
PRD, PRM y la transformación del voto opositor
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Hay una manera convencional de contar la historia del Partido Revolucionario Dominicano y el Partido Revolucionario Moderno:
el PRM nació de una división del PRD, Luis Abinader se convirtió en su principal candidato, ganó en 2020 y volvió a ganar en 2024.
Todo eso es cierto.
Pero es insuficiente.
Porque la verdadera historia no es solamente la creación de un partido nuevo.
Es la transformación del voto opositor dominicano.
Y esa transformación explica mucho mejor lo ocurrido en las últimas tres elecciones presidenciales que cualquier relato centrado exclusivamente en las siglas.
El PRM no nació de la nada
El Partido Revolucionario Moderno nació formalmente en 2014, después de una profunda crisis interna del PRD. El proyecto surgió alrededor de dirigentes como Luis Abinader e Hipólito Mejía y se estructuró a partir de la Alianza Social Dominicana, que fue transformada en la nueva organización. (Periódico elCaribe)
Pero sería un error interpretar ese nacimiento como la aparición de un partido completamente nuevo en términos sociopolíticos.
El PRM heredó buena parte de la tradición, los cuadros, la identidad y, sobre todo, el espacio electoral del PRD.
Ahí comienza la verdadera transformación.
Porque una cosa es crear un partido.
Y otra muy diferente es conseguir que millones de electores acepten que una nueva sigla representa la continuidad de una identidad política que ya existía.
El PRM consiguió hacerlo.
El PRD perdió la estructura, pero también perdió algo más
La división de 2014 produjo una situación paradójica.
El PRD conservó oficialmente su nombre, su casilla y su reconocimiento.
Pero el PRM consiguió trasladar hacia su nueva estructura una parte sustancial del liderazgo histórico y de la base política perredeísta.
De hecho, en aquel momento Luis Abinader sostenía que una gran mayoría de los miembros y simpatizantes del PRD estaba dispuesta a ingresar al nuevo proyecto. Esa afirmación provenía de una encuesta citada por el propio Abinader y, aunque debe entenderse como una declaración política de la época y no como un dato electoral definitivo, revela la batalla que estaba ocurriendo: la disputa no era solamente por una candidatura; era por la representación del electorado perredeísta. (Hoy)
Y ahí estaba la pregunta fundamental:
¿Quién era realmente el heredero político del PRD?
La respuesta comenzó a aparecer en las urnas.
2016: el primer experimento
En 2016 el PRM participó por primera vez en unas elecciones generales.
Luis Abinader obtuvo 1,613,222 votos, equivalentes al 34.98%, mientras el PRD obtuvo apenas 270,450 votos, el 5.86%. (Junta Central Electoral)
Ese resultado tiene una importancia histórica que va mucho más allá de quién ganó aquella elección.
Porque el PLD y sus aliados conservaron el poder con 61.74%, pero el PRM consiguió convertirse inmediatamente en el principal partido de oposición.
Y el dato más revelador estaba en otra parte:
el PRD, que durante décadas había sido uno de los grandes protagonistas de la política dominicana, había quedado reducido a 5.86%.
Mientras tanto, el partido nacido de su división alcanzaba casi 35%.
Eso no parecía simplemente una nueva organización creciendo.
Parecía una transferencia de representación.
El votante opositor no había desaparecido.
Había cambiado de vehículo.
La boleta decía PRM; la historia decía PRD
Aquí aparece uno de los fenómenos más interesantes de la política dominicana.
El elector no vota necesariamente por una sigla.
Vota por una combinación de:
identidad;
liderazgo;
memoria política;
rechazo al adversario;
expectativas;
estructura territorial;
organización;
y percepción de quién tiene posibilidades reales de ganar.
Por eso es equivocado pensar que el PRM comenzó en cero.
No comenzó en cero.
Comenzó sobre una infraestructura política y electoral que provenía fundamentalmente del viejo espacio perredeísta.
Esto explica su velocidad de crecimiento.
Un partido completamente nuevo normalmente necesita construir simultáneamente identidad, estructura, dirigentes, militancia y electorado.
