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Puerto Rico no es prioridad para Estados Unidos como lo hoy son Venezuela y República Dominicana

Puerto Rico no es prioridad para Estados Unidos como lo hoy son Venezuela y República Dominicana

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Melvin SenaMELVIN SENA/09 ENE DE 2026/1 MIN/0 VISTAS

En la geopolítica real —no en la sentimental ni en la retórica— Puerto Rico ocupa un lugar marginal. No porque carezca de historia, identidad o valor humano, sino porque no tiene poder soberano, recursos estratégicos ni capacidad de decisión internacional. En el tablero global, Puerto Rico no es una prioridad para Estados Unidos, ni para América Latina, ni para las grandes potencias. Su única centralidad existe en la conciencia del pueblo puertorriqueño.

Estados Unidos no prioriza lo que ya controla. Puerto Rico es un territorio plenamente subordinado, sin amenaza externa, sin adversarios geopolíticos que disputen su influencia y sin recursos críticos que obliguen a una estrategia activa. En términos imperiales, es un activo pasivo: no exige intervención, no genera competencia y no produce urgencia.

La comparación con Venezuela es brutal y reveladora. Venezuela concentra las mayores reservas de petróleo del planeta, minerales estratégicos y una posición clave en la disputa hemisférica entre Washington y actores como China, Rusia e Irán. Por eso se interviene, se presiona, se negocia y se actúa. No por democracia, sino por interés. Puerto Rico no tiene nada de eso. Nadie pelea por lo que ya posee y no genera beneficios adicionales.

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Pero el contraste más incómodo para Puerto Rico no es Venezuela. Es la República Dominicana.

La RD, sin ser una potencia, sí es un Estado soberano, con control de su política exterior, capacidad de negociación directa con Estados Unidos, la Unión Europea y China, y con un peso creciente en temas clave para Washington: migración, seguridad regional, narcotráfico, estabilidad caribeña y cadenas de suministro. Por eso la RD recibe atención constante, presión diplomática, acuerdos de seguridad, condicionamientos migratorios y vigilancia estratégica. La miran porque puede decidir, resistir o negociar.

Puerto Rico, en cambio, no negocia nada. Obedece. No es objeto de sanciones ni de pactos estratégicos porque no tiene margen de maniobra. No firma acuerdos, no controla fronteras internacionales, no define políticas migratorias ni energéticas. No es un problema geopolítico ni una oportunidad estratégica: es una administración interna de Estados Unidos.

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Incluso cuando Washington endurece su política migratoria o de seguridad en el Caribe, la RD aparece en el radar. Puerto Rico no, porque no representa riesgo ni variable autónoma. La RD puede incomodar, cooperar o alinearse; Puerto Rico simplemente ejecuta lo que se decide fuera.

Militarmente, Puerto Rico sirve como plataforma logística, no como prioridad política. Es base, no centro. Medio, no fin. Puede ser útil para operaciones regionales, pero eso no se traduce en inversión estratégica, desarrollo estructural ni atención política sostenida. Una pista, un puerto o un cuartel no convierten a un territorio en prioridad nacional.

Económicamente, el patrón se repite. Para Washington, Puerto Rico es visto como un gasto crónico: deuda, desastres naturales, dependencia federal. Para la RD, en cambio, Estados Unidos ve un socio incómodo pero necesario, al que hay que vigilar, presionar y, al mismo tiempo, sostener. A los socios se les presta atención; a los territorios se les administra.

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En el escenario internacional, Puerto Rico no existe. No está en la OEA, no está en la ONU, no participa en cumbres, no influye en decisiones regionales. La República Dominicana sí. Con limitaciones, con contradicciones, pero está sentada en la mesa. Puerto Rico ni siquiera tiene silla.

Por eso la conclusión es dura, pero honesta:

Puerto Rico no es prioridad para Estados Unidos, no es prioridad para América Latina, no es prioridad para el mundo. Lo es únicamente para los boricuas, porque allí está su identidad, su historia y su futuro.

Mientras Puerto Rico siga siendo un territorio sin soberanía real ni integración plena, seguirá siendo invisible para quienes deciden el destino global. Y en política internacional, lo que no decide, no importa.

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