
Paliza pide identificar a los funcionarios “traviesos” del PRM, pero Milagros Ortiz Bosch ya entregó 46 expedientes a Miriam Germán: ¿Por qué no empezar por ahí?
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El senador oficialista Alexis Victoria Yeb sorprendió al país al declarar que hay funcionarios del Partido Revolucionario Moderno (PRM) que han actuado como “traviesos” y podrían terminar enfrentando la justicia. Esta afirmación, lejos de ser desmentida por la cúpula oficialista, fue parcialmente respaldada por el presidente del PRM, José Ignacio Paliza, quien admitió que podrían existir funcionarios que han “desafinado”. Sin embargo, sus comentarios estuvieron marcados por un populismo irresponsable que busca minimizar una realidad evidente: la corrupción no es un fenómeno aislado en este gobierno, sino una constante que incluso ha sido señalada desde su propia Dirección de Ética.
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Populismo sin sustancia
En lugar de responder con firmeza y claridad ante las preocupaciones expresadas por Victoria Yeb, Paliza optó por una narrativa que carece de peso real. Haciendo un llamado a que se identifiquen los funcionarios corruptos, “así sea él mismo”, Paliza buscó proyectar una imagen de transparencia y apertura. No obstante, este gesto, más teatral que efectivo, evade el núcleo del problema: la incapacidad del PRM para controlar y sancionar internamente los actos de corrupción dentro de su gestión.
El presidente del PRM, José Ignacio Paliza, también intentó reducir los escándalos de corrupción a “ruidos aislados” que no representan la esencia de su gobierno. Esta afirmación no solo es deshonesta, sino que contradice las declaraciones de la directora de Ética e Integridad Gubernamental, Milagros Ortiz Bosch, quien ha denunciado la existencia de 46 casos de corrupción documentados dentro del PRM presentados al Ministerio Público, así como “cientos” de casos adicionales registrados en el Ministerio de Administración Pública (MAP).
Milagros Ortiz Bosch: la voz incómoda de la ética
Mientras Paliza busca minimizar los señalamientos, Ortiz Bosch ha sido clara al señalar que los problemas de corrupción no son excepciones, sino patrones dentro del gobierno. Su declaración de que el presidente Abinader solicitó una lista de funcionarios que no han presentado su declaración jurada de patrimonio refuerza la percepción de que la falta de rendición de cuentas es un problema sistemático.
Además, Ortiz Bosch cuestionó el proceso de selección de los miembros de la Cámara de Cuentas, destacando la falta de rigor y advirtiendo que la ley que regula esta institución fue diseñada para no ser aplicada. Estos comentarios revelan un gobierno que, lejos de priorizar la transparencia, sigue arrastrando los vicios estructurales de la política dominicana.
El riesgo de normalizar la corrupción
La insistencia de Paliza en restar importancia a los casos de corrupción dentro del PRM refleja una peligrosa desconexión entre las acciones del partido y las expectativas de los ciudadanos. Este gobierno llegó al poder con la promesa de ser diferente, pero los datos apuntan a que la corrupción sigue siendo una constante, ahora justificada bajo la excusa de ser “ruidos aislados”.
El populismo irresponsable de Paliza no solo erosiona la credibilidad del PRM, sino que también envía un mensaje preocupante a la sociedad: los actos de corrupción pueden minimizarse si se enmarcan como excepciones. Esta narrativa, lejos de combatir el problema, lo perpetúa.
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José Ignacio Paliza tuvo la oportunidad de liderar con responsabilidad y enfrentar las acusaciones con acciones concretas, pero prefirió refugiarse en el populismo y la evasión. En contraste, figuras como Milagros Ortiz Bosch, aunque limitadas en sus capacidades legales, han hecho un esfuerzo por presiones mediáticas y sociales por destacar la gravedad del problema y la necesidad de reformas profundas dentro del gobierno del mismo PRM.
El PRM tiene una deuda pendiente con el pueblo dominicano: demostrar que su discurso de cambio no fue solo una estrategia electoral. Si continúan ignorando las señales de corrupción dentro de su gobierno, el desencanto ciudadano no tardará en manifestarse, y los “ruidos aislados” podrían convertirse en un estruendo político imposible de silenciar.
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