El PRM ya tenía buena parte de esos componentes.
Lo que necesitaba era demostrar que podía convertirse en el nuevo instrumento electoral de la oposición.
2016 fue la primera demostración.
2020: la transformación se completa
Cuatro años después ocurrió algo todavía más importante.
Luis Abinader y el PRM ganaron la Presidencia con 2,154,866 votos, equivalentes al 52.52%. El PLD y sus aliados obtuvieron 37.46%. El PRD, integrado en la alianza oficialista, aportó apenas 97,655 votos a esa candidatura, equivalentes al 2.38% del total válido. (Junta Central Electoral)
La comparación con 2012 resulta demoledora.
En 2012, el PRD y sus aliados habían conseguido 46.95% frente al 51.21% del PLD y aliados. (Junta Central Electoral)
Ocho años después, el PRM alcanzaba 52.52%.
No significa que podamos afirmar que todos los votos del PRD de 2012 se trasladaron automáticamente al PRM.
Eso sería una simplificación metodológicamente incorrecta.
Pero sí podemos observar una transformación histórica:
el espacio electoral que durante décadas había sido ocupado por el PRD terminó siendo ocupado por el PRM.
Y la elección de 2020 convirtió esa transformación en poder.
El PRD no desapareció; perdió su función histórica
Esta distinción también importa.
El PRD continúa existiendo.
Tiene reconocimiento legal, dirigentes, militantes y representación política.
Pero perdió algo más importante:
su posición como principal vehículo electoral de la oposición.
Ese lugar pasó al PRM.
Y cuando un partido pierde esa función, su declive puede ser mucho más profundo que una derrota electoral.
Porque deja de ser el lugar donde el elector opositor cree que puede producirse la alternancia.
Eso genera un círculo difícil de romper:
menos expectativa de victoria → menos voto útil → menos crecimiento → menos expectativa de victoria.
El PRM recorrió el camino inverso:
más expectativa → más voto opositor → mayor posibilidad de victoria → mayor crecimiento.
El voto opositor no se extinguió: se concentró
Esta es probablemente la tesis central.
Durante mucho tiempo, la oposición dominicana pudo distribuirse entre distintas fuerzas.
Pero cuando aparece una organización capaz de demostrar que tiene posibilidades reales de derrotar al oficialismo, el elector comienza a comportarse estratégicamente.
Y entonces sucede algo fundamental:
el voto opositor se concentra.
No necesariamente porque todos los electores amen al nuevo partido.
Sino porque una parte del electorado considera que ese partido es el vehículo más eficaz para sacar al gobierno del poder.
Esto ayuda a explicar el salto del PRM entre 2016 y 2020.
El PRM pasó de 34.98% a 52.52% en la elección presidencial. (Junta Central Electoral)
Eso no puede explicarse únicamente por el crecimiento orgánico de la militancia perremeísta.
También hubo un fenómeno de convergencia del voto opositor.
Pero aquí aparece una advertencia
El PRM no debería asumir que esa transferencia es permanente.
Porque existe una diferencia entre:
ser heredero del voto opositor
y
convertirse en dueño del voto opositor.
El primero es una circunstancia histórica.
El segundo requiere mantener una relación permanente con el elector.
La historia dominicana demuestra que los electores pueden trasladarse nuevamente.
El mismo mecanismo que permitió al PRM absorber el espacio del PRD podría, bajo determinadas circunstancias, beneficiar mañana a otra organización.
Ese es uno de los grandes errores que cometen los partidos cuando llegan al poder:
confunden una coalición electoral con una identidad permanente.
2024: de la transformación a la hegemonía
En 2024 el fenómeno alcanzó una nueva dimensión.
El PRM y sus aliados obtuvieron 2,507,297 votos, equivalentes al 57.44% de los votos válidos. (JCE Elecciones 2024)
Pero lo más interesante no fue solamente el porcentaje presidencial.
En las elecciones congresuales, el PRM y sus aliados consiguieron una victoria extraordinariamente amplia: 146 de los 190 escaños de la Cámara de Diputados y 24 de los 32 escaños del Senado, según la Unión Interparlamentaria. (Parline)
Eso ya no parece solamente una sustitución del PRD.
