La transparencia no es un gesto voluntario en la administración pública dominicana: es una obligación legal. La Ley núm. 311-14, que regula el Sistema Nacional de Declaraciones Juradas de Patrimonio, establece plazos claros y consecuencias específicas para los funcionarios que incumplen con el deber de declarar sus bienes al asumir o cesar funciones públicas. Sin embargo, la aplicación de esta normativa sigue mostrando signos preocupantes de selectividad. Uno de los casos que genera mayor inquietud es el de Gloria Reyes, funcionaria que figura entre quienes aún no han presentado su Declaración Jurada de Patrimonio, pese a haber asumido nuevas funciones dentro del actual gobierno. Su nombre aparece en un grupo de más de 33 funcionarios que se encuentran en situación de incumplimiento o al borde de agotar el plazo legal, de los cuales al menos 12 están a punto de violar formalmente la ley sin que, hasta el momento, se conozcan acciones coercitivas claras.
Lo que dice la ley (y lo que no se está cumpliendo)
La Ley 311-14 es explícita:
- Todo funcionario debe declarar su patrimonio dentro de los 30 días siguientes a la toma de posesión o al cese del cargo.
- El incumplimiento puede acarrear sanciones administrativas, suspensión del cargo e incluso la destitución, además de responsabilidades penales en casos agravados.
Esta normativa no distingue entre ministros, directores, aliados políticos o funcionarios “de confianza”. La ley es general y de aplicación obligatoria. Por tanto, el retraso o la omisión no pueden normalizarse, y mucho menos cuando se trata de figuras con alta exposición pública y poder de decisión sobre recursos del Estado.
Un patrón que genera sospechas
El caso de Gloria Reyes no se analiza en el vacío. Su nombre ha estado vinculado en múltiples ocasiones a cuestionamientos sobre transparencia, manejo de fondos públicos y deficiencias en la rendición de cuentas, especialmente durante su paso por programas sociales de alto presupuesto. Aunque no todos estos señalamientos han derivado en procesos judiciales concluyentes, sí han alimentado un debate público legítimo sobre la coherencia entre el discurso anticorrupción del gobierno y la práctica política cotidiana.
Lo que resulta particularmente llamativo es que, lejos de enfrentar consecuencias administrativas visibles por estos retrasos o cuestionamientos, Reyes ha sido promovida o ratificada en cargos de mayor jerarquía, alcanzando incluso rango ministerial. Esta dinámica refuerza la percepción de que existe un trato preferencial dentro del gobierno del presidente Luis Abinader para determinados funcionarios, especialmente aquellos considerados parte del núcleo político cercano al poder.
¿Anticorrupción selectiva?
Desde el inicio de la actual administración, el discurso oficial ha insistido en una ruptura con las prácticas del pasado: “nadie por encima de la ley”, “transparencia total” y “cero impunidad”. No obstante, la falta de acciones claras frente a incumplimientos evidentes, como la no presentación de declaraciones juradas dentro del plazo legal, erosiona la credibilidad de ese discurso.
La Cámara de Cuentas, órgano responsable de recibir y fiscalizar estas declaraciones, también queda bajo escrutinio. El silencio institucional o la inacción frente a funcionarios de alto perfil envía un mensaje peligroso: la ley se aplica con rigor a unos y con indulgencia a otros.
Transparencia no es opcional
La Declaración Jurada de Patrimonio no es un trámite burocrático menor. Es una herramienta clave para:
- Prevenir el enriquecimiento ilícito
- Facilitar la fiscalización ciudadana
- Fortalecer la confianza en las instituciones
Cuando un funcionario incumple —y no pasa nada— el mensaje es devastador para la democracia.
Incluso en el plano simbólico y comunicacional, el trato público y las consideraciones políticas que el presidente Luis Abinader ha mostrado hacia Gloria Reyes superan, en visibilidad y énfasis, el trato que proyecta hacia Raquel Arbaje, su esposa y madre de sus hijas, una comparación que, aunque algunos intenten minimizarla como irrelevante o anecdótica, no es normal en términos políticos ni humanos.
En política, los gestos, los respaldos reiterados y las validaciones públicas construyen jerarquías reales de poder e influencia, y cuando una funcionaria recibe un nivel de protección, promoción y deferencia que desborda lo institucional, esto inevitablemente genera fisuras internas dentro del partido, resentimientos silenciosos y lecturas incómodas tanto en el plano político como en el personal.
No se trata de insinuar hechos, sino de reconocer una dinámica evidente: donde hay poder, cercanía y privilegios sostenidos, surgen celos, tensiones y conflictos, ya sean profesionales o personales, y negar esa realidad es desconocer cómo opera la política dominicana y el comportamiento humano en los entornos de poder.
El caso de Gloria Reyes simboliza un problema más profundo que trasciende a una sola funcionaria: la incoherencia entre el discurso anticorrupción y la práctica del poder. Mientras no existan consecuencias claras, oportunas y públicas para quienes incumplen la Ley 311-14, la promesa de transparencia seguirá siendo, para muchos ciudadanos, un eslogan vacío.
La rendición de cuentas no debe depender del apellido, la cercanía política ni del capital simbólico de un funcionario. En un Estado de derecho, la ley se cumple o se desacredita. No hay término medio.
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