
¿Por qué una sociedad quiere ser gobernada por “idiotas”? Ortega y Gasset frente al fenómeno Alofoke
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Esto no es un ataque personal contra Santiago Matías ni contra sus seguidores. Es un análisis de un fenómeno social y comunicacional a partir de las ideas de José Ortega y Gasset sobre el hombre-masa, aplicadas al contexto dominicano actual. Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con las conclusiones, pero el propósito es abrir una discusión sobre la influencia, el liderazgo, la popularidad y la relación entre opinión, conocimiento y poder. Criticar una idea, una conducta o un fenómeno no significa necesariamente atacar a la persona.
Y para quienes encuentren este análisis interesante, lo compartan, lo comenten o se hagan eco de sus ideas: compartan también los créditos de quienes hicieron el trabajo original. Detrás de este contenido hay análisis, investigación, redacción y creatividad. Viralizar una idea está bien; apropiarse de ella, no. Si van a reproducir, citar o utilizar fragmentos de este trabajo, den crédito a Melvin Sena y a HackeandoElSistema.net, los verdaderos creadores de este contenido. La influencia también debería venir acompañada de respeto por la autoría.
Hay preguntas que incomodan precisamente porque obligan a mirar hacia adentro.
Una de ellas es esta: ¿por qué una sociedad puede terminar prefiriendo ser dirigida por alguien que se parece a ella antes que por alguien que está mejor preparado para gobernarla?
La pregunta no nació con las redes sociales. Tampoco nació con Santiago Matías, conocido como Alofoke. Tiene casi un siglo de antigüedad y encuentra una de sus formulaciones más provocadoras en el pensamiento del filósofo español José Ortega y Gasset, particularmente en su obra La rebelión de las masas.
Ortega y Gasset hablaba del “hombre-masa”.
Y es importante aclarar algo desde el principio: el hombre-masa no es necesariamente pobre, rico, educado o ignorante. No es una clase económica. Es, fundamentalmente, una actitud frente al conocimiento, frente a la sociedad y frente a uno mismo.
El hombre-masa es aquel que se siente perfectamente cómodo siendo como los demás, pero que, al mismo tiempo, considera que su opinión tiene el mismo valor que cualquier otra, independientemente de cuánto conozca sobre el asunto.
Y aquí comienza el problema.
El problema no es que la gente opine
Una democracia necesita ciudadanos que puedan opinar.
El problema aparece cuando confundimos el derecho a opinar con la autoridad para tener razón.
Todos tenemos derecho a opinar sobre economía, medicina, derecho, política, ingeniería, seguridad o cualquier otro asunto.
Pero eso no significa que todas las opiniones tengan el mismo valor intelectual.
Un ciudadano puede tener todo el derecho del mundo a cuestionar una política económica. Sin embargo, su opinión no adquiere automáticamente el mismo peso técnico que la de un economista que lleva veinte años estudiando el comportamiento de una economía.
Y esto no significa que el experto sea infalible.
Significa algo mucho más sencillo: el conocimiento importa.
El problema de nuestra época es que hemos construido un ecosistema digital donde tener un micrófono parece suficiente para convertirse en autoridad.
Y ahí es donde Ortega y Gasset vuelve a ser sorprendentemente actual.
Alofoke y la democratización del micrófono
Santiago Matías representa uno de los fenómenos de comunicación más importantes de la República Dominicana contemporánea.
Ha conseguido algo que muchos medios tradicionales no pudieron conseguir: construir una audiencia masiva alrededor de una comunicación directa, irreverente, emocional y profundamente conectada con determinados códigos culturales de la sociedad dominicana.
Eso merece ser estudiado.
No solamente criticado.
Porque detrás del fenómeno Alofoke existe una enorme capacidad de comunicación, identificación y movilización.
Pero precisamente por eso hay que hacer una distinción fundamental:
tener influencia no significa tener razón sobre todo.
Una persona puede ser extraordinariamente buena construyendo audiencia y no necesariamente ser especialista en derecho.
