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PRM: olvidó la lección del PRD, ya es un partido lleno de enemigos, con grietas que hunden la gestión de Abinader

PRM: olvidó la lección del PRD, ya es un partido lleno de enemigos, con grietas que hunden la gestión de Abinader

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Melvin SenaMELVIN SENA/06 OCT DE 2025/1 MIN/0 VISTAS

En la oposición, todos éramos compañeros, hermanos, aliados solidarios de una causa común. Pero en el gobierno, esa hermandad parece haberse desvanecido. Hoy, en el Partido Revolucionario Moderno (PRM), muchos de los que compartieron luchas, sacrificios y esperanzas se miran como “enemigos íntimos”, desgarrándose unos a otros en un estrecho espacio de poder, donde la desconfianza y el ego personal parecen dominar el espíritu colectivo.

El PRM vive hoy lo que el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) vivió en carne propia durante décadas:

divisiones internas, egos desbordados y la imposibilidad de manejar el poder sin autodestruirse. La historia es un espejo que advierte, pero que pocos miran con atención. El PRM debe estudiar con humildad la historia del PRD, especialmente el período previo a la vuelta de Joaquín Balaguer en 1986, cuando las pugnas por candidaturas y liderazgos dividieron a la oposición y abrieron las puertas al retorno del viejo caudillo.

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No se puede entender el PRM sin reconocer que nació del PRD. En esencia, su estructura, su base militante y buena parte de su discurso provienen de esa tradición política. Sin embargo, Luis Abinader no viene de esa escuela. Su ascenso no fue el resultado de una larga carrera en el perredeísmo, sino de una jugada política que transformó la Alianza Social Dominicana (ASD), partido de su familia, en el instrumento que permitió la creación del PRM. Esa fusión fue estratégica, pero también dejó heridas no cerradas.

Abinader, quizás influenciado por su entorno más empresarial y tecnocrático, ha mantenido una distancia emocional e ideológica con los antiguos perredeístas que lo acompañaron en los momentos difíciles. Para él —según perciben muchos dentro del partido— esos dirigentes son una carga del pasado, una especie de “sanguijuela política” que obstaculiza su visión modernizadora del poder. Y esa percepción ha tenido consecuencias profundas.

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A muchos de los que sudaron en las calles, que defendieron el proyecto en los momentos más duros, no se les reconoció su esfuerzo ni en 2020 ni en 2024. Han sido desplazados, marginados o sustituidos por figuras tecnócratas o por empresarios que ven el Estado como una oportunidad de negocios. No es casual que la defensa del gobierno se haya debilitado: ya no hay pasión en las bases, porque no sienten que el gobierno sea suyo.

Lo que el oficialismo llama “enemigos internos” son, en realidad, viejos compañeros frustrados, gente que se siente traicionada por la falta de reconocimiento. Es un error político profundo creer que el malestar dentro del PRM es una conspiración. No lo es. Es el resultado de un liderazgo cerrado, que escucha poco y confía menos.

Cinco años después, el desgaste es evidente. Los grupos internos se reagrupan, los descontentos ganan voz y las divisiones se profundizan. El mismo fenómeno que destruyó al PRD —la lucha intestina por el poder— se asoma con fuerza en el PRM. La diferencia es que ahora lo hace en un contexto donde la sociedad observa con mayor escepticismo, y donde el desencanto crece entre los votantes que un día creyeron en el “cambio”.

Abinader, pese a su aparente control del aparato estatal, está rodeado de tensiones invisibles. Sus aliados políticos más fieles se cuentan con los dedos, mientras sus críticos internos se multiplican en silencio. Y lo más peligroso para cualquier gobierno no es la oposición declarada, sino la desafección de los suyos.

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Hoy, el PRM parece repetir el viejo ciclo:

de la unidad en la adversidad, al fraccionamiento en el poder. Lo que fue una fuerza de esperanza podría convertirse en otro capítulo de decepción. El presidente y su entorno aún están a tiempo de rectificar, de abrir espacios, de reconciliar con su propia base. Pero el reloj político corre rápido.

Si no aprenden la lección del PRD —y de cómo las divisiones internas permitieron la vuelta de Balaguer en 1986—, el PRM podría estar cavando su propia tumba política. Porque la historia, cuando se ignora, no se repite: se venga.

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