El presidente Luis Abinader afirmó recientemente que en su gobierno no se tolerará el desvío de fondos públicos para campañas políticas y que cualquier irregularidad será perseguida sin importar quién la cometa. Si esas palabras van en serio, entonces una de las instituciones que debería llamar su atención es la Liga Municipal Dominicana. Desde distintos sectores políticos y municipales circulan denuncias y cuestionamientos sobre el uso de recursos, programas y apoyos que supuestamente estarían favoreciendo a alcaldes y dirigentes vinculados al proyecto presidencial de David Collado.
Si el compromiso del presidente Luis Abinader, con la ética y la transparencia es real, corresponde investigar si los recursos del Estado están siendo administrados bajo criterios institucionales o si están siendo utilizados para influir en la competencia política interna del propio partido de gobierno.
Las palabras son correctas.
Nadie puede oponerse a la transparencia, a la rendición de cuentas o a la lucha contra la corrupción.
Sin embargo, toda política de integridad tiene una prueba fundamental: la coherencia.
Porque la ética no se demuestra únicamente en los discursos.
La ética se demuestra cuando las instituciones son sometidas al mismo nivel de escrutinio, independientemente de quién las dirija o de los intereses políticos que existan alrededor de ellas.
Por eso, si el Gobierno realmente pretende impulsar una cultura de transparencia, una de las instituciones que merece especial atención es la Liga Municipal Dominicana.
Desde hace años existe un debate recurrente sobre el financiamiento de los gobiernos locales y sobre el cumplimiento efectivo de la Ley 166-03, que establece mecanismos para la asignación de recursos a los ayuntamientos.
Numerosos alcaldes, dirigentes municipales y actores políticos han denunciado en distintas ocasiones que los gobiernos locales continúan enfrentando limitaciones presupuestarias que dificultan la prestación de servicios esenciales a sus comunidades.
Pero más preocupante aún son las denuncias que circulan en distintos escenarios políticos sobre una supuesta distribución desigual de determinados recursos y apoyos institucionales.
Según versiones que circulan entre dirigentes municipales, existiría una percepción de que algunos alcaldes reciben mayores facilidades, apoyos o recursos dependiendo de su alineamiento político interno dentro del partido oficialista.
Si esas denuncias son falsas, deben ser desmentidas con datos.
Si tienen algún fundamento, deben ser investigadas.
Porque los recursos públicos no pueden convertirse en herramientas para premiar lealtades políticas ni para castigar diferencias internas.
Los fondos públicos pertenecen a los ciudadanos.
No a proyectos presidenciales.
No a corrientes partidarias.
No a grupos internos.
En una democracia sana, un alcalde debe recibir el mismo trato institucional independientemente de si apoya a un aspirante presidencial, a otro o a ninguno.
La administración pública no puede funcionar como una extensión de campañas internas.
Y precisamente ahí es donde la transparencia juega un papel determinante.
La mejor manera de disipar cualquier sospecha sería que las instituciones correspondientes publiquen de manera detallada y verificable los criterios utilizados para la asignación de recursos, ayudas, programas e inversiones dirigidas a los gobiernos locales.
La transparencia no protege únicamente al ciudadano.
También protege a los funcionarios honestos.
Porque cuando la información es pública, las especulaciones pierden espacio.
Por eso, si el Gobierno del presidente Luis Abinader, quiere demostrar que la ética será aplicada sin excepciones, debe comenzar por garantizar que todas las instituciones públicas estén sometidas al mismo estándar de rendición de cuentas.
La lucha contra la corrupción no puede limitarse a perseguir irregularidades administrativas.
También debe impedir el uso político de los recursos públicos.
Y si existe la más mínima sospecha de que recursos del Estado están siendo utilizados para favorecer proyectos políticos internos, esa situación merece una investigación seria, independiente y transparente.
Porque la ética no consiste solamente en castigar al que roba.
También consiste en garantizar que el poder público nunca sea utilizado para beneficiar a unos y perjudicar a otros.
Si la honestidad realmente va a ponerse de moda, entonces la transparencia debe llegar hasta donde existan preguntas sin responder.
Incluso cuando esas preguntas resulten incómodas para quienes están cerca del poder.
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