
La boda homosexual oficiada por Wally Brewster en RD, refleja la degradación moral de la sociedad estadounidense
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En los últimos días, una noticia volvió a poner en evidencia la distancia entre los valores tradicionales de la sociedad dominicana y la dirección cultural que algunos sectores del poder parecen tolerar o incluso fomentar. El exembajador de Estados Unidos, James “Wally” Brewster —quien durante su paso por el país generó intensos debates por su activismo en favor de los derechos LGBT— regresó a República Dominicana para “oficiar” una boda entre dos hombres en Santiago, en lo que él mismo describió como “una noche llena de amor, baile y fuegos artificiales”.
El hecho no tiene consecuencias legales, pues el matrimonio entre personas del mismo sexo no está reconocido por la Constitución ni por el Código Civil dominicano. Pero sí tiene una enorme carga simbólica. En una nación donde la mayoría de la población profesa una fe cristiana y se guía por valores conservadores, el acto fue percibido por muchos como una provocación a las costumbres que definen la identidad cultural dominicana.
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El problema de fondo no radica únicamente en la ceremonia, sino en el ambiente político y social que ha permitido que un exdiplomático extranjero como Wally Brewster, se sienta con la libertad de desafiar abiertamente la moral pública del país.
Esto es resultado de un Estado que, en su afán de proyectar una imagen de modernidad y tolerancia, ha dejado de defender las tradiciones que la mayoría de los dominicanos considera esenciales.
La República Dominicana es, por naturaleza, una sociedad hospitalaria, respetuosa y abierta al diálogo. Pero ese respeto no debe confundirse con la renuncia a los valores que la sostienen. Cuando las instituciones públicas no establecen límites claros entre la libertad individual y la promoción de prácticas que contradicen las costumbres nacionales, se genera un vacío moral que termina siendo aprovechado por figuras extranjeras para enviar mensajes que no representan el sentir del pueblo.
El caso de Wally Brewster no es un hecho aislado:
es el síntoma de un proceso más profundo de pérdida de rumbo cultural. Un país que no defiende su identidad termina siendo moldeado por la influencia de otros. Y cuando el Estado adopta una actitud indiferente ante provocaciones de este tipo, transmite la idea de que las creencias y valores de la mayoría son secundarios frente a los intereses de minorías con poder mediático e internacional.
No se trata de intolerancia, sino de coherencia. República Dominicana tiene derecho a preservar su cultura y a exigir respeto a sus tradiciones. La tolerancia no puede ser un camino de una sola vía. Así como se pide respeto para la diversidad, también se debe respetar la moral colectiva de un pueblo que, aunque evoluciona, no ha renunciado a los principios que le dieron identidad y sentido.
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