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Luis Abinader: el presidente que gobierna por inercia y se enreda en su propia torpeza política

Luis Abinader: el presidente que gobierna por inercia y se enreda en su propia torpeza política

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Melvin SenaMELVIN SENA/04 AGO DE 2025/1 MIN/0 VISTAS

La aprobación del nuevo Código Penal en el Congreso ha encendido una nueva mecha en el ya tambaleante liderazgo de Luis Abinader. Pero no se trata solo de un debate legislativo. Este episodio ha dejado expuesta, una vez más, la mayor debilidad del presidente: su absoluta incapacidad para navegar temas políticos complejos sin terminar atrapado por su propia torpeza.

Abinader llegó al poder prometiendo un Código Penal moderno y funcional, con las tres causales del aborto como parte esencial de su compromiso público con los derechos de las mujeres. Pero hoy, cuando tiene la oportunidad de honrar su palabra, no sabe qué hacer. Está paralizado, como siempre, atrapado entre dos mundos que no comprende y que le exigen una definición clara. Si promulga el Código sin las causales, traiciona a quienes creyeron en su discurso progresista; si lo observa y exige que se incluyan, pierde el favor de los sectores conservadores y religiosos que todavía lo ven como “uno de los suyos”.

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Pero lo verdaderamente preocupante no es el dilema.

Es que Luis Abinader parece incapaz de tomar decisiones de Estado sin enredarse, sin retroceder, sin dudar. Cada vez que el país lo necesita como líder, responde como un administrador de oficina que se topa con un problema que no entiende: patea la pelota, inventa una excusa o le pasa el bulto a otro poder del Estado.

Este Código Penal ha sido la cereza del pastel. No solo ha abierto una grieta entre el presidente y los movimientos sociales que alguna vez lo aplaudieron; también ha destapado las fisuras con su propia familia y con el ala política de su partido, a la que ha maltratado, ignorado y subestimado desde que asumió el poder. La carta firmada por la primera dama Raquel Arbaje y sus hijas, rechazando públicamente la pieza legislativa, desnudó un conflicto interno que ya no se puede disimular. Y la reacción del presidente de la Cámara de Diputados, Alfredo Pacheco, fue un golpe directo al ego del mandatario: “Nos fajamos muy duro para que ese hombre esté ahí sentado”, dijo. Traducción: el partido lo puso ahí, y ahora él cree que no necesita a nadie.

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Abinader ha gobernado como si el poder fuera un club privado, rodeándose de tecnócratas, empresarios y burócratas sin calle ni conexión política real. Ha despreciado a su partido, ha minimizado a los líderes sociales y se ha convertido en un presidente sin partido, sin pueblo y, ahora, sin brújula. Cada crisis lo encuentra sin una posición clara. Cada tema espinoso lo obliga a improvisar. Cada decisión importante se convierte en una cadena de errores no forzados.

El caso de las tres causales es un ejemplo perfecto. En lugar de liderar el debate y articular una salida coherente, se comprometió por populismo, sin medir consecuencias, sin entender que gobernar es decidir, no quedar bien con todos. Y ahora, con el Código Penal en sus manos, lo más probable es que repita su patrón: no promulgará, no vetará, solo lo devolverá con “observaciones”, una jugada tibia para no asumir ningún costo… y cargarle el muerto otra vez al Congreso.

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Abinader no es un político con visión. Es un gerente con suerte. Llegó a la presidencia montado en el hartazgo popular contra el PLD, en medio de una pandemia y con una oposición dividida. Pero gobernar requiere más que suerte: requiere agallas, coherencia, liderazgo y sentido político. Y en esos cuatro elementos, el presidente ha demostrado estar en déficit permanente.

Lo que estamos viendo hoy es el resultado de un estilo de gobierno superficial, sin proyecto político real, sostenido por encuestas y asesorías de imagen. Y cada día que pasa, más dominicanos se dan cuenta de que Luis Abinader no está gobernando el país. Solo lo está administrando… hasta que se le acabe la suerte.

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