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En República Dominicana votar mal cada 4 años no es suficiente

En República Dominicana votar mal cada 4 años no es suficiente

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Melvin SenaMELVIN SENA/28 OCT DE 2025/1 MIN/0 VISTAS

En República Dominicana, cada cuatro años millones de ciudadanos acuden a las urnas con la esperanza de un cambio. Sin embargo, pasado el entusiasmo de la campaña, la sensación de desencanto regresa una y otra vez. La pregunta es inevitable: ¿realmente entendemos lo que significa vivir en democracia?

La democracia, en su sentido más básico, significa “poder del pueblo”. Pero aquí, el poder del pueblo termina reducido a un voto que se intercambia por promesas, ayudas momentáneas o simples emociones partidarias.

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Entre la promesa y la práctica

Desde el fin de la dictadura de Trujillo en 1961, la República Dominicana ha celebrado más de una docena de procesos electorales nacionales.

Sin embargo, seis décadas después, seguimos debatiendo los mismos temas: la corrupción, la pobreza, el clientelismo y la impunidad. El voto ha sido libre en la forma, pero no siempre en el fondo.

En las elecciones de 2012, por ejemplo, se habló del uso masivo de los recursos del Estado para favorecer una candidatura oficialista. En 2020, la suspensión de las elecciones municipales por fallas del sistema automatizado provocó una crisis de confianza sin precedentes en la Junta Central Electoral. En 2024, pese a una aparente estabilidad democrática, la abstención volvió a rozar el 40%, reflejo de un ciudadano que ya no cree que su voto transforme la realidad.

El peligro del voto sin conciencia

Como advirtió Platón hace más de dos mil años, “la ignorancia del votante es el precio que paga la democracia por su libertad”. En el contexto dominicano, esa advertencia cobra fuerza. Los programas sociales que se activan en campaña, la compra de cédulas o las fundas con alimentos en los barrios no son simples actos de asistencia: son mecanismos de control político.

En comunidades vulnerables, muchos votan no por convicción, sino por necesidad. El resultado es una democracia que se sostiene sobre el hambre, no sobre la conciencia.

Y mientras tanto, el discurso político se ha degradado. En lugar de debates sobre políticas públicas, abundan los insultos, los “lives” en redes sociales y los espectáculos mediáticos. La democracia dominicana ha caído en lo que Tocqueville llamó “la tiranía de la mayoría desinformada”: un sistema donde la gente vota, pero no decide realmente.

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Educación, el voto más importante

El filósofo Aristóteles sostenía que la estabilidad política depende de la virtud y la educación del ciudadano. Si trasladamos esa idea a nuestro país, entenderíamos que sin educación cívica, el voto se convierte en un arma en manos de quienes saben manipularlo.

La República Dominicana gasta millones en propaganda electoral, pero apenas destina recursos para enseñar cómo funciona el Estado, qué significa rendición de cuentas o cómo se elabora un presupuesto nacional. El resultado se ve en encuestas recientes: más del 60% de los dominicanos no sabe cuál es la función del Congreso ni cómo se aprueban las leyes. Sin conocimiento, la ciudadanía se vuelve terreno fértil para el populismo.

Cuando las instituciones no bastan

Montesquieu planteó que la separación de poderes es el pilar de toda democracia. Sin embargo, en nuestro país esa división se difumina. El Congreso ha servido en muchos casos como sello del Ejecutivo, aprobando préstamos y fideicomisos con poca o ninguna discusión pública.
La justicia, aunque ha mostrado avances con algunos casos de corrupción en los tribunales, sigue enfrentando el reto de demostrar que no actúa selectivamente.

Y el ciudadano observa. Siente que el sistema no responde a su esfuerzo, sino al interés de grupos que se reparten el poder bajo distintos colores.

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El desafío de la democracia dominicana

Rousseau defendía la “voluntad general” como la expresión más pura de la soberanía popular.

Pero para que esa voluntad exista, deben garantizarse condiciones reales de participación: tiempo, información y seguridad económica. En República Dominicana, miles de ciudadanos ni siquiera pueden acudir a votar porque trabajan de manera informal o viven en zonas donde el transporte es un lujo. Otros, simplemente, ya no creen que votar sirva de algo.

Por eso, insistir en que “la democracia funciona porque la gente vota” es una verdad a medias. La democracia funciona cuando la gente entiende lo que vota.

Más allá del voto

Votar importa, pero pensar es esencial. El voto no puede seguir siendo una ficha de cambio. Debe ser una expresión de conciencia. El Estado tiene la obligación de crear las condiciones para que eso ocurra: educación cívica desde las escuelas, medios de comunicación comprometidos con la verdad y una justicia que castigue la corrupción sin mirar colores. De lo contrario, cada elección será solo una pausa entre decepciones, y la democracia un ritual vacío.

Porque al final, la verdadera pregunta no es cuántos votan, sino cuántos entienden lo que están votando.
Y en esa respuesta se mide la madurez política de un pueblo.

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https://youtu.be/eY1q6IHMgG0

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