
Señora Vicepresidenta, El País Merece Más: El PRM No Puede Lavar Su Imagen Negando Lo Evidente
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La vieja excusa de “no sabíamos” dejó de convencer hace mucho tiempo. Como si se tratara de un juego infantil, el Partido Revolucionario Moderno (PRM) insiste en aparentar sorpresa cada vez que uno de sus dirigentes, allegados o figuras locales termina relacionado con redes de narcotráfico internacionales. La realidad es más cruda: la imagen del PRM ya está asociada al narcotráfico, y no por ataques políticos, sino por los hechos contundentes que siguen saliendo a la luz.
Mientras funcionarios y dirigentes se desviven por recalcar que “no habrá impunidad” y que “nadie está por encima de la ley”, la población observa —cada vez con más claridad— un patrón que trasciende errores individuales o casos aislados. Lo que está realmente en juego es la credibilidad de un partido que llegó al poder prometiendo transparencia, institucionalidad y el fin de la vieja política, pero que hoy se ve rodeado de las mismas sombras que criticó por años.
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A pesar de que muchos de los implicados en narcotráfico han sido procesados, extraditados o condenados, el verdadero problema es que lograron llegar a cargos electivos y posiciones por designación sin ser, en realidad, políticos de carrera. Cuando uno observa con detenimiento, se da cuenta de que la mayoría no provienen de estructuras políticas tradicionales, sino del círculo económico y social cercano al Presidente de la República, gente que entró al partido por la puerta grande gracias a su dinero, no por trayectoria. Los casos de políticos auténticos, formados en la militancia y la institucionalidad, involucrados en escándalos de drogas son mínimos. Los muchos, los que ensucian la imagen del PRM, son precisamente los enganchados por dinero, los que llegaron como inversionistas de campaña, no como representantes del pueblo. Esta es la raíz del problema que el gobierno intenta minimizar sin éxito.
La arrogancia del poder y el fracaso comunicacional
El PRM ha sido incapaz de construir una narrativa que lo distancie del narcotráfico. No por falta de recursos o especialistas en comunicación, sino por algo más profundo: arrogancia política combinada con improvisación. Creyeron que controlar la agenda mediática era suficiente. Creyeron que bastaba con señalar al pasado para protegerse del presente. Creyeron que suspender a un dirigente después de un escándalo internacional limpiaría la casa.
Pero subestimaron a la gente.
La sociedad dominicana no es tonta. No olvida que mientras denunciaban corrupción en gobiernos anteriores, figuras vinculadas al PRM recibían financiamiento, apoyo logístico y posiciones de poder sin una mínima depuración. No olvidan que organismos internacionales seguían casos desde hace más de una década, mientras aquí se fingía desconocimiento.
El problema no es solo ético: es estratégico. El PRM nunca construyó una narrativa preventiva; solo reacciona cuando el escándalo los tapa. Y cuando reaccionan, lo hacen mal: minimizan, se victimizan, improvisan, y al final, refuerzan la percepción de que carecen de control, transparencia y humildad política.
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Casos que rompen cualquier discurso oficial
El regidor Edickson Herrera Silvestre, declarado culpable en los Estados Unidos por tráfico internacional de cocaína.
El general retirado William Durán Jerez, también admitiendo su participación.
El exesposo de la diputada Jacqueline Fernández solicitado en extradición.
Y los casos siguen, porque estas revelaciones no son aisladas ni recientes: son parte de investigaciones que datan de más de diez años.
Pese a todo eso, el PRM insiste en que “no sabía”.
Pero si la prensa, comunidades locales y autoridades extranjeras tenían los expedientes, ¿Cómo explican que un partido en el gobierno, con acceso a inteligencia nacional e internacional, no lo supiera? La respuesta es incómoda: o no quisieron saber, o no les importó mientras esos vínculos aportaran dinero y votos.
El costo político de la torpeza
La vicepresidenta Raquel Peña declara que hay que erradicar el narcotráfico y que no habrá impunidad, pero esas declaraciones ya no generan confianza ni marcan diferencia. El daño a la imagen del partido ya está hecho, no por los casos en sí, sino por la forma torpe, lenta y arrogante en que han manejado cada situación.
Un partido que no depura.
Una cúpula que prefiere controlar al partido antes que sanearlo.
Un liderazgo que subestima la inteligencia del electorado.
Esta combinación ha creado el escenario perfecto para que la marca PRM esté hoy asociada a algo que prometieron combatir: el dinero del narcotráfico y los vínculos criminales.
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Una narrativa que nunca llega
Mientras otros partidos han demostrado tener estrategias comunicacionales para sobrevivir crisis, el PRM ha demostrado lo contrario. No han logrado construir un relato coherente, veraz y contundente que les permita ubicarse moralmente por encima del problema. Más bien, cada declaración improvisada, cada suspensión tardía, cada “no sabíamos” los hunde más en una percepción pública que ya está fijada:
El PRM parece incapaz de explicar, controlar o prevenir las conexiones del narcotráfico que se filtran dentro de su estructura.
Y cuando un partido no puede construir narrativa, la narrativa se construye sola. Y esa narrativa —hoy— los coloca peligrosamente cerca del borde de una crisis de legitimidad.
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