
“LA Semanal” en pausa: cuando la narrativa se agota y el silencio se vuelve un problema político
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La explicación ofrecida por el Gobierno sobre la ausencia de “LA Semanal con la Prensa” en lo que va de 2026 —atribuyéndola a un proceso de “evolución y adaptación tecnológica”— lejos de despejar dudas, confirma un problema más profundo de narrativa, credibilidad y estrategia política. No se trata de cámaras, plataformas digitales ni acceso remoto. Se trata de que el formato dejó de cumplir su función esencial: construir autoridad, control de agenda y confianza pública.
Durante su primera etapa, “LA Semanal” fue eficaz.
Permitió a Luis Abinader proyectar cercanía, transparencia y control del poder ejecutivo. Sin embargo, con el paso del tiempo, el espacio perdió impacto, frescura y capacidad de persuasión. Hoy, incluso dentro del propio Gobierno, es evidente que ya no genera el efecto político que antes producía, ni en la opinión pública ni en los medios.
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Un formato desgastado y una narrativa que ya no convence
La principal razón de fondo es que la narrativa oficial dejó de ser creíble. Repetir mensajes, minimizar crisis, responder de forma genérica o evasiva y evitar definiciones claras terminó erosionando la confianza que inicialmente se construyó. En comunicación política, cuando el mensaje se vuelve predecible y defensivo, el formato muere, aunque se vista de “innovación tecnológica”.
A esto se suma un error estratégico clave: la sobreexposición del presidente en un formato que exige dominio técnico, rapidez conceptual y manejo profundo de múltiples agendas simultáneas. “LA Semanal” no es un discurso preparado ni una alocución institucional; es un ejercicio de alta presión política. Y el propio Gobierno parece haber concluido —tarde— que exponer semanalmente al presidente sin un dominio sólido y actualizado de todos los temas sensibles es un riesgo, no una fortaleza.
No es un juicio personal, es una evaluación política: Luis Abinader no tiene las habilidades naturales para este tipo de exposición prolongada y abierta, especialmente en un contexto de crisis acumuladas, escándalos de corrupción, tensiones internas en el PRM y decisiones impopulares. Forzarlo a sostener ese formato terminó debilitando la figura presidencial en lugar de fortalecerla.
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El verdadero error: no hablar claro
Si el Gobierno hubiese anunciado con franqueza que “LA Semanal” está suspendida indefinidamente porque el formato será replanteado o sustituido, el costo político habría sido menor. En cambio, optar por explicaciones vagas, técnicas y poco verificables alimenta la especulación, la desconfianza y la lectura de que se está evitando dar la cara.
La política no castiga la pausa; castiga la ambigüedad.
La ciudadanía entiende que los formatos se agotan. Lo que no acepta es que se le responda con argumentos vacíos que no explican nada mientras se acumulan temas que requieren postura presidencial clara: el caso SeNaSa, las tensiones internas del oficialismo, los cambios en el gabinete, la definición de metas estratégicas y crisis sociales de alto impacto.
Paradójicamente, al suspender “LA Semanal” sin admitir su agotamiento, el Gobierno ha perdido el control del relato.
Hoy no marca agenda; reacciona. No aclara; administra silencios. Y en política, el silencio prolongado siempre se interpreta como debilidad o cálculo defensivo.
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El problema no es el formato, es la estrategia
“LA Semanal con la Prensa” no está en pausa por razones tecnológicas. Está en pausa porque ya no funciona, porque expone más de lo que protege, y porque el Gobierno no ha logrado construir una narrativa coherente y creíble para el nuevo ciclo político.
La solución no es “modernizar” una rueda de prensa agotada, sino redefinir por completo la estrategia de comunicación del Estado, asumir con claridad cuándo un modelo terminó su vida útil y dejar de subestimar la inteligencia política de la ciudadanía.
Mientras el Gobierno no hable claro, las explicaciones seguirán sonando a excusas, y el silencio seguirá hablando más fuerte que cualquier comunicado.
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