
Los dirigentes de Santo Domingo Este del PRM están secos esperando el decreto
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Pasó el 27 de febrero y con él se esfumó una expectativa que llevaba meses incubándose en silencio dentro del Partido Revolucionario Moderno (PRM). Muchos dirigentes de Santo Domingo Este esperaban decretos, movimientos, reconocimientos mínimos por años de trabajo político y electoral. No pasó nada. Todo quedó igual. Y el mensaje, aunque no fue escrito, fue contundente.
La pregunta empezó a rodar con fuerza en las calles del municipio más grande del país:
¿Es que en Santo Domingo Este no existen cerebros funcionales dentro del PRM capaces de ocupar cargos en el Estado con resultados tangibles, buenos y verificables? ¿O es que, simplemente, no importan?
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Porque no se trata de improvisados. Muchos de esos dirigentes se ganaron su espacio en campaña, cargaron estructuras, defendieron votos, sostuvieron equipos y pusieron el cuerpo cuando el partido estaba en la calle. Sin embargo, hoy están como se dice popularmente en República Dominicana: “secos, esperando”. Secos de poder, secos de reconocimiento, secos de futuro.
Lo más grave no es solo la falta de nombramientos. Es el desgaste moral. Dirigentes que se ven obligados a repetir mentiras piadosas a sus seguidores y equipos: “en tal fecha salimos”, “el decreto viene”, “ya eso está listo”. Pasan las semanas, pasan los meses, llegan fechas simbólicas como el 27 de febrero… y no llega nada. El crédito político se agota, la autoridad se erosiona y la base comienza a desconectarse.
Ese desencanto no es menor. Santo Domingo Este no es un municipio cualquiera: es clave electoralmente, decisivo en cualquier contienda nacional. Sin embargo, la percepción que crece —y ya se escucha sin pudor en corrillos y barrios— es demoledora: que toda esa dirigencia del PRM en el municipio es vista por la cúpula como relleno, sin sustancia ni valor estratégico real.
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Mientras el PRM discute sucesión, alianzas y escenarios de poder nacional, en Santo Domingo Este la militancia siente que fue usada y luego archivada.
Que sirvió para ganar, pero no para gobernar. Que no existe en el radar del Estado que encabeza Luis Abinader, al menos no cuando se trata de confiar responsabilidades con peso.
El problema no es solo administrativo; es político. Un partido que deja “secar” a su dirigencia territorial más grande manda una señal peligrosa: el trabajo orgánico no paga, la lealtad no se recompensa y la estructura es prescindible. Esa narrativa, sostenida en el tiempo, tiene consecuencias.
Porque ningún dirigente aguanta indefinidamente viviendo de promesas, y ningún partido sobrevive desconectándose de su base más productiva. Hoy están secos esperando el decreto. Mañana, podrían estar secos de motivación. Y entonces, el costo ya no será interno: será electoral.
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