
La cúpula del PRM quiere consenso, porque sabe que son impopulares dentro de su propia base, para exponerse al escrutinio donde queden todos fuera
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Dentro del Partido Revolucionario Moderno (PRM) se está configurando una dinámica peligrosa: una cúpula que apuesta al “consenso” no como mecanismo de armonía política, sino como herramienta de control ante una realidad que no puede ocultar —su creciente impopularidad interna.
El problema no es el consenso en sí. El problema es para qué se está utilizando.
El “consenso” como imposición elegante
Cuando una dirigencia tiene legitimidad, compite. Cuando no la tiene, negocia. Y cuando teme perder, impone bajo el discurso del consenso.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo en el PRM.
La actual cúpula entiende que, si abre procesos internos realmente competitivos, muchos de sus cuadros tradicionales perderían frente a liderazgos emergentes con mayor conexión en las bases. Por eso, el “consenso” se convierte en una especie de blindaje político:
- Evita primarias incómodas
- Reduce el riesgo de derrotas internas
- Garantiza continuidad de los mismos actores
- Mantiene el control de las estructuras
Pero ese método tiene un costo: erosiona la democracia interna y acumula resentimiento.
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El precedente que enciende las alarmas: el caso de Mérido Torres
La reciente salida de Mérido Torres del PRM no es un hecho aislado. Es un síntoma.
Un dirigente con trayectoria, con estructura, que denuncia persecución interna, fabricación de expedientes y maltrato político, no se va simplemente por diferencias menores. Se va porque entiende que el sistema interno dejó de ser confiable.
Ese tipo de ruptura manda un mensaje claro hacia dentro del partido:
“Aquí cualquiera puede ser descartado si deja de ser funcional.”
Y cuando ese mensaje se instala en la base, lo que sigue es desconfianza, silencio estratégico o rebelión contenida.
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El ruido de fondo: otros casos que no se han ido, pero están incómodos
Figuras como Carlos de Jesús (referenciado en discusiones internas recientes) reflejan otro fenómeno igual de delicado: dirigentes que no se han ido, pero que ya no están alineados emocional ni políticamente con la dirección del partido.
Esto genera tres tipos de comportamiento dentro del PRM:
- Los pasivos:
Se quedan, pero dejan de trabajar políticamente. No movilizan, no defienden, no construyen. - Los disidentes silenciosos:
Se organizan internamente, crean microestructuras y esperan el momento para confrontar. - Los migrantes políticos:
Evalúan ofertas de otros partidos que les garantizan lo que el PRM hoy no les ofrece: espacio, reconocimiento y proyección.
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El factor más peligroso: la fuga silenciosa
Los partidos no se destruyen cuando se van los dirigentes visibles.
Se debilitan cuando la base deja de creer.
Y eso es exactamente lo que está en riesgo.
Si el PRM insiste en imponer candidaturas internas o posiciones estructurales sin competencia real, lo que se avecina no es una crisis mediática, sino algo más profundo:
- Desmovilización electoral
- Pérdida de control territorial
- Fragmentación de equipos políticos
- Transferencia silenciosa de liderazgos hacia otras organizaciones
Y lo más grave: una percepción pública de incoherencia entre el discurso democrático y la práctica interna.
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Santo Domingo Este: el laboratorio del conflicto
Todo este escenario se expresa con mayor intensidad en Santo Domingo Este, el municipio más importante electoralmente del país.
Allí, la lucha por el control del PRM no es solo local; es estratégica.
El caso de Dio Astacio es ilustrativo. Su posicionamiento ha generado resistencias precisamente porque representa algo que la cúpula no controla completamente.
Si la lógica del “consenso” intenta bloquear liderazgos como el suyo sin procesos competitivos, el mensaje hacia las bases será devastador:
“Aquí no importa tu fuerza política, sino tu alineación con el poder central.”
La contradicción central del PRM
El PRM llegó al poder con un discurso de cambio, apertura y democracia interna. Hoy, enfrenta una contradicción estructural:
- Prometió participación
- Pero practica control
- Prometió renovación
- Pero recicla liderazgos
- Prometió institucionalidad
- Pero utiliza mecanismos informales para decidir
Esa brecha entre discurso y realidad es el mayor riesgo político del partido.
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O corrigen, o se fragmentan - El PRM todavía está a tiempo de corregir. Pero para hacerlo, debe entender algo fundamental:
El consenso no puede sustituir la legitimidad.
Si la dirigencia insiste en imponer sin competir, en controlar sin escuchar y en decidir sin consultar, el partido no explotará de golpe… pero se irá vaciando por dentro.
Primero se irán algunos, como Mérido.
Luego se desconectarán otros, como Carlos.
Después vendrá la desmovilización general.
Y cuando quieran reaccionar, puede que ya sea tarde.
Porque en política, el poder no se pierde cuando te derrotan…
se pierde cuando los tuyos dejan de defenderte.
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