Puede comprender perfectamente cómo funciona la atención del público y no necesariamente dominar la economía.
Puede ser un gran comunicador y no necesariamente estar preparado para administrar un Estado.
Puede tener millones de seguidores y equivocarse.
Y aquí está el punto que muchos seguidores parecen no querer aceptar:
la popularidad es una medida de influencia; no es una certificación de conocimiento.
Cuando el “yo soy como tú” sustituye al “yo sé hacerlo”
Aquí aparece uno de los elementos más interesantes del fenómeno.
¿Por qué determinadas figuras públicas consiguen una conexión emocional tan poderosa con sus audiencias?
Porque no parecen estar por encima de ellas.
Hablan como ellas.
Se expresan como ellas.
Utilizan sus códigos.
Cometen errores públicamente.
Reaccionan emocionalmente.
Dicen cosas que otros no se atreven a decir.
Y el público termina pensando:
“Ese hombre es como yo.”
Eso produce identificación.
La psicología conoce este mecanismo: tendemos a sentir mayor afinidad hacia quienes percibimos como similares a nosotros.
Pero existe una diferencia enorme entre sentirse representado por alguien y estar capacitado para ser gobernado por esa persona.
Y esa diferencia puede convertirse en un problema cuando una figura de entretenimiento, comunicación o influencia social decide trasladar esa popularidad al terreno político.
El peligro comienza cuando la audiencia se convierte en criterio de verdad
Imaginemos una discusión.
Alguien presenta un argumento.
La respuesta debería ser:
“¿Ese argumento es correcto?”
Pero en las comunidades altamente personalizadas la pregunta puede transformarse en:
“¿Quién lo dijo?”
Si lo dijo la persona que admiro, lo defiendo.
Si lo dijo alguien que cuestiona a esa persona, lo rechazo.
Entonces ya no estamos evaluando ideas.
Estamos defendiendo identidades.
Y cuando una sociedad llega a ese punto, el debate público empieza a deteriorarse.
Porque el ciudadano deja de preguntarse qué es verdadero y comienza a preguntarse de qué lado está.
El fenómeno fan puede convertirse en fenómeno político
Aquí debemos prestar especial atención.
No es lo mismo tener seguidores que tener ciudadanos.
Un seguidor puede consumir contenido.
Un ciudadano tiene que evaluar propuestas.
Un seguidor puede defender a su figura favorita.
Un ciudadano tiene que ser capaz de cuestionar incluso al político por quien votó.
Un seguidor busca muchas veces confirmación.
Un ciudadano responsable debe buscar también contradicción.
Y esta diferencia se vuelve fundamental cuando una personalidad mediática comienza a plantearse como una opción política.
Porque gobernar no es conducir un programa.
Gobernar significa administrar instituciones.
Significa aprobar presupuestos.
Significa negociar.
Significa enfrentar problemas que no tienen respuestas simples.
Significa tomar decisiones que pueden ser impopulares.
Significa estudiar expedientes, leyes, estadísticas y políticas públicas.
Y, sobre todo, significa aceptar que muchas veces lo correcto no es lo que la gente quiere escuchar.
La masa no siempre quiere competencia; quiere autenticidad
Aquí Ortega y Gasset vuelve a golpear donde más duele.
La sociedad contemporánea puede desarrollar una desconfianza hacia las personas demasiado preparadas.
El político que habla demasiado técnico parece distante.
El especialista que utiliza datos parece sospechoso.
El profesional que explica demasiado parece estar escondiendo algo.
Mientras tanto, quien habla con absoluta seguridad sobre asuntos que apenas conoce puede parecer auténtico.
Y entonces ocurre una inversión peligrosa:
la ignorancia comienza a confundirse con autenticidad.
El que sabe poco habla sencillo y parece cercano.
El que sabe mucho explica las complejidades y parece complicado.
El resultado es que la sociedad puede terminar premiando al que mejor expresa sus emociones en lugar del que mejor comprende sus problemas.
¿Es esto culpa de Alofoke?
No necesariamente.
Y aquí es donde el análisis debe ser intelectualmente honesto.
