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De Saddam Hussein a Nicolás Maduro: las mismas motivaciones, el mismo libreto y una narrativa que desafía la lógica estratégica

De Saddam Hussein a Nicolás Maduro: las mismas motivaciones, el mismo libreto y una narrativa que desafía la lógica estratégica

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Melvin SenaMELVIN SENA/03 ENE DE 2026/1 MIN/0 VISTAS

En 2003, Estados Unidos necesitó una coalición internacional, cerca de 170,000 soldados desplegados, más de 4,400 militares estadounidenses muertos, decenas de miles de heridos y ocho años de guerra para capturar a Saddam Hussein en Irak. Dos décadas después, el presidente Donald Trump afirmó que EE. UU. capturó a Nicolás Maduro “durante la noche”, sin bajas estadounidenses y sin una guerra abierta.

Más allá de la veracidad o no de esta última afirmación —que aún carece de pruebas públicas independientes—, la comparación entre ambos episodios permite identificar patrones constantes en las motivaciones, la narrativa y la justificación de las intervenciones estadounidenses.

1. Motivaciones estructurales: recursos estratégicos y control geopolítico

En Irak, el argumento público fue claro: armas de destrucción masiva, vínculos con el terrorismo y una amenaza inminente para la seguridad global. Años después, ninguna de esas armas fue encontrada, y múltiples informes oficiales estadounidenses reconocieron el error de inteligencia.

Sin embargo, Irak posee las quintas mayores reservas de petróleo del mundo. Tras la invasión, el rediseño del sector energético iraquí y la apertura a corporaciones extranjeras fue inmediato.

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En Venezuela con Nicolás Maduro, el discurso ha mutado, pero el fondo es similar:

  • narcotráfico,
  • “régimen ilegítimo”,
  • amenaza regional,
  • terrorismo.

Venezuela, a su vez, posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, además de gas, oro, coltán y otros minerales estratégicos. La coincidencia no es anecdótica: ninguna intervención militar directa de EE. UU. en el siglo XXI ha ocurrido en países sin valor estratégico o energético significativo.

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2. El libreto narrativo: siempre el mismo guion

El patrón comunicacional es prácticamente idéntico en ambos casos:

  1. Deslegitimación del líder
    Saddam: dictador brutal, amenaza global.
    Maduro: narcotraficante, terrorista, amenaza hemisférica.
  2. Acusaciones graves sin pruebas públicas concluyentes
    Irak: armas químicas y nucleares inexistentes.
    Venezuela: vínculos directos con carteles y terrorismo, sin evidencia verificable internacionalmente.
  3. Construcción del enemigo como irracional e inminente
    Se presenta la intervención como “inevitable” y “defensiva”.
  4. Reducción del conflicto a una figura personal
    El problema no es el país, sino “Saddam” o “Maduro”.

Este libreto facilita que la opinión pública internacional acepte acciones que, en condiciones normales, violarían principios básicos del derecho internacional.

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3. Lo que no cuadra desde la lógica militar

Aquí surge una contradicción central.

  • Para capturar a Saddam Hussein:
    • fue necesaria una invasión total,
    • control territorial,
    • miles de operaciones militares,
    • años de ocupación,
    • enormes pérdidas humanas.
  • En el caso venezolano, según el relato estadounidense:
    • no hubo ocupación,
    • no hubo resistencia significativa,
    • no hubo bajas propias,
    • no hubo imágenes,
    • no hubo prueba de vida inmediata.

Desde un punto de vista estrictamente militar, capturar a un jefe de Estado en funciones como Nicolás Maduro, en su propio país, sin control del territorio y sin bajas, es extraordinariamente improbable. No imposible en teoría, pero incompatible con la experiencia histórica reciente de EE. UU., incluida Irak, Afganistán o Libia.

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Esta disonancia es uno de los principales factores que alimenta el escepticismo internacional, aunque no siempre se exprese públicamente.

4. ¿Por qué otros países aceptan el relato?

La aceptación tácita o el silencio de muchos Estados no responde necesariamente a convicción, sino a miedo y cálculo político:

  • Dependencia económica o financiera de EE. UU.
  • Temor a sanciones secundarias.
  • Necesidad de acceso a mercados, crédito o protección.
  • Debilidad institucional o militar propia.

Aceptar el relato, incluso si es poco creíble, resulta menos costoso que desafiarlo.

Irak demostró que cuestionar abiertamente la narrativa estadounidense no evita la intervención, pero sí puede acarrear represalias económicas y diplomáticas severas.

5. La constante histórica: la narrativa como arma

El caso Saddam Hussein dejó una lección fundamental:
la narrativa precede a la acción, la justifica y luego se ajusta a los hechos, no al revés.

Cuando las pruebas no aparecen, el relato ya ha cumplido su función política y estratégica. En retrospectiva, muchos gobiernos reconocieron el error… cuando ya era demasiado tarde.

En el caso venezolano, el proceso parece acelerado:

  • la narrativa se presenta como hecho consumado,
  • la prueba se promete “más adelante”,
  • el objetivo estratégico —control y presión sobre los recursos— ya está en marcha.

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Más continuidad que ruptura

La comparación entre Irak y Venezuela no demuestra que los casos sean idénticos, pero sí evidencia una continuidad doctrinal en la política exterior estadounidense:

  • mismos motivos estructurales,
  • mismo guion narrativo,
  • mismas justificaciones morales,
  • y una aceptación internacional basada más en el miedo que en la convicción.

La gran diferencia no es el método, sino la eficiencia comunicacional. Donde antes se necesitaban ejércitos y años de guerra, hoy se intenta imponer un relato fulminante, esperando que el mundo lo acepte antes de que pueda cuestionarlo.

La historia reciente demuestra que cuestionar a tiempo no es ingenuidad; aceptar sin preguntar, sí.

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Nota aclaratoria:
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https://youtu.be/KNBAs5mEerY

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