La publicación de Santiago Matías anunciando que su eventual proyecto político será financiado exclusivamente por aportes ciudadanos puede parecer, a primera vista, una declaración positiva. Después de todo, nadie puede negar que durante décadas la política dominicana ha estado marcada por el financiamiento opaco, las relaciones peligrosas entre poder económico y poder político, y los constantes cuestionamientos sobre el origen de los recursos utilizados en campañas electorales.
En ese sentido, Santiago está utilizando una verdad conocida por gran parte de la sociedad dominicana para construir una narrativa política poderosa: «nosotros somos diferentes, nosotros no le debemos nada a nadie, nosotros solo le rendiremos cuentas al pueblo».
El problema es que la política no se trata únicamente de narrativas. También se trata de credibilidad.
Y ahí es donde aparece el primer error estratégico de Santiago Matías.
Porque el mensaje no será evaluado únicamente por lo que dice, sino por quién lo dice.
Durante años, Santiago construyó un imperio económico basado precisamente en la monetización constante de audiencias, controversias, tendencias y contenido. Es probablemente uno de los empresarios digitales más exitosos de República Dominicana. Nadie puede quitarle ese mérito.
Sin embargo, esa misma trayectoria provoca que muchos ciudadanos interpreten la solicitud de donaciones bajo un lente completamente distinto.
Sus adversarios políticos no tendrán que inventar ataques.
Simplemente dirán:
«Ahora también quiere monetizar la política.»
Y aunque la afirmación pueda ser injusta o simplista, políticamente será efectiva.
La percepción importa.
Y en política, muchas veces importa más que la realidad.
No porque pedir donaciones sea ilegal.
No porque sea inmoral.
Sino porque existen figuras que pueden hacerlo sin generar sospechas y otras que, por su historial público, inevitablemente despertarán cuestionamientos.
Santiago acaba de entregar gratuitamente una línea de ataque que será utilizada durante años.
Pero el verdadero problema no es Santiago.
El verdadero problema es que su irrupción política deja al descubierto algo mucho más preocupante: la extrema fragilidad del sistema político dominicano.
Si una figura proveniente del entretenimiento, sin experiencia de gestión pública, sin formación académica especializada en gobierno, sin experiencia legislativa y sin trayectoria administrativa relevante puede convertirse inmediatamente en una figura competitiva para una elección presidencial, entonces el debate no debería centrarse únicamente en Santiago.
Debería centrarse en el sistema.
Porque eso significa que los partidos tradicionales han fracasado.
Han fracasado en formar líderes.
Han fracasado en construir credibilidad.
Han fracasado en conectar con la ciudadanía.
Y cuando los partidos fracasan, el vacío siempre termina siendo ocupado por celebridades, figuras mediáticas, empresarios carismáticos o personajes antisistema.
No es un fenómeno exclusivamente dominicano.
Ha ocurrido en numerosos países.
La diferencia es que las democracias maduras poseen instituciones capaces de filtrar mejor a quienes aspiran a dirigir el Estado.
Y aquí es donde surge una discusión incómoda que tarde o temprano República Dominicana tendrá que enfrentar.
¿Son suficientes los requisitos actuales para aspirar a la Presidencia de la República?
Hoy basta con cumplir requisitos constitucionales básicos relacionados con edad, nacionalidad y derechos civiles.
Pero administrar un Estado moderno no es una tarea básica.
Un presidente toma decisiones sobre deuda pública, política monetaria, relaciones internacionales, seguridad nacional, salud pública, energía, infraestructura, educación y defensa.
Maneja presupuestos de cientos de miles de millones de pesos.
Sus decisiones afectan la vida de más de once millones de personas.
Entonces surge una pregunta legítima:
¿Por qué exigimos años de preparación para dirigir una empresa mediana, operar un avión comercial o ejercer medicina, pero prácticamente ninguna preparación específica para dirigir un país?
La discusión no debe ser elitista.
No se trata de impedir que personas humildes puedan aspirar al poder.
Tampoco se trata de convertir la política en un club exclusivo para tecnócratas.
Se trata de reconocer que gobernar requiere competencias reales.
Tal vez ha llegado el momento de discutir requisitos mínimos de formación, evaluaciones de capacidades cognitivas, exámenes psicológicos, análisis de salud física y mental, y mecanismos de transparencia mucho más rigurosos sobre antecedentes públicos y privados.
No para excluir.
Sino para proteger a la sociedad.
Porque el problema no es que Santiago Matías aspire a la Presidencia.
El problema sería que cualquier persona pueda llegar a administrar el Estado únicamente porque acumuló seguidores, influencia mediática o capacidad económica.
Una democracia sana no debe premiar únicamente la popularidad.
Debe premiar la capacidad.
Y aquí Santiago enfrenta otro desafío.
Si realmente quiere ser tomado en serio como aspirante presidencial, necesita rodearse urgentemente de asesores de alto nivel.
Economistas.
Constitucionalistas.
Especialistas en relaciones internacionales.
Expertos en administración pública.
Profesionales en seguridad nacional.
Técnicos en políticas públicas.
No porque él sea incapaz.
Sino porque ningún presidente moderno gobierna solo.
La diferencia entre un proyecto serio y una aventura política suele estar precisamente en la calidad de las personas que rodean al candidato.
Hasta ahora, la candidatura de Santiago Matías parece debatirse entre dos escenarios.
El primero: un proyecto político auténtico que busca convertirse en una alternativa real de poder.
El segundo: una extensión del ecosistema del entretenimiento, donde la