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La “liberación” de Venezuela: la gran mentira que esconde la verdadera batalla por sus riquezas

La “liberación” de Venezuela: la gran mentira que esconde la verdadera batalla por sus riquezas

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Melvin SenaMELVIN SENA/30 NOV DE 2025/1 MIN/0 VISTAS

Por más que la narrativa internacional insista en presentar la situación de Venezuela como una épica cruzada por la libertad, lo cierto es que las razones reales que mueven a muchos actores externos —particularmente Estados Unidos— poco tienen que ver con la democracia, los derechos humanos o la transparencia electoral. El discurso de “liberar al pueblo venezolano” se ha convertido en un eslogan propagandístico, útil y conveniente para encubrir un objetivo más antiguo, más crudo y menos romántico: el control de los recursos más grandes del hemisferio occidental.

Porque seamos claros:
, en Venezuela existen problemas graves de libertades políticas.
, el régimen de Maduro es poco tolerante con la disidencia.
, el sistema electoral necesita mayor apertura, observación internacional y garantías reales para todos los actores.

Pero también es cierto que, pese a todo, el gobierno venezolano conserva un apoyo significativo dentro del país, no necesariamente mayoritario, pero sí suficientemente grande para demostrar que no se trata simplemente de una dictadura sostenida por tanques. Y ese matiz, que debería llevar a un análisis más complejo, es exactamente lo que se elimina cuando una potencia decide imponer desde afuera qué gobierno debe tener Venezuela. En ese momento ya no hablamos de democracia: hablamos de intervencionismo descarado.

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La narrativa conveniente de Washington

El reciente anuncio de Donald Trump —cerrar el espacio aéreo “sobre y alrededor de Venezuela” y colocar al país bajo una especie de cuarentena aérea— no es una medida humanitaria ni una sanción ética. Es un acto de agresión unilateral e ilegal, disfrazado de preocupación por el narcotráfico, pero motivado por intereses estratégicos.

Lo más grave es que, según denuncian las autoridades de Caracas, esa decisión habría sido impulsada a petición expresa de la oposición radical venezolana, liderada por María Corina Machado. Es decir: actores venezolanos pidiendo a una potencia extranjera que castigue a su propio país para acelerar un “cambio de régimen”.

¿En qué parte de la historia de América Latina escuchamos eso antes?
La respuesta: en todas.

La militarización como señal de lo que viene

Desde agosto, Estados Unidos mantiene un despliegue militar de gran escala frente a las costas venezolanas. Oficialmente, es una “operación antidrogas”. En la práctica, se ha convertido en un mecanismo de presión, hostigamiento y operaciones letales contra embarcaciones que ni siquiera habían sido comprobadas como narcotraficantes. Decenas de muertos sin juicio, sin pruebas y sin transparencia.

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A eso se le llama guerra encubierta.

Mientras tanto, Washington dobla la recompensa por la captura de Maduro y sigue repitiendo la acusación —sin evidencias verificables— de que el presidente venezolano lidera un cartel de narcotráfico. El mismo libreto que usaron contra Noriega. El mismo libreto que intentaron usar contra otros gobiernos latinoamericanos que no se alineaban.

El punto clave: lo que realmente desean

No lo ocultan, aunque intentan maquillarlo: el objetivo real es el petróleo, el gas, los minerales estratégicos y la influencia geopolítica. Venezuela es demasiado rica para dejar que sus recursos queden en manos de un gobierno que no responde a los intereses de Washington. Por eso la narrativa de “libertad” resulta tan útil: permite vestir de heroísmo lo que en realidad es una estrategia de acceso a materias primas.

Si mañana Venezuela fuera un país pobre sin petróleo ni oro, la “preocupación” humanitaria desaparecería de la noche a la mañana.

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El derecho a decidir… aunque no guste el resultado

Hay una verdad incómoda que muchos prefieren ignorar:
Los destinos de las naciones los deciden sus pueblos, no las potencias con portaaviones.

Eso incluye el derecho de los venezolanos a equivocarse, a elegir líderes cuestionables, a reclamar cambios desde adentro, a construir su proceso —imperfecto, conflictivo, lento— sin que nadie desde afuera pretenda dictarles el camino.

No corresponde a Estados Unidos ni a ningún otro país determinar quién debe gobernar a Venezuela, así como Venezuela tampoco tiene autoridad para determinar quién debe gobernar en Washington.

La democracia no es “democracia” si solo vale cuando gana quien ellos quieren.

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La reacción regional: señales de alarma

Cuba advierte “consecuencias incalculables e impredecibles”.
Nicaragua se solidariza.
Países de la región condenan la acción.
La ONU recuerda que Venezuela ni siquiera es una ruta principal del narcotráfico hacia Estados Unidos —más del 80% de la droga entra por el Pacífico—. Eso deja en evidencia lo obvio: la excusa antidrogas es endeble y construida para el público estadounidense.

Incluso expertos internacionales califican los ataques a embarcaciones como ejecuciones sumarias que violan el derecho internacional. Sin embargo, Washington sigue adelante, convencido de que la narrativa mediática cubrirá cualquier exceso.

La gran hipocresía: exigir democracia desde la intervención

El colmo es que quienes dicen defender la democracia venezolana están dispuestos a celebrarla solo si produce el “régimen correcto”. Es un doble estándar que humilla a todo el continente:
La democracia solo vale cuando sirve a los intereses de Estados Unidos.

Y ese precedente es peligroso. Porque hoy es Venezuela, mañana podría ser cualquier país de la región que se atreva a tener un liderazgo no alineado.

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Venezuela no necesita salvadores extranjeros

Venezuela necesita más transparencia electoral, sí.
Necesita mayor pluralidad política, sí.
Necesita reconstruir instituciones, sí.

Pero lo que no necesita es una intervención disfrazada de justicia.
No necesita a Trump jugando a ser libertador.
No necesita que se cierre su espacio aéreo con pretextos falsos.
No necesita que actores locales entreguen su soberanía para intentar ganar por presión lo que no logran ganar por votos.

La libertad no se construye con portaaviones, ni con recompensas millonarias, ni con sanciones que destruyen economías para luego culpar al gobierno.

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Si Venezuela ha de cambiar, debe hacerlo desde su propia gente. No desde los caprichos geopolíticos de quien desea su petróleo.

El continente ya ha visto esta película demasiadas veces.
Y el final siempre es el mismo:
los que mueren y pagan la factura nunca son los que ordenan las intervenciones, sino los pueblos que dicen venir a “salvar”.

Nota aclaratoria:
Algunas informaciones contenidas en este artículo tienen carácter especulativo, fundamentadas en el análisis de hechos públicos y en el comportamiento reciente de los actores mencionados, así como en una filtración genuina proveniente de una fuente de entero crédito. En virtud de los principios éticos del periodismo y del marco legal nacional e internacional, nos reservamos el derecho de proteger la identidad de dicha fuente, conforme a lo establecido en el Artículo 49 de la Constitución de la República Dominicana, que garantiza la libertad de expresión e información, así como el derecho a mantener el secreto profesional. Este derecho también está respaldado por instrumentos internacionales como el Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José), el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, y los principios establecidos por la UNESCO y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) sobre la libertad de prensa. La protección de nuestras fuentes es no solo un derecho, sino un deber ético frente al interés público y la democracia.

https://youtu.be/0nJPAbtUxeM

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