
El desgaste del poder de Abinader: por qué muchos dominicanos sienten que el cambio se detuvo
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En la historia política reciente de la República Dominicana, solo en contadas ocasiones el clamor popular ha llegado al punto de exigir la reducción de un período presidencial. La última vez fue en 1994, cuando Joaquín Balaguer, presionado por una crisis de legitimidad tras un proceso electoral cuestionado, aceptó recortar su mandato a dos años. Desde entonces, ningún otro gobierno había enfrentado un desgaste tan acelerado como el que vive hoy el de Luis Abinader.
Y no se trata de simples críticas o de los ciclos naturales de descontento que todo gobierno enfrenta. Se trata de una fatiga colectiva que se expresa en las calles, en las redes y en las conversaciones cotidianas: el país siente que este gobierno se agotó antes de tiempo.
Un liderazgo desconectado
Luis Abinader inició su gestión con un capital político sin precedentes:
apoyo mayoritario, respaldo mediático, una oposición débil y un discurso de transparencia que prometía romper con los vicios del pasado. Sin embargo, ese discurso se fue desinflando con los años. La gente percibe que el mandatario perdió contacto con la realidad del pueblo.
El costo de la vida, los salarios estancados, la inseguridad y los altos niveles de desempleo han erosionado la confianza. Lo que antes se justificaba por “la pandemia” o “la guerra en Ucrania” ya no convence a nadie. La gente siente que la promesa de cambio se quedó en el marketing político.
Corrupción maquillada de moral
Uno de los principales golpes a la credibilidad del gobierno es la sensación de que la “lucha contra la corrupción” fue selectiva y usada como herramienta política. Muchos dominicanos consideran que mientras se perseguía con fuerza a figuras de gestiones pasadas, los casos vinculados a funcionarios actuales se manejan con guantes de seda o se archivan discretamente.
El caso del Intrant, los escándalos en compras públicas, las denuncias en instituciones como el Ministerio de la Vivienda, o los cuestionamientos en torno a licitaciones millonarias, han alimentado la percepción de que el cambio prometido se transformó en continuidad maquillada.
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La crisis de representación
Lo más preocupante no es solo el rechazo al gobierno, sino la sensación generalizada de que “nadie representa al pueblo”. Las personas están cansadas, no solo de Abinader, sino del sistema político completo. El “que se vayan todos” comienza a resonar, como ya ocurrió en otras naciones latinoamericanas.
Sin embargo, este malestar no significa que la oposición esté capitalizando el desencanto. Ni el PLD ni la Fuerza del Pueblo han logrado presentarse como una alternativa real. La población percibe que los mismos grupos que hundieron al país en el pasado ahora se disfrazan de salvadores.
El PRM en la encrucijada
Dentro del PRM se sabe que la figura de Abinader ya no entusiasma.
Pero el partido aún conserva figuras con potencial: desde jóvenes líderes locales hasta figuras técnicas y políticas con buena imagen pública. El problema es cómo se elegirá al candidato para el 2028.
Si el proceso es una imposición desde el Palacio o desde el círculo cerrado que hoy controla el gobierno, el partido podría fracturarse. Las bases del PRM —que ya sienten que solo los “de arriba” disfrutan del poder— podrían optar por la apatía o incluso migrar hacia proyectos nuevos o independientes.
Un error en ese proceso podría abrir las puertas a una recomposición del mapa político dominicano.
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Cuando el país empieza a pedir que el tiempo se acorte
Pedir que un presidente acabe su mandato antes de tiempo no es algo común en la República Dominicana. Es una expresión de desesperanza, una señal de que la gente siente que no hay dirección, ni liderazgo, ni esperanza de mejora.
Cumplir el período completo “aunque sea empujándolo”, como muchos dicen, es un deber institucional. Pero cuando el pueblo empieza a soñar con que el calendario avance más rápido, es porque la paciencia colectiva se agotó.
El problema de Abinader no es solo la economía, ni la corrupción, ni la inseguridad. Es la desconexión emocional con el país que una vez creyó en él. Y en política, cuando un líder pierde ese vínculo, ni los logros técnicos ni las cifras macroeconómicas pueden salvar su legado.
El reloj aún marca el 2025, pero muchos dominicanos sienten que este gobierno ya llegó al 2028.
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