Un artículo reciente publicado en Diario Libre plantea una realidad que ya resulta imposible negar: la República Dominicana entró oficialmente en una etapa preelectoral. Los partidos comenzaron a mover fichas, los aspirantes presidenciales recorren el país y las encuestas han dejado de ser simples instrumentos de medición para convertirse en herramientas de posicionamiento político.
Hoy prácticamente todos los aspirantes presidenciales en la República Dominicana utilizan las encuestas para construir narrativas de crecimiento y proyectar fortaleza. Algunos lo hacen de manera más agresiva que otros, pero todos entienden que aparecer bien posicionado genera una percepción de viabilidad electoral.
Sin embargo, la pregunta importante es otra: ¿las encuestas están reflejando la realidad política o están ayudando a construirla?
Existe además un fenómeno que muchas veces se ignora. Distintos estudios muestran que una parte importante de la población dominicana no se siente identificada con ninguno de los principales partidos políticos. Dependiendo de la encuesta consultada, entre un 20% y un 25% de los ciudadanos manifiestan rechazo o indiferencia hacia las principales organizaciones partidarias. Eso significa que existe un segmento considerable del electorado que sigue buscando una opción que lo represente.
En la Fuerza del Pueblo el panorama parece mucho más claro. Allí no existe una lucha sucesoral visible ni una competencia interna significativa. El liderazgo de Leonel Fernández continúa siendo el eje central del partido. La estructura gira alrededor de su figura, el mensaje político se mantiene relativamente unificado y el desgaste interno es menor que en otras organizaciones.
Por esa razón, salvo una situación extraordinaria, Leonel Fernández será el candidato presidencial de la Fuerza del Pueblo. La decisión no parece estar en discusión.
En el Partido de la Liberación Dominicana la situación es distinta, pero el desenlace luce parecido. Aunque existen varios aspirantes y diversas corrientes internas, el liderazgo de Danilo Medina sigue siendo determinante. En la práctica, el candidato que finalmente resulte favorecido será visto por gran parte de la población como una extensión política del expresidente.
Para bien o para mal, el peso histórico de Danilo acompañará al candidato que resulte escogido.
Mientras tanto, el escenario más complejo continúa siendo el del PRM.
Aquí encontramos múltiples aspirantes con fortalezas distintas. Algunos han apostado por construir estructuras políticas. Otros han preferido enfocarse en el posicionamiento mediático y las encuestas.
Pero existe una advertencia que recientemente recordó Mauricio de Vengoechea, uno de los consultores políticos más reconocidos de América Latina: las elecciones no se ganan antes de la campaña. Las elecciones se ganan durante la campaña.
Y precisamente ahí aparece uno de los grandes debates internos del oficialismo.
David Collado encabeza prácticamente todas las encuestas. Su nivel de popularidad es innegable. Sin embargo, persiste una interrogante que todavía nadie ha respondido de manera convincente: ¿dónde está la estructura política equivalente a esos números?
Las encuestas reflejan una realidad, pero las estructuras reflejan otra. Resulta difícil explicar cómo un dirigente que supuestamente domina el escenario electoral nacional no exhibe una maquinaria política proporcional dentro del partido.
Carolina Mejía presenta un escenario distinto. Cuenta con una importante conexión con la base partidaria y posee una ventaja significativa: la capacidad operativa de Hipólito Mejía.
Pero esa misma fortaleza también representa un riesgo. Hipólito continúa siendo uno de los mejores operadores políticos del país, aunque también es una figura conocida por declaraciones espontáneas y, en ocasiones, controversiales. Su presencia fortalece el proyecto, pero también puede generar turbulencias.
Guido Gómez Mazara mantiene una de las mejores capacidades discursivas dentro del oficialismo. Posee formación, experiencia y habilidad para el debate. Sin embargo, muchos observan una excesiva pasividad en un momento donde otros aspirantes han incrementado significativamente su activismo político.
Wellington Arnaud continúa siendo uno de los dirigentes más subestimados del escenario actual. Incluso figuras como Hipólito Mejía han reconocido públicamente el peso político que conserva dentro de importantes estructuras del partido.
La gran interrogante es sencilla: si Wellington supuestamente no marca en las encuestas al nivel de otros aspirantes, ¿cómo explica entonces la fortaleza organizativa que mantiene en múltiples provincias y regiones del país?
Las estructuras no aparecen por generación espontánea.
En el caso de Eduardo Sanz Lovatón, conocido como Yayo, probablemente estamos ante uno de los perfiles más completos del oficialismo. Tiene preparación, capacidad de comunicación, conocimiento institucional y dominio de temas estratégicos para el futuro del país.
No obstante, recientemente ha realizado declaraciones que podrían interpretarse como contraproducentes desde el punto de vista político. Un aspirante presidencial debe transmitir confianza y capacidad de liderazgo. Cuando un candidato parece disminuir sus propias fortalezas frente a otros competidores, corre el riesgo de debilitar el entusiasmo de sus propios seguidores.
Raquel Peña representa otro fenómeno interesante. Su crecimiento político ha estado ligado fundamentalmente al liderazgo del presidente Luis Abinader y a determinados sectores empresariales.
Sin embargo, todavía no ha demostrado una capacidad de movilización propia comparable a la de otros aspirantes del oficialismo. En un escenario donde Collado, Carolina, Wellington y Guido ya poseen espacios políticos definidos, el margen de crecimiento de Raquel luce más limitado.
Al final, el desafío principal para el PRM será evitar cometer un error frecuente en la política moderna: confundir popularidad con capacidad electoral.
Porque las encuestas miden conocimiento, simpatía y percepción.
Las elecciones, en cambio, se ganan con organización, liderazgo, estrategia, resistencia, estructura y capacidad de movilización.
Y si el objetivo final es enfrentar a Leonel Fernández en una campaña presidencial de alta intensidad, el oficialismo necesitará algo más que un candidato popular.
Necesitará un candidato que sea una expresión genuina de sus bases, que conozca los problemas nacionales, que pueda defender sus posiciones en un debate y que posea la preparación suficiente para competir contra uno de los políticos más experimentados de la historia reciente en la República Dominicana.
La verdadera pregunta del 2028 no será quién aparece primero en las encuestas.
La verdadera pregunta será quién está realmente preparado para convertir esa popularidad en una victoria electoral.