Es la consolidación de un nuevo centro de gravedad político.
El viejo partido opositor había sido reemplazado por otro.
Y ese nuevo partido había conseguido convertirse en partido de gobierno.
La pregunta que viene ahora es mucho más difícil
Si el PRM sustituyó al PRD como principal vehículo del voto opositor y posteriormente se convirtió en el partido gobernante, ¿qué ocurre con ese voto cuando el PRM deja de ser oposición?
Aquí aparece el verdadero desafío de 2028.
Porque el PRM tendrá que demostrar que su electorado no estaba unido únicamente por una circunstancia:
sacar al PLD del poder.
Ahora tendrá que demostrar que existe una identidad política propia capaz de sobrevivir al liderazgo de Luis Abinader.
Ese será el verdadero examen.
Abinader no estará en la boleta
La Constitución limita al presidente Luis Abinader a dos períodos consecutivos, por lo que el PRM deberá competir en 2028 sin el candidato que encabezó sus victorias presidenciales de 2020 y 2024.
Eso cambia la ecuación.
Abinader obtuvo 52.52% en 2020 y 57.44% en 2024. (Junta Central Electoral)
Pero no podemos asumir automáticamente que esos porcentajes pertenecen al PRM.
Una parte puede corresponder a:
Abinader como candidato.
Otra:
al gobierno.
Otra:
al PRM.
Otra:
al rechazo del PLD.
Otra:
al deseo de continuidad.
Y otra:
a la coalición electoral construida alrededor del oficialismo.
La proporción exacta no puede determinarse simplemente mirando el resultado final.
Por eso 2028 será un experimento político extraordinario.
El PRM tendrá que responder una pregunta que el PRD nunca pudo responder
¿Cómo se transfiere un liderazgo electoral?
El PRD tuvo grandes líderes.
José Francisco Peña Gómez fue uno de los más importantes.
Pero la fortaleza de Peña Gómez como líder no significaba que cualquier candidato que llevara la boleta del PRD heredaría automáticamente su capacidad electoral.
Esa diferencia es crucial.
Los partidos no son máquinas de transferencia automática de votos.
Y los líderes tampoco.
El PRM tendrá que demostrar que existe una identidad perremeísta suficientemente fuerte para sobrevivir a la ausencia de Abinader.
Si lo consigue, estaremos ante una verdadera transformación del sistema de partidos.
Si no lo consigue, podríamos descubrir que parte de la fortaleza electoral del PRM estaba concentrada en su líder presidencial.
El PRD ofrece una lección
La experiencia del PRD debería ser estudiada cuidadosamente por el PRM.
El PRD fue durante décadas uno de los grandes vehículos de la alternancia dominicana.
Sin embargo, las divisiones internas terminaron erosionando su capacidad para representar al electorado opositor.
La creación del PRM demostró que una organización puede conservar sus siglas y perder su electorado.
Eso debería servir como advertencia:
un partido no posee a sus votantes.
Los votantes pertenecen a sí mismos.
Y cuando encuentran otro vehículo que consideran más eficaz para expresar sus intereses, pueden cambiar.
¿Podría ocurrirle al PRM lo mismo que al PRD?
No necesariamente.
Sería exagerado afirmarlo.
El PRM tiene hoy una posición institucional mucho más fuerte que la que tuvo el PRD en sus últimos años como principal fuerza opositora.
Tiene una estructura territorial amplia, una mayoría congresual y el control del Poder Ejecutivo. (Parline)
Pero precisamente por eso aparece una nueva vulnerabilidad.
Cuando un partido gobierna, deja de beneficiarse del sencillo mensaje opositor:
"Nosotros vamos a cambiar las cosas."
Ahora tiene que responder por las cosas.
Y la oposición puede comenzar a construir su narrativa alrededor de los problemas que el gobierno no resuelva.
Así funciona el ciclo.
El partido que estaba afuera puede convertirse en alternativa.
El partido que está adentro puede comenzar a perder la condición de alternativa.
