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La Casa de Alofoke

La Casa de Alofoke

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Melvin SenaMELVIN SENA/27 OCT DE 2025/1 MIN/0 VISTAS

En la República Dominicana parece estarse llevando a cabo un experimento social con La Casa de Alofoke, cuyo objetivo, consciente o inconsciente, sería crear una sociedad de idiotas —una sociedad que piense como idiotas y actúe como idiotas— con pantallitas en la mano y un guion prefabricado para reaccionar. El término idiota, que en la antigua Grecia designaba al ciudadano que no intervenía en los asuntos públicos, ha evolucionado hasta describir a aquellos que tienen tan poco entendimiento de su entorno que ni siquiera advierten lo que sucede a su alrededor. Aquellas dos definiciones se complementan: ciudadanos ausentes (en lo público) y ciudadanos inconscientes (en lo social). Y me atrevo a decir: somos una sociedad de idiotas.

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El déficit de participación, la ausencia de interpretación

Veo la situación así:

  • Una generación (o dos) de dominicanos, las llamadas generaciones Millennials y Z, se han ido ausentando de los procesos electorales y del debate político activo.
  • Les cuesta cada vez más entender a políticos de otras épocas que les hablan en un lenguaje extemporáneo, ajeno a sus aspiraciones y necesidades actuales.
  • Y pese a que el país presume de cifras de crecimiento del PIB (“la medalla”) no se traduce en mejora real de condiciones para los jóvenes: empleo digno, vivienda propia, salud garantizada, ascenso social por mérito.
  • Mientras tanto, la esperanza de la familia, de quedarse a vivir en el país, de participar en una movilidad social digna, se deteriora.
  • El modelo de demostración de riquezas ha pasado a manos del narcotráfico y del juego, lo que envía señales devastadoras para quienes “estudiaron hasta en universidad”, pero se les niega el derecho a construir su futuro en el país.

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Cuando un país confronta una marcada caída del voto juvenil, un desapego creciente, una crisis de credibilidad de sus líderes, estamos ante algo más que indolencia: estamos ante un síntoma de que el sistema político-institucional ha perdido conexión con su base. Estudios muestran que el desenganche político (votar menos, implicarse menos) está vinculado con niveles bajos de confianza política. Asimismo, el aislamiento político se vincula con entornos donde la gente siente que sus instituciones no les representan o que no tienen posibilidad real de cambio.

Así que la “dominicanización de la idiotez” no es sólo un insulto retórico:

describe una realidad donde el público pierde la capacidad de interpretar las señales que vienen de los poderes públicos, de los medios, de las redes sociales, y se queda atrapado en la pantallita viendo La Casa de Alofoke, sin cuestionamiento, sin músculo crítico.

Factores psicológicos del fenómeno

Para sustentar estas ideas se pueden mencionar algunos aportes de la psicología social y política:

  • El sociólogo-psicólogo Robert D. Putnam planteó el concepto de capital social, que agrupa redes, normas de reciprocidad y confianza que permiten a la ciudadanía actuar conjuntamente para objetivos comunes. Cuando ese capital social disminuye, aparece el desinterés, la desvinculación institucional.
  • En un estudio cualitativo se documenta que en jóvenes la participación política se ve obstaculizada no sólo por falta de información, sino porque hay una construcción normativa grupal que sanciona al que se involucra (“ser nerd”, “estar en la burbuja”), lo que refuerza la inacción.
  • Las razones de apatía política (o de “idiotización”, si se quiere) incluyen: la escasa educación cívica, el predominio del individualismo sobre lo colectivo, las redes sociales que crean cámaras de eco y vistas superficiales de los problemas.
  • Finalmente, la desconfianza hacia las instituciones —educación, salud, medios— también es clave: un estudio encontró que percepciones negativas del sistema educativo o sanitario inciden negativamente sobre la participación política formal.

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Estos hallazgos psicopolíticos permiten explicar por qué muchos dominicanos jóvenes se sienten fuera del sistema, lo consideran ajeno, inútil o corrupto, y prefieren “hacer otra cosa” —o no hacer nada.

Crítica al financiamiento estatal de esta “idiotización”

Ahora bien: si aceptamos que existe esta tendencia —o experimento social— de producir una masa joven indiferente o manipulable, cabe preguntarse: ¿qué papel juega el financiamiento estatal en este escenario?

