Durante los primeros años de gobierno, Luis Abinader apostó por un modelo de comunicación nunca antes visto en la política dominicana. Hablaba prácticamente todos los días. Respondía preguntas, improvisaba declaraciones, concedía entrevistas y convirtió La Semanal en la principal plataforma desde donde defendía su gestión.
Era una estrategia innovadora. Después de un presidente como Danilo Medina, caracterizado por el silencio y las escasas comparecencias públicas, Abinader representaba todo lo contrario: un mandatario cercano, accesible y dispuesto a responder cualquier cuestionamiento.
La fórmula funcionó… hasta que dejó de funcionar.
En política, el marketing tiene una regla que pocas veces falla: cuando se abusa de una estrategia, termina perdiendo efectividad. Lo excepcional deja de ser excepcional. La expectativa desaparece. El mensaje se desgasta.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
La Semanal pasó de ser un espacio donde el Gobierno marcaba la agenda nacional a convertirse, muchas veces, en un escenario para responder los ataques de la oposición. En lugar de imponer la conversación pública, terminaba reaccionando a ella. El presidente pasó de dirigir el debate a participar en él.
Ese cambio nunca favorece a quien ocupa la Presidencia.
Hay otra realidad que probablemente el Palacio Nacional terminó comprendiendo: ningún esfuerzo de comunicación puede sustituir los resultados. Un buen discurso puede explicar una decisión. Puede justificar una política pública. Puede desmontar una crítica. Pero no puede convencer a una familia de que el costo de la vida ha bajado si su compra semanal cuesta más. No puede convencer a un ciudadano de que no hay apagones cuando lleva horas sin electricidad. Tampoco puede ocultar el desgaste que producen determinados funcionarios cuya imagen pública ya genera más rechazo que confianza.
La comunicación administra percepciones; los resultados construyen credibilidad.
Por eso no sorprende que el presidente haya reducido considerablemente su exposición pública. La suspensión de La Semanal, la disminución de entrevistas y el hecho de que muchas actividades oficiales se informen después de realizadas parecen reflejar una decisión deliberada: proteger la figura presidencial.
Y probablemente sea una decisión acertada.
La investidura presidencial pierde fuerza cuando se expone todos los días. Un presidente no puede competir con comentaristas, dirigentes políticos o funcionarios que opinan a diario. La figura del jefe de Estado necesita conservar un grado de excepcionalidad. Cuando el Presidente habla demasiado, deja de generar impacto.
Ahora bien, guardar silencio solo tiene sentido si ese silencio sirve para preparar decisiones.
El Gobierno necesita un relanzamiento político, no simplemente un cambio de estrategia comunicacional. Eso implica revisar el gabinete, evaluar quiénes suman y quiénes restan, y entender que existen funcionarios cuyo desgaste termina afectando la imagen del propio Presidente.
También podría ser el momento de incorporar con mayor fuerza a dirigentes del ala política del PRM. Durante buena parte de la gestión predominó un perfil tecnocrático. Sin embargo, administrar un Estado y conducir un proyecto político son dos tareas distintas. El Gobierno necesita funcionarios eficientes, pero también operadores políticos capaces de conectar con la militancia, defender las ejecutorias y reconstruir el entusiasmo dentro del partido.
Si el silencio actual significa que en el Palacio Nacional se está preparando una reestructuración profunda, entonces podría marcar el inicio de una segunda etapa del Gobierno del presidente Abinader. Una etapa menos enfocada en la comunicación y más concentrada en producir resultados tangibles.
Porque al final, ningún presidente gobierna desde un micrófono.
Los gobiernos se sostienen cuando las obras hablan más que los discursos, cuando las decisiones pesan más que los titulares y cuando los resultados hacen innecesarias las explicaciones.
Quizás Luis Abinader ha comprendido finalmente una de las lecciones más importantes de la política: la figura presidencial no se fortalece hablando más; se fortalece cuando cada vez que habla, el país entiende que tiene algo verdaderamente importante que decir.
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