Reducir todo el fenómeno a Santiago Matías sería demasiado fácil.
Porque si Alofoke desapareciera mañana, la necesidad social que permitió su crecimiento seguiría existiendo.
La sociedad seguiría buscando referentes.
Seguiría buscando voces que hablaran en su lenguaje.
Seguiría existiendo desconfianza hacia las élites tradicionales.
Seguiría existiendo frustración con los políticos.
Seguirían existiendo millones de personas buscando información en redes sociales.
Y probablemente aparecería otra figura.
Por eso el verdadero fenómeno no es solamente Alofoke.
El verdadero fenómeno es la sociedad que hizo posible Alofoke.
¿Qué está buscando realmente una parte de la sociedad?
Esta es quizás la pregunta más importante.
¿Qué encuentra una persona en una figura como Alofoke?
Puede encontrar entretenimiento.
Puede encontrar identificación cultural.
Puede encontrar una voz que dice cosas que otros medios no dicen.
Puede encontrar una sensación de representación.
Puede encontrar una ruptura con los códigos tradicionales.
Puede encontrar pertenencia.
Puede encontrar incluso una sensación de poder.
Porque cuando alguien siente que una figura pública habla en su nombre, siente que finalmente alguien está diciendo lo que él piensa.
Y eso tiene un enorme valor político.
Pero también tiene un enorme riesgo.
Porque representar las emociones de una sociedad no equivale necesariamente a saber administrar esa sociedad.
La democracia no significa que todos sepamos lo mismo
Aquí está el punto que parece haberse perdido en las redes sociales.
Todos somos iguales ante la ley.
Todos tenemos derechos.
Todos tenemos dignidad.
En una democracia, el voto de un ciudadano vale lo mismo que el voto de otro.
Pero eso no significa que todos tengamos el mismo conocimiento.
Y reconocerlo no es antidemocrático.
Es sentido común.
Yo puedo tener una opinión sobre una operación quirúrgica.
Pero no por tener derecho a expresarla mi opinión se convierte en equivalente a la de un cirujano.
Puedo opinar sobre una sentencia.
Pero eso no me convierte en abogado.
Puedo opinar sobre macroeconomía.
Pero eso no me convierte en economista.
Puedo opinar sobre ingeniería.
Pero eso no me convierte en ingeniero.
La democracia iguala nuestros derechos; no iguala automáticamente nuestras competencias.
El verdadero problema es cuando dejamos de respetar al que sabe
Ese es, precisamente, uno de los grandes peligros del hombre-masa.
No que existan personas ignorantes.
Siempre han existido.
El problema aparece cuando la ignorancia deja de ser reconocida como una limitación y comienza a convertirse en una posición de autoridad.
Cuando alguien dice:
“Yo no sé de esto.”
Está demostrando humildad intelectual.
Pero cuando dice:
“Yo no sé de esto, pero mi opinión vale exactamente lo mismo que la del especialista.”
ya estamos ante otra cosa.
Y cuando además consigue que miles de personas ataquen al especialista simplemente porque contradijo a su líder, el problema deja de ser individual.
Se convierte en un problema cultural.
Es cierto: los políticos tradicionales nos han decepcionado. Han prometido demasiado, han incumplido demasiado y, en demasiadas ocasiones, han utilizado el poder para beneficio propio o de sus grupos. Esa frustración es legítima y explica por qué una parte de la sociedad busca nuevas voces, nuevos liderazgos y nuevas formas de hacer política. Pero estar decepcionados de los políticos no es suficiente para convertir automáticamente en bueno a cualquiera que venga a sustituirlos. El fracaso de unos no convierte en competente a otro; el rechazo a la vieja política no puede convertirse en una licencia para renunciar al conocimiento, la preparación, la experiencia y la capacidad. Si queremos cambiar a quienes nos gobiernan, la pregunta no debe ser solamente “¿quién no es como los políticos de antes?”, sino “¿quién está realmente preparado para hacerlo mejor?”.
¿Y si mañana Alofoke fuera presidente?
