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La DEA en entredicho y la diplomacia Dominicana en encogimiento de hombros

La DEA en entredicho y la diplomacia Dominicana en encogimiento de hombros

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Melvin SenaMELVIN SENA/12 FEB DE 2026/1 MIN/0 VISTAS

La declaración publicada desde la cuenta oficial en X de la Embajada de los Estados Unidos en la República Dominicana no es una nota diplomática más. Es un pronunciamiento excepcionalmente duro, personal y político. La embajadora no se refugia en tecnicismos ni en comunicados impersonales: habla en primera persona, invoca la confianza pública y anuncia una decisión sin precedentes recientes —el cierre de la oficina de la DEA en Santo Domingo.

La corrupción no tiene espacio… No toleraré ni siquiera la percepción de corrupción…”.
Ese lenguaje no es casual. En diplomacia, las palabras pesan tanto como las acciones, y aquí ambas convergen en un mensaje inequívoco: personal de la DEA violó la confianza del gobierno de los Estados Unidos para beneficio propio. No se trata de un rumor, ni de una investigación en curso comunicada con cautela. Es una sanción política inmediata.

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Frente a esto, resulta llamativa —por no decir preocupante— la rapidez con la que el Canciller dominicano se adelanta a declarar que se trata de “un tema interno de los Estados Unidos”. Esa lectura, cómoda y defensiva, ignora deliberadamente un punto central: la DEA ha operado durante décadas en territorio dominicano, influyendo en investigaciones, procesos judiciales, políticas de seguridad y cooperación bilateral.

Si hoy la jefa de misión de EE. UU. afirma que hubo corrupción dentro de esa estructura, todo lo actuado bajo su sombra queda inevitablemente bajo sospecha política, aunque no necesariamente jurídica. Pretender que esto no toca a la República Dominicana es una forma de cerrar los ojos ante una realidad incómoda.

Más aún, la acción de esta embajadora marca una ruptura clara con prácticas del pasado. No solo contrasta con la actitud históricamente tolerante de misiones anteriores, sino que pone en evidencia una puerta giratoria que la ciudadanía no olvida: exembajadores que, tras concluir su misión, terminaron vinculados como asesores del mismo gobierno dominicano al que antes “observaban”. Esa cercanía, aunque legal, erosiona la percepción de independencia y refuerza la idea de que ciertas relaciones diplomáticas operan más como redes de poder que como contrapesos éticos.

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El cierre de la oficina de la DEA no es un gesto administrativo.

Es un mensaje político hacia Washington, hacia Santo Domingo y hacia la opinión pública: la lucha contra la corrupción no admite excepciones, ni siquiera cuando involucra a agencias emblemáticas del poder estadounidense. Precisamente por eso resulta incómodo.

La verdadera pregunta no es si esto es un “asunto interno” de EE. UU., sino por qué el Estado dominicano parece más interesado en minimizar el impacto que en exigir claridad. ¿Qué investigaciones fueron influidas? ¿Qué procesos se apoyaron en información ahora cuestionada? ¿Qué responsabilidades políticas —no penales— deberían revisarse?

Cuando un actor externo con tanto peso reconoce una falla estructural en su actuación local, el país anfitrión tiene el deber democrático de preguntar, revisar y replantear, no de guardar silencio diplomático.

Porque cuando la corrupción cruza fronteras, el silencio también se convierte en complicidad.

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