
Lo que nos dice la insinuada salida de Guido Gómez Mazara del Gobierno: la reactivación de la corriente de los resentidos dentro del PRM
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La inauguración de la nueva sede del Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones (INDOTEL), encabezada por la vicepresidenta Raquel Peña, terminó convirtiéndose en mucho más que un acto institucional. Las declaraciones de su presidente del Consejo Directivo, Guido Gómez Mazara, al afirmar que entiende haber cumplido su ciclo al frente del órgano regulador, marcan de facto su salida del Gobierno y abren una nueva etapa política con implicaciones profundas dentro del Partido Revolucionario Moderno (PRM).
Formalmente, la gestión de Guido en INDOTEL deja un balance administrativo que el propio Gobierno se ha encargado de resaltar: la adquisición del nuevo edificio pone fin a 24 años de pago de alquiler y proyecta un ahorro estimado de 1,540 millones de pesos al Estado dominicano en la próxima década. Es una decisión que, en términos institucionales, luce eficiente y racional. Sin embargo, en política, los hechos administrativos rara vez se leen solo en clave técnica.
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La salida de Guido Gómez Mazara, no puede analizarse como un simple relevo burocrático.
Todo indica que se trata de un movimiento calculado para retomar de lleno la actividad política, reorganizar sus fuerzas internas y electorales, y relanzar su proyecto presidencial dentro del PRM.
Guido Gómez Mazara no es un actor improvisado ni un aspirante coyuntural. Ya buscó la nominación presidencial del PRM enfrentándose nada más y nada menos que a Luis Abinader, un presidente en ejercicio, con todo el poder del Estado a su favor, control del aparato gubernamental, respaldo de la mayoría de la estructura partidaria formal y el alineamiento de una dirigencia que, en gran parte, se comportó de manera genuflexa frente al poder.
En ese escenario profundamente desigual, Guido obtuvo oficialmente alrededor de un 10% de los votos. Pero incluso dentro del propio PRM existe la convicción de que su respaldo real fue significativamente mayor. Y lo más relevante no es el número final, sino las condiciones en que fue alcanzado: sin repartir dinero, sin ocupar cargos públicos, sin controlar instituciones, y compitiendo contra un presidente que concentraba Estado, partido y recursos.
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Ese dato es clave para entender por qué la salida de Guido del Gobierno genera tanto ruido interno. Su base política no es artificial ni circunstancial; es una base que se construyó desde la oposición, desde el discurso crítico y desde una narrativa de confrontación interna contra lo que él mismo ha definido, en distintos momentos, como la degeneración de la democracia partidaria.
Durante estos años, muchos de los que hoy ocupan posiciones de poder dentro del PRM —y que nunca vieron a Guido como un igual— se beneficiaron de un sistema que premió la cercanía al presidente por encima del mérito político. Guido, en cambio, quedó fuera de ese reparto, no por falta de capacidad, sino por no encajar en una lógica de sumisión.
Su entrada al Gobierno, aceptando la presidencia del Consejo Directivo de INDOTEL, fue leída por muchos de sus seguidores como una decisión pragmática, no ideológica. Guido nunca ocultó sus diferencias con la forma de gobernar de Luis Abinader ni con el modelo de partido que se consolidó tras 2020. El consenso interno es que aceptó el cargo para capitalizarse políticamente, ganar visibilidad institucional y fortalecer su hoja de servicios, sin renunciar a su identidad crítica.
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Tampoco puede ignorarse otro elemento que, aunque pocas veces se dice en voz alta, forma parte estructural de la política dominicana: los beneficios colaterales del ejercicio del poder. La compra de un edificio de gran magnitud como el nuevo INDOTEL, aun cuando se presente como un ahorro para el Estado, históricamente ha estado asociada a redes de intereses, influencias y capital político. No afirmar esto sería ingenuo; reconocerlo no implica necesariamente acusar, sino entender cómo funciona el sistema. Guido no es ajeno a esa realidad, y su paso por el Estado, corto pero estratégico, le permitió posicionarse mejor de cara a lo que viene.
Ahora, fuera del Gobierno, Guido recupera algo que dentro del Estado siempre estuvo limitado: libertad política total. Puede volver a hablar sin filtros, confrontar directamente a la cúpula del PRM, articular discurso ideológico y conectar con una base que se siente traicionada, desplazada y utilizada.
Esa base existe, es amplia y está molesta. Militantes que trabajaron para llevar al PRM al poder y que luego fueron ignorados, excluidos o reducidos a simples espectadores de un partido convertido en una extensión del Gobierno. Guido conecta con ese malestar porque lo vivió en carne propia.
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Su discurso de confrontación interna, lejos de debilitarlo, es precisamente lo que le da identidad política.
En un PRM donde muchos liderazgos evitan el conflicto y prefieren la comodidad del cargo, Guido Gómez Mazara representa la disidencia organizada, con narrativa, con memoria histórica y con capacidad de incomodar.
Por eso su salida del Gobierno es una jugada que pocos vieron venir, pero que muchos temían. Guido Gómez Mazara fuera del Estado no es un político retirado; es un dirigente liberado. Y en un contexto donde el PRM enfrenta tensiones internas, desgaste de imagen, una base inconforme y una sucesión presidencial sin reglas claras, su reaparición como actor plenamente político puede alterar cálculos, romper consensos artificiales y reactivar una competencia interna que el oficialismo creía controlada.
No es una despedida administrativa. Es el inicio de una nueva fase. Y dentro del PRM, más de uno ya lo entendió.
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