Esta pregunta merece hacerse sin miedo y sin fanatismo.
No para afirmar que ocurrirá.
Sino para entender qué exigiríamos de una figura que pretende pasar de la comunicación a la política.
Si una persona quiere gobernar la República Dominicana, no debería bastarnos con que sea popular.
Deberíamos preguntarle:
¿Qué sabe de administración pública?
¿Qué entiende del presupuesto nacional?
¿Cómo piensa reformar la educación?
¿Qué hará con la seguridad ciudadana?
¿Cuál es su política económica?
¿Cómo enfrentará la corrupción?
¿Qué hará con la salud pública?
¿Qué relación tendrá con el Congreso?
¿Cómo manejará la política exterior?
¿Qué equipo técnico lo acompañará?
Y, quizás la pregunta más importante:
¿Qué hará cuando los expertos que lo rodean le digan algo que contradiga lo que él piensa?
Porque gobernar exige una virtud que las redes sociales no suelen premiar:
saber escuchar.
El problema no es tener un líder parecido a nosotros
El problema es tener un líder que solamente sea parecido a nosotros.
Porque un gobernante debería comprender a la gente, sí.
Debe conocer sus problemas.
Debe hablar su lenguaje.
Debe entender sus frustraciones.
Pero también debe poseer capacidades que el ciudadano promedio no necesariamente tiene.
Para eso existen los especialistas.
Para eso existen las instituciones.
Para eso existen los técnicos.
Para eso existe la experiencia.
El mejor líder no debería ser simplemente “uno de nosotros”.
Debería ser alguien capaz de representarnos y, al mismo tiempo, superar nuestras propias limitaciones.
Ortega y Gasset tenía una advertencia para las redes sociales
Cuando Ortega y Gasset hablaba del hombre-masa no podía imaginar TikTok, YouTube, Instagram, podcasts ni transmisiones en vivo.
Pero sí entendió algo que hoy resulta inquietantemente vigente:
una sociedad puede llegar a creer que tener una opinión es suficiente para tener autoridad.
Y las redes sociales llevaron esa lógica a una escala nunca antes vista.
Hoy todos podemos hablar.
Todos podemos publicar.
Todos podemos transmitir.
Todos podemos crear una audiencia.
Eso es una conquista extraordinaria.
Pero también exige una responsabilidad extraordinaria.
Porque una sociedad donde todos tienen voz necesita, más que nunca, ciudadanos capaces de distinguir entre opinión, información, conocimiento y propaganda.
La pregunta incómoda
Por eso la pregunta inicial necesita ser reformulada.
Quizás no deberíamos preguntarnos:
“¿Por qué la sociedad quiere ser gobernada por idiotas?”
Porque esa formulación nos permite colocarnos por encima de los demás y asumir que nosotros somos los inteligentes.
La pregunta verdaderamente incómoda es:
¿Estamos eligiendo a nuestros líderes por su capacidad para gobernar o por su capacidad para parecernos?
Porque si elegimos únicamente al que habla como nosotros, piensa como nosotros, se comporta como nosotros y reacciona como nosotros, corremos el riesgo de colocar nuestras propias limitaciones en el poder.
Y entonces el problema ya no sería Alofoke.
Ni Ortega y Gasset.
Ni las redes sociales.
El problema seríamos nosotros.
Porque una democracia saludable no necesita ciudadanos que piensen todos igual.
Necesita ciudadanos capaces de reconocer que pueden estar equivocados.
Necesita ciudadanos que sepan escuchar al que sabe.
Necesita ciudadanos capaces de cuestionar incluso a la persona que admiran.
Y necesita algo que parece haberse vuelto revolucionario en la era del micrófono:
la capacidad de decir “no sé”.
Porque quizás la verdadera inteligencia de una sociedad no se mide por cuántas personas tienen una opinión.
Se mide por cuántas personas son capaces de cambiarla cuando los hechos demuestran que estaban equivocadas.
Y ahí, casi un siglo después, Ortega y Gasset todavía tiene algo que decirnos.
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