
Empresarios de la construcción, Turismo y la Agricultura no quieren entender que lo que ellos comprometen es la soberanía productiva de la República Dominicana al contratar mano de obra de haitianos ilegales
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En la República Dominicana, la construcción, la agricultura y muchas otras áreas de producción se sostienen sobre una realidad incómoda pero innegable: la alta dependencia de la mano de obra haitiana, en su mayoría ilegal. Y aunque muchos prefieren mirar hacia otro lado, la pregunta de fondo sigue latente: ¿podemos realmente construir un país fuerte y soberano dependiendo de trabajadores extranjeros en condiciones precarias?
Nos han vendido la idea de que es mejor tener jornaleros ilegales que trabajen por menos, a que dominicanos exijan condiciones dignas. Nos dijeron que sin ellos no se puede levantar una pared ni sembrar una mata de plátano. Pero, ¿Cuál es el precio real de esa "eficiencia"? ¿Vale más abaratar costos que generar empleos dignos para nuestra gente? ¿Vale más terminar una obra rápido que garantizar estabilidad social y seguridad nacional?
Durante años, se ha naturalizado una estructura económica que depende del trabajo informal y barato de los haitianos.
En sectores clave como la construcción y la agricultura, esto se ha vuelto "normal" en República Dominicana. Pero esa normalidad es peligrosa. Porque cuando tú dependes de otro país para levantar tus edificios, cosechar tus alimentos y mover tu economía básica, ya no eres fuerte. Eres débil, eres dependiente, eres vulnerable.
La soberanía no solo se mide por tener bandera y himno. Se mide también por la capacidad de tu gente para producir, trabajar y sostener el país con dignidad. No se trata de rechazar a nadie, sino de entender que ningún país puede prosperar sobre la base de la informalidad, el trabajo esclavo moderno y la dependencia de mano de obra extranjera mal pagada.
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¿Qué pasa si mañana Haití cierra la frontera? ¿Quién recoge el arroz, quién carga los bloques, quién siembra el café? ¿Nos quedamos paralizados? ¿Nos damos cuenta, entonces, del vacío que hemos creado al no invertir en preparar a nuestra propia gente, al permitir que el trabajo digno deje de ser atractivo?
La verdadera modernidad no es depender del que cobra menos, sino construir un modelo donde todos podamos tener oportunidades reales. Un jornalero dominicano no puede competir con alguien que no tiene papeles, no paga impuestos y vive en condiciones inhumanas. Pero ese no es un problema del jornalero dominicano, es un problema del sistema.
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Es hora de repensar el modelo. No se trata de xenofobia, se trata de soberanía productiva. De construir una economía que funcione con base en el respeto, la justicia y el empleo formal. No podemos seguir entregando los cimientos del país a un modelo que niega el desarrollo de los nuestros. Un precio bajo, cuando cuesta empleo, seguridad y dignidad, siempre saldrá caro.
La República Dominicana no nació para ser barata.
Nació para ser libre, fuerte, soberana y justa. Y eso empieza cuando volvemos a valorar el trabajo dominicano, cuando formamos a nuestros jóvenes, y cuando dejamos de depender de la informalidad como si fuera progreso.
Es momento de levantar el país con manos dominicanas y visión dominicana.
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