  • En primer lugar, el Estado tiene la obligación de fomentar la ciudadanía activa, la educación cívica, la transparencia, y los espacios de participación. Si no lo hace —o peor, co­opera con la creación de un público pasivo e inmerso en pantallas— estamos ante un financiamiento indirecto de la idiotez.
  • ¿Existe inversión real del Estado dominicano en programas de educación cívica adaptados a las generaciones Millennials y Z? ¿Se está destinando presupuesto para estimular su participación democrática? Si la respuesta es carente o simbólica, se está financiando, por omisión, la desconexión.
  • Más grave aún: si los recursos públicos alimentan mediáticamente discursos que no representan a esos jóvenes, o das financiamiento a medios o tecnologías que promueven el consumo pasivo frente al debate crítico, el Estado contribuye al experimento de “sociedad de idiotas”.
  • En consecuencia, es imperativo auditar el destino de fondos públicos en educación cívica, tecnologías de la información, medios de comunicación y plataformas digitales. ¿Se usan para empoderar al ciudadano o para adoctrinarlo o distraerlo?
  • Además, cuando el aparato estatal promueve iniciativas de comunicación que sólo reproducen el status quo, sin canalizar las inquietudes reales de las nuevas generaciones, el financiamiento estatal se convierte en cómplice de la desmovilización democrática.

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En pocas palabras: no basta con que el Estado “no financie” la participación. Si financia la distracción, la pasividad y el consumo mediático sin crítica, entonces está pagando por la idiotización social.


“La casa de Alofoke” como metáfora

Y ya que me pediste que “pongas ahí ‘la casa de Alofóque’”, la tomo como metáfora del escenario mediático-social dominicano: un espacio cómodo, divertido, superficial, con pantallita, risas, espectáculo y poco contenido transformador. Una casa donde entran los que no participan en lo público, donde se refugia la generación que “no le interesa” la política, donde la pantalla se convierte en escape y en sustituto de la acción ciudadana. En esa casa, los políticos de siempre discuten el poder de antes, los jóvenes permanecen invitados pasivos, las instituciones brillan por su ausencia o complicidad, y el financiamiento estatal se invierte en la producción del espectáculo más que en la formación del ciudadano crítico.

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Sí, me atrevo a sostener que estamos ante un experimento social en la República Dominicana: no uno deliberado en sus detalles, pero sí funcional en su lógica, que consiste en producir una ciudadanía pasiva, poco crítica, que consume mediáticamente en lugar de actuar políticamente.
Y lo más peligroso: cuando esa ciudadanía es mayoritaria —como ocurre con generaciones jóvenes que se ausentan—, el sistema político queda vulnerable a quien domine las pantallas, no a quien construya el bien común.
Los jóvenes “idiotas” (entiéndase en su sentido original: ajenos al bien público, sin comprensión de lo que les rodea) tienen derecho a preguntarse: ¿por qué estudiaron si se les niega un empleo digno? ¿por qué la vivienda propia es inaccesible? ¿por qué la participación política parece un teatro para otros? Si no se les explica claramente y no se les ofrece un camino, pasarán de la pasividad a la desesperanza, o peor, a formas alternativas de expresión que pueden estar fuera del Estado de derecho.
El desafío es evidente: reactivar esa conexión, reasignar inversión pública donde genere ciudadanía activa, educar para la participación, no para el consumo de contenidos vacíos, abrir canales reales de influencia para las generaciones menores de 45 años (que según tus cifras formarán cerca del 50% del padrón electoral en 2028). Si no lo hacemos, estaremos financiando —y permitiendo— el experimento social de la idiotez.

Nota aclaratoria:
Algunas informaciones contenidas en este artículo tienen carácter especulativo, fundamentadas en el análisis de hechos públicos y en el comportamiento reciente de los actores mencionados, así como en una filtración genuina proveniente de una fuente de entero crédito. En virtud de los principios éticos del periodismo y del marco legal nacional e internacional, nos reservamos el derecho de proteger la identidad de dicha fuente, conforme a lo establecido en el Artículo 49 de la Constitución de la República Dominicana, que garantiza la libertad de expresión e información, así como el derecho a mantener el secreto profesional. Este derecho también está respaldado por instrumentos internacionales como el Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José), el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, y los principios establecidos por la UNESCO y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) sobre la libertad de prensa. La protección de nuestras fuentes es no solo un derecho, sino un deber ético frente al interés público y la democracia.

https://youtu.be/hAYY-ylPeOE

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