La oposición de 2028 podría no ser la oposición de 2016
Este punto es fundamental.
En 2016 el PRM tenía una ventaja narrativa enorme:
representaba el cambio frente a 16 años de predominio peledeísta.
En 2028, la oposición tendrá que construir una narrativa diferente.
No podrá simplemente decir:
"Somos los nuevos."
Porque habrá una nueva generación de electores para quienes el PRM no será el partido nuevo.
Será el partido que gobernó.
Y eso modifica completamente el mercado electoral.
El ciudadano joven que tenía 15 años en 2020 tendrá 23 años en 2028.
Para él, el PRM no será necesariamente "la oposición que derrotó al PLD".
Será parte del establishment.
Ese cambio generacional puede tener consecuencias profundas.
El gran riesgo: que aparezca otro vehículo
Aquí conectamos nuevamente con la tesis de los artículos anteriores.
Cuando una organización deja de representar adecuadamente a una parte de su electorado, no necesariamente pierde esos votos hacia su adversario tradicional.
Puede aparecer un nuevo vehículo.
Eso fue precisamente lo que ocurrió con el PRM frente al PRD.
Por eso sería un error que el PRM pensara:
"El voto opositor ahora es nuestro."
No.
El voto opositor nunca fue propiedad del PRD.
Y tampoco será propiedad del PRM.
El voto opositor pertenece al elector.
El partido solamente puede convencerlo de que representa mejor su voluntad.
Y aquí aparece el verdadero significado histórico del PRM
El PRM no debe analizarse solamente como el partido que sustituyó al PRD.
Su importancia histórica es mayor.
Representa uno de los ejemplos más claros de cómo funciona la transformación de un sistema de partidos dominado por grandes identidades políticas.
Una organización entra en crisis.
Se divide.
Una parte de su dirigencia crea un nuevo vehículo.
Una parte significativa de su electorado se desplaza.
El nuevo partido demuestra capacidad competitiva.
Luego gana el poder.
Y el antiguo partido queda reducido a una posición marginal.
Eso no es simplemente una división partidaria.
Es una transferencia de representación.
La pregunta para 2028
Por eso la elección de 2028 tendrá una dimensión que va mucho más allá de determinar quién ocupará el Palacio Nacional.
Habrá que observar si el PRM consigue hacer algo que el PRD no logró:
convertir una transferencia electoral en una identidad partidaria permanente.
Si lo consigue, la historia habrá producido una verdadera sustitución.
El PRD habría sido el gran vehículo opositor del ciclo anterior.
El PRM sería el gran vehículo del nuevo ciclo.
Pero si el PRM no consigue transferir su fortaleza electoral hacia una nueva generación de liderazgo, entonces la historia podría repetirse.
No necesariamente con el regreso del PRD.
Eso parece poco probable en el corto plazo.
Podría ocurrir mediante la Fuerza del Pueblo, el PLD, una alianza entre fuerzas existentes o incluso mediante una organización que todavía no tenga el protagonismo que tendrá en 2028.
La paradoja final
El PRM nació precisamente de una crisis del principal partido opositor.
Su éxito demuestra que los electores pueden abandonar una organización histórica cuando dejan de verla como un instrumento eficaz.
Ahora el PRM tiene que evitar convertirse en aquello contra lo cual nació.
Porque esa es la paradoja de la política:
los partidos que llegan al poder para cambiar el sistema terminan convirtiéndose en parte del sistema.
Y cuando eso ocurre, aparece nuevamente la pregunta:
¿quién representará al ciudadano que quiere oposición?
La respuesta no está escrita.
Pero la historia del PRD y el PRM deja una lección muy clara:
El elector opositor no desaparece cuando desaparece su partido. Cambia de vehículo.
Eso fue lo que ocurrió con el PRD.
Y esa misma lógica podría volver a operar en 2028.
La única diferencia es que esta vez el partido que tendrá que demostrar que puede sobrevivir al cambio de vehículo será precisamente el PRM.
Porque la verdadera transformación del voto opositor no terminó cuando nació el PRM.
Quizá apenas comenzó.
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