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El “apoyo del líder” que entierra carreras políticas: Abinader, el PRM y la batalla que todavía no ha comenzado

El “apoyo del líder” que entierra carreras políticas: Abinader, el PRM y la batalla que todavía no ha comenzado

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Administrador HES 1ADMINISTRADOR HES 1/24 AGO DE 2026/1 MIN/visibility154 VISTAS
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Hay una frase que ha enterrado más carreras políticas que cualquier derrota electoral:

“Yo estoy tranquilo. Ya tengo el apoyo del líder.”

Un dirigente consigue una llamada, recibe una promesa, conversa en privado con quien tiene el poder de inclinar una balanza y sale convencido de que el futuro está asegurado.

Seis meses después, el líder levanta la mano de otro.

Y el supuesto beneficiario se entera por las redes sociales.

No necesariamente hubo una traición.

Quizás nunca hubo un compromiso.

Lo que existió fue cortesía.

Y hay una diferencia enorme entre una cortesía política y un compromiso político.

La cortesía no cuesta nada.

Por eso se regala con facilidad.

El compromiso, en cambio, tiene consecuencias.

El problema de confundir una señal con una decisión

En política, una llamada puede significar muchas cosas.

Una reunión puede significar muchas cosas.

Una fotografía puede significar muchas cosas.

Incluso una frase aparentemente contundente puede no significar absolutamente nada cuando llega el momento de tomar una decisión.

Por eso, cualquier dirigente que pretenda interpretar correctamente el poder debería hacerse tres preguntas.

Primero: ¿el apoyo se expresa públicamente?

Lo que un líder dice en privado puede tranquilizarte.

Pero lo que está dispuesto a sostener públicamente comienza a comprometerlo.

No es lo mismo:

“Cuenta conmigo”.

Que:

“Mi organización apoyará a esta persona”.

La primera frase puede ser diplomacia.

La segunda empieza a tener un costo político.

Segundo: ¿el líder está moviendo algo?

Esta es probablemente la prueba más importante.

¿Ese supuesto respaldo produjo una decisión?

¿Movió dirigentes?

¿Abrió puertas?

¿Construyó estructura?

¿Consiguió recursos?

¿Ordenó una tarea?

¿Cambió una posición?

Porque existe una regla elemental:

El apoyo que no mueve nada es apenas una opinión.

Un líder puede decirte que eres su favorito durante un año y no hacer absolutamente nada para convertir esa preferencia en poder.

Y cuando llegue el momento decisivo, descubrirás que nunca tuviste una candidatura.

Tuviste una conversación.

Tercero: ¿el compromiso tiene fecha?

Esta es la pregunta que casi nadie hace.

“Te apoyo”.

¿Ahora?

¿En las primarias?

¿En la convención?

¿Después de determinada decisión?

¿Bajo qué condiciones?

¿Hasta cuándo?

La palabra de un líder no debería interpretarse como el final de una negociación.

Es el comienzo.

Porque en política las circunstancias cambian.

Cambian las encuestas.

Cambian los intereses.

Cambian las alianzas.

Cambian las amenazas.

Cambian los candidatos.

Y, sobre todo, cambia la relación entre quien promete y quien necesita la promesa.

Eso nos lleva directamente al PRM

Dentro del Partido Revolucionario Moderno existe una discusión que todavía no está resuelta.

¿Quién será el heredero político de Luis Abinader?

Y alrededor de esa pregunta se ha construido una enorme cantidad de interpretaciones.

Hay quienes creen que Abinader está trabajando para favorecer un proyecto específico.

Es posible.

Pero hasta ahora, desde una perspectiva estrictamente política, las señales públicas no permiten afirmar eso como un hecho consumado.

Y aquí hay que tener cuidado.

Porque una cosa es lo que muchos dirigentes creen que está ocurriendo.

Otra es lo que realmente puede demostrarse que está ocurriendo.

La política dominicana tiene una larga tradición de convertir gestos en decisiones antes de que las decisiones existan.

Una fotografía se convierte en alianza.

Una reunión se convierte en respaldo.

Una frase se convierte en candidatura.

Una cercanía se convierte en sucesión.

Y después llega la realidad.

¿Abinader asumió el PRM para ser árbitro?

Esta es otra idea que circula con fuerza:

Luis Abinader asumió la presidencia del PRM para convertirse en árbitro de la sucesión.

Como titular político, es excelente.

Como hipótesis, merece ser discutida.

Pero hay otra interpretación mucho más incómoda.

¿Y si Abinader no asumió el partido fundamentalmente para arbitrar la competencia interna?

¿Y si lo hizo para preservar su propia capacidad de control político después de abandonar el Palacio Nacional?

No es lo mismo.

Un árbitro intenta garantizar que todos puedan competir.

Un líder político intenta garantizar que su organización siga siendo gobernable.

Y aquí aparece un precedente dominicano que resulta imposible ignorar:

Danilo Medina y el PLD.

Medina entendió que controlar la organización política era una manera de conservar capacidad de influencia incluso después de abandonar la Presidencia.

Leonel Fernández terminó abandonando el PLD, creó Fuerza del Pueblo y posteriormente pasó a dirigir su nueva organización.

El precedente demuestra algo importante:

la salida del Palacio Nacional no significa necesariamente la salida del poder político.

El partido puede convertirse en el instrumento que prolongue esa influencia.

Pero hay que establecer una diferencia fundamental.

Que exista ese precedente no demuestra que Abinader vaya a hacer exactamente lo mismo.

Lo que demuestra es que existe un incentivo político racional para que un expresidente procure conservar influencia sobre la organización que lo llevó al poder.

Y eso cambia completamente la lectura.

Abinader todavía no tiene por qué escoger

Aquí está quizás el error de quienes están intentando anticipar demasiado pronto la sucesión del PRM.

Creen que el líder necesariamente tiene que haber escogido ya.

No.

Puede que todavía no haya necesidad de escoger.

De hecho, desde la perspectiva del poder, podría ser mucho más conveniente no escoger.

Mientras varios aspirantes compitan por demostrar quién tiene mayor respaldo, cada uno necesita mantener una relación razonablemente buena con quien todavía controla una parte importante de las llaves del partido.

Eso produce una situación extremadamente útil para el líder:

todos necesitan al árbitro.

Pero existe un problema.

La neutralidad absoluta también puede ser una ficción.

Porque en algún momento llegará la hora en que las preferencias deberán transformarse en decisiones.

Y ahí volveremos a la primera regla:

no importa quién dice tener el apoyo del líder.

Importa quién consigue convertir ese supuesto apoyo en estructura.

La verdadera batalla puede estar ocurriendo debajo de las cámaras

Por eso mantenemos una tesis que puede parecer menos espectacular que las teorías sobre “el candidato elegido”, pero probablemente sea mucho más importante:

La sucesión del PRM todavía no está definida.

Y mientras no esté definida, los aspirantes tienen una sola tarea realmente importante:

construir estructura.

Porque cuando llegue el momento de votar, una fotografía con Abinader no votará.

Una llamada de Abinader no votará.

Un comentario favorable de Abinader no votará.

Un almuerzo con Abinader no votará.

Una promesa privada tampoco votará.

Los dirigentes sí.

Los organismos territoriales.

Los equipos políticos.

Los alcaldes.

Los legisladores.

Los dirigentes provinciales.

Los dirigentes municipales.

Las redes políticas.

Los sectores sociales vinculados a cada aspirante.

Y, finalmente, los votos.

Ese es el verdadero campo de batalla.

La política tiene una regla que muchos descubren demasiado tarde

El dirigente que espera pasivamente el dedo del líder puede estar cometiendo un error estratégico.

Porque si finalmente recibe el respaldo, pero no tiene estructura, dependerá completamente de ese respaldo.

Y si no lo recibe, descubrirá que pasó años esperando una decisión que nunca estuvo garantizada.

Por el contrario, quien construye estructura adquiere algo mucho más valioso:

capacidad de negociación.

Si tienes organización, dirigentes, territorio y capacidad electoral, puedes negociar.

Si solamente tienes una promesa, esperas.

Y existe una diferencia enorme entre negociar y esperar.

La sucesión no se gana necesariamente con el favorito

Aquí está la paradoja.

El candidato que hoy parece más cercano al poder puede no ser necesariamente el candidato más fuerte mañana.

Porque la política tiene una característica que los pronósticos suelen olvidar:

el tiempo altera las relaciones de poder.

Un aspirante puede comenzar primero y terminar tercero.

Otro puede comenzar prácticamente desconocido y terminar convertido en la opción inevitable.

Un tercero puede contar inicialmente con el respaldo del liderazgo y perderlo cuando las circunstancias cambien.

Y un cuarto puede pasar años construyendo silenciosamente una maquinaria territorial hasta que llegue el momento de cobrar esa inversión.

Por eso, declarar un ganador demasiado temprano es una de las maneras más eficientes de equivocarse.

El verdadero indicador no es quién tiene el favor

Es quién puede sobrevivir sin él.

Ese debería ser el criterio.

Porque si un dirigente necesita que el líder le resuelva absolutamente todo, todavía no es una estructura de poder independiente.

Es una extensión del poder de otro.

El verdadero aspirante presidencial será aquel que consiga llegar a un punto en el que el líder pueda apoyarlo, pero también tenga capacidad para competir aunque el líder no le garantice el camino.

Ahí comienza el poder real.

Y probablemente por eso la sucesión del PRM no debería analizarse solamente desde las declaraciones de Abinader.

Hay que mirar mucho más abajo.

¿Quién está organizando?

¿Quién está creciendo territorialmente?

¿Quién está construyendo relaciones?

¿Quién está acumulando dirigentes?

¿Quién está creando una narrativa propia?

¿Quién tiene capacidad de movilización?

¿Quién puede sobrevivir políticamente sin depender completamente de una bendición presidencial?

Esas respuestas serán mucho más importantes que cualquier fotografía.

El error de los que ya se sienten escogidos

Hay una enfermedad política particularmente peligrosa:

confundir proximidad con sucesión.

Estar cerca del líder no significa ser su heredero.

Tener su confianza no significa tener su candidatura.

Recibir elogios no significa recibir votos.

Y recibir una promesa no significa recibir una organización.

El político inteligente escucha la promesa.

La agradece.

Pero después hace algo mucho más importante:

sigue construyendo.

Porque sabe que la política puede cambiar en seis meses.

Y cuando cambie, no quiere descubrir por las redes sociales que aquello que consideraba un compromiso nunca fue más que cortesía.

La batalla apenas comienza

Por eso, quienes dentro del PRM están intentando determinar hoy quién será el próximo candidato presidencial quizás están mirando demasiado pronto hacia la meta.

Todavía falta demasiado.

Van a ocurrir acontecimientos que hoy nadie puede anticipar completamente.

Habrá movimientos.

Errores.

Crisis.

Acuerdos.

Rupturas.

Encuestas.

Cambios de percepción.

Nuevos liderazgos.

Y probablemente alguna sorpresa.

Por eso nuestra tesis permanece intacta:

la sucesión del PRM no está definida.

Y si finalmente Abinader termina inclinándose por un proyecto específico, esa decisión será políticamente relevante.

Pero tampoco será suficiente por sí sola.

Porque el líder puede levantar la mano.

La estructura tiene que levantar los votos.

Y en la política real, cuando llegue el momento de contar, la mano que levanta a un candidato puede señalar el camino, pero la estructura es la que lo lleva hasta la meta.

La gran pregunta, entonces, no es:

“¿A quién apoya Abinader?”

La pregunta verdaderamente importante es:

“¿Quién estará en condiciones de ganar cuando llegue el momento de que Abinader ya no pueda decidirlo todo?”

Ahí podría estar la verdadera batalla por el futuro del PRM.

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