia todo el discurso oficial. Incluso las pocas verdades que el gobierno pueda tener para contar se pierden en el ruido de la desconfianza.

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El costo de la desconexión

Cuando el gobierno de Luis Abinader insiste en imponer una narrativa que no refleja la realidad, lo único que consigue es profundizar el descontento y el desencanto. En lugar de gastar millones en silenciar voces críticas y amplificar un discurso vacío, debería enfocarse en solucionar los problemas estructurales que afectan a la población. La gente no necesita discursos adornados ni estadísticas infladas; necesita soluciones concretas que impacten su vida diaria.

Mientras tanto, las bocinas del gobierno se enfrentan a su propia crisis de relevancia. Hablan, pero nadie escucha. Pretenden convencer, pero nadie les cree. Su papel como intermediarios del poder está en franca decadencia, y con ello, el gobierno pierde una herramienta clave para mantener su narrativa hegemónica.

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Un llamado a la autenticidad

El periodismo debe recuperar su esencia: servir al pueblo, no al poder. Los medios y los comunicadores que hoy se venden como bocinas tienen la oportunidad de rectificar, de poner su trabajo al servicio de la verdad y de actuar como verdaderos guardianes de la democracia. Si no lo hacen, se arriesgan a quedar sepultados bajo el peso de su propia hipocresía.

Por su parte, el gobierno debe entender que las estrategias de manipulación informativa son un arma de doble filo. En lugar de insistir en defender lo indefendible, sería más inteligente escuchar las demandas del pueblo y actuar en consecuencia. Porque al final del día, ninguna cantidad de bocinas puede silenciar el clamor de una sociedad que exige justicia, equidad y dignidad.

El ruido puede ser ensordecedor, pero la verdad siempre encuentra la manera de hacerse escuchar.

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