
Tony Peña Guaba queda obligado a salir a hacer campaña por la nominación presidencial del PRM a pesar de que no va para parte
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La destitución de Tony Peña Guaba del Gabinete de Políticas Sociales no es un simple movimiento administrativo ni una rotación rutinaria dentro del tren gubernamental. Es, en los hechos, el certificado político de defunción de unas aspiraciones presidenciales que nunca lograron trascender más allá del cargo, el presupuesto y la cercanía al poder.
A partir de ahora, Tony Peña Guaba queda obligado a salir a hacer campaña por la nominación presidencial del PRM.
No porque tenga posibilidades reales —que no las tiene— sino porque no hacerlo confirmaría lo que muchos ya sospechaban: que su proyecto político era un “alita corta”, sostenido artificialmente por recursos del Estado y no por una estructura, liderazgo o conexión auténtica con las bases del partido ni con la ciudadanía.
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Aspiraciones sin calle, sin base y sin narrativa
En política, cuando un aspirante pierde el cargo y no puede convertir esa salida en una causa, un relato o una rebelión interna, queda desnudo. Eso es exactamente lo que le ocurre hoy a Tony Peña Guaba.
No tiene:
- Una corriente interna sólida dentro del PRM.
- Liderazgos territoriales dispuestos a inmolarse por su proyecto.
- Una narrativa política propia que lo diferencie.
- Ni un discurso que explique por qué el país debería verlo como opción presidencial.
Su eventual “precandidatura” será, en el mejor de los casos, testimonial. En el peor, una simulación para salvar apariencias.
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El “vinito” que lo dijo todo
En política, los símbolos pesan más que los comunicados oficiales. Y el famoso video de diciembre —relajado, copa en mano, en medio del escándalo de SENASA y con la opinión pública encendida— fue leído de manera unánime como lo que fue: desconexión, ligereza y torpeza política.
No fue el vino.
Fue el momento.
Fue el contexto.
Fue el mensaje implícito.
Mientras el Gobierno enfrentaba cuestionamientos serios sobre uno de los pilares de su política social, el coordinador del Gabinete Social parecía ajeno al clima nacional. El video dejó de ser tendencia, pero la percepción se quedó. En política, eso es letal.
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La destitución no fue casual, fue correctiva
El Decreto núm. 2-26 no solo saca a Tony Peña Guaba del Gabinete de Políticas Sociales; reafirma una línea del presidente Abinader: nadie es imprescindible, y el que no entienda el momento político, sale.
La designación de Geanilda Vásquez no es improvisada. Es un mensaje de orden, disciplina, experiencia y control político en un área extremadamente sensible. Es, además, una forma elegante de decir que el experimento anterior no cumplió las expectativas.
Sin presupuesto, sin oxígeno
Ahora viene la parte más incómoda para Tony Peña Guaba:
hacer política sin presupuesto, sin visibilidad institucional y sin el blindaje del poder. Ahí es donde se separan los políticos reales de los administradores con aspiraciones.
Si sale a recorrer el país y no convoca a nadie, quedará claro.
Si no sale, quedará peor.
Porque entonces ya no habrá duda de que su proyecto presidencial estaba extremadamente ligado al cargo, y no a una vocación auténtica de poder ni a una visión de país.
Tony Peña Guaba no proyecta carisma ni liderazgo natural, carece de un discurso político articulado y, hasta la fecha, no ha presentado propuestas concretas y reconocibles para enfrentar los problemas estructurales del país. Su presencia en el escenario público no se ha construido desde la persuasión, la claridad ideológica ni la capacidad de convocar, sino desde la ocupación de cargos y la referencia constante a un apellido con peso histórico. Sin embargo, el recuerdo de su padre —símbolo de una política con mística, sacrificio y conexión popular— no se hereda ni se reproduce por proximidad familiar.
La distancia entre ambos no es solo generacional, sino política y ética: mientras uno representó ideas, causa y trascendencia, el otro no ha logrado ofrecer una visión propia ni un proyecto nacional que lo saque de la sombra del pasado y lo coloque, por méritos propios, en el presente.
El poder no se hereda, se construye
El apellido ayuda a abrir puertas, pero no gana candidaturas. La política dominicana de hoy castiga la improvisación, la frivolidad y los proyectos inflados desde el Estado.
Tony Peña Guaba tuvo poder.
Tuvo visibilidad.
Tuvo presupuesto.
Y aun así, no logró construir una candidatura creíble.
El “vinito” de diciembre no fue el problema.
Fue la metáfora perfecta de una aspiración que nunca entendió el peso del momento histórico que vivía.
Y en política, cuando no entiendes el momento, el momento te pasa por encima.
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