Las recientes declaraciones del diputado Amado Díaz, vocero del PRM en la Cámara de Diputados y dirigente vinculado políticamente al proyecto presidencial de David Collado, han abierto un debate que trasciende una simple opinión partidaria. Cuando afirma que quien quiere preservar el poder debe «administrar su democracia interna» y utiliza como ejemplo al Partido de la Liberación Dominicana (PLD), sostiene una visión que merece ser analizada con profundidad.
La política dominicana ha demostrado, una y otra vez, que los partidos no se debilitan por tener demasiada democracia interna. Se debilitan cuando dejan de escuchar a quienes los llevaron al poder.
Amado Díaz plantea que el PLD gobernó con tranquilidad durante dos décadas y que comenzó su caída cuando se abrió demasiado a las corrientes internas. Sin embargo, la evidencia histórica muestra una realidad distinta. El PLD no perdió el poder por exceso de democracia. Lo perdió por una combinación de desgaste gubernamental, denuncias de corrupción, conflictos de liderazgo y una fractura interna que terminó explotando en las primarias de 2019.
La salida de Leonel Fernández no fue consecuencia de una organización excesivamente democrática. Fue el resultado de una crisis de confianza que llevaba años acumulándose. Cuando un partido llega al punto donde sus principales líderes no creen en la imparcialidad de sus propios procesos, el problema no es la democracia; el problema es la pérdida de credibilidad institucional.
Pero más importante aún es comprender que el PLD de hoy ya no representa la amenaza electoral que representó durante gran parte de las últimas dos décadas. La organización conserva una estructura importante y una base política relevante, pero ya no ocupa el lugar dominante que tuvo en el sistema político dominicano.
Paradójicamente, parte de la relevancia que conserva actualmente se explica por errores estratégicos del propio partido de gobierno. Durante años, importantes sectores de la dirigencia del PRM han concentrado su atención en la administración del Estado mientras descuidan la comunicación y el vínculo con sus estructuras partidarias. Esa desconexión ha permitido que sectores de la oposición encuentren espacios para reorganizarse y reposicionarse.
Lo que debilitó al PLD fue precisamente el fenómeno que hoy comienza a observarse dentro del PRM: una creciente distancia entre las bases y quienes toman las decisiones.
En el PLD, la división terminó consolidándose alrededor de dos liderazgos. De un lado quedó Danilo Medina con el control de la estructura partidaria, aunque con una imagen profundamente desgastada tras años de gobierno. Del otro lado quedó Leonel Fernández, con una importante capacidad de liderazgo, pero también con niveles de rechazo que limitaban su crecimiento electoral.
El resultado fue la fragmentación de una organización que durante años pareció invencible.
La pregunta obligatoria es si el PRM está aprendiendo de esa experiencia o si está comenzando a repetirla.
Hoy existe un debate creciente sobre la forma en que deberá escogerse la candidatura presidencial oficialista para 2028. Mientras algunos sectores impulsan mecanismos basados principalmente en encuestas, otros defienden procesos internos donde participe activamente la militancia.
El problema no es el método en sí mismo. El problema surge cuando la base percibe que las decisiones ya están tomadas antes de que inicie cualquier proceso.
La legitimidad política no se construye únicamente con números favorables en encuestas. También se construye con participación, integración y sentido de pertenencia.
Ningún partido puede aspirar a mantenerse en el poder durante largos períodos si convierte a su militancia en simple espectadora de las decisiones importantes.
La historia política dominicana ofrece suficientes ejemplos.
El PRD sufrió múltiples divisiones internas que terminaron debilitándolo electoralmente. El PLD pasó de ser una maquinaria prácticamente invencible a una organización fragmentada. Ninguno cayó por exceso de democracia. Cayeron porque dejaron de administrar adecuadamente sus diferencias.
Y administrar diferencias no significa silenciarlas.
Significa procesarlas institucionalmente.
Otro elemento que debería preocupar tanto al oficialismo como a la oposición es el creciente desencanto ciudadano. Diversas encuestas realizadas en los últimos años muestran una tendencia preocupante: cada vez más dominicanos afirman que no se identifican con ninguno de los principales partidos políticos.
Ese dato es mucho más importante que cualquier medición sobre precandidatos.
Cuando una parte significativa de la población prefiere «ninguno» antes que las principales organizaciones políticas, estamos ante una crisis de representación.
Y las crisis de representación suelen ser la antesala de grandes cambios políticos.
Por eso, la principal amenaza para el PRM no es el PLD ni la Fuerza del Pueblo.
La principal amenaza es asumir que las victorias de 2020 y 2024 garantizan automáticamente las victorias futuras.
Todos los partidos que han gobernado la República Dominicana han cometido ese error.
Todos.
Y todos han terminado descubriendo que el poder no se pierde necesariamente cuando la oposición se fortalece.
Muchas veces se pierde cuando la propia base deja de sentirse escuchada.
La verdadera lección que dejó el PLD no es que la democracia interna deba administrarse para evitar riesgos.
Amado Díaz, la verdadera lección es que cuando una organización política deja de escuchar a su gente, comienza lentamente a administrarle su propia salida del poder.
Por Melvin Sena
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