
Hospitales de tercer nivel en abandono: la deuda del Gabinete de Salud que encabeza Raquel Peña
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La salud pública no se mide solo por discursos, inauguraciones o estadísticas administrativas como la que hace la vice presidenta Raquel Peña. Se mide, sobre todo, en las condiciones reales en que pacientes y personal viven el día a día dentro de los hospitales. Y hoy, lo que muestran centros emblemáticos como el hospital general Francisco Moscoso Puello y el hospital infantil Robert Reid Cabral es una realidad alarmante: deterioro estructural, falta de higiene y una normalización peligrosa del abandono.
Pasillos sucios, baños inservibles, plafones oxidados o desprendidos, ascensores fuera de servicio, áreas malolientes, acumulación de basura y paredes manchadas no son detalles menores. Son riesgos sanitarios directos en hospitales de tercer nivel, destinados precisamente a atender casos críticos y de alta complejidad. Resulta paradójico —y grave— que lugares a los que se acude a buscar salud se conviertan en focos potenciales de infección y degradación humana.
Más preocupante aún es la indiferencia institucional. La precariedad se ha vuelto costumbre. Pacientes y colaboradores, resignados, responden “todo está bien” frente a baños con moho, lavamanos rotos y espacios usados como depósitos de basura. Esa resignación no nace de la satisfacción, sino del abandono prolongado y de la ausencia de consecuencias para quienes tienen la responsabilidad de corregirlo.
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Responsabilidad política clara
Aquí no se trata de culpar a un conserje ni a un director hospitalario aislado.
La responsabilidad es política y estructural. La vicepresidenta Raquel Peña, en su condición de presidenta del Gabinete de Salud, es la máxima responsable de la coordinación, supervisión y resultados del sistema de salud pública del país.
El Gabinete de Salud no es un órgano decorativo. Existe para articular políticas, garantizar estándares mínimos de calidad, supervisar la ejecución presupuestaria y corregir fallas críticas. Cuando hospitales de referencia nacional presentan condiciones indignas, no estamos ante un problema operativo puntual, sino ante un fracaso de gobernanza sanitaria.
No basta con remozar áreas visibles como facturación o infusión ambulatoria mientras los baños, pasillos, áreas traseras y sistemas básicos colapsan. Eso es maquillaje institucional, no política pública. La salud no se gestiona por zonas “presentables”, sino por condiciones integrales y sostenibles.
Un mensaje peligroso al país
Que hospitales como el Moscoso Puello —que recibe más de 400 pacientes diarios y ofrece más de 20 especialidades— operen en estas condiciones envía un mensaje devastador:
que la dignidad del paciente pobre no es prioridad,
que la higiene es secundaria,
y que la vida puede esperar.
En el caso del Robert Reid Cabral, hospital pediátrico de mayor referencia nacional, el mensaje es aún más grave. La niñez enferma merece entornos seguros, limpios y funcionales, no espacios donde la precariedad sea parte del tratamiento.
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Gobernar también es hacerse cargo
Raquel Peña no puede escudarse únicamente en los ministerios ni en la burocracia heredada. Presidir el Gabinete de Salud implica asumir costos políticos cuando el sistema falla. Implica dar explicaciones, exigir correctivos, destituir incompetentes si es necesario y garantizar que los recursos públicos se traduzcan en condiciones humanas reales.
Mientras estas condiciones persistan, cualquier discurso oficial sobre avances en salud quedará desmentido por la realidad concreta de los hospitales. Y esa realidad tiene responsables con nombre y apellido.
La salud pública dominicana no necesita más excusas ni más fotos inaugurales.
Necesita gestión, supervisión y voluntad política real. Y esa responsabilidad, hoy, recae directamente sobre quien coordina el sistema desde la cúspide: la vicepresidenta y presidenta del Gabinete de Salud, Raquel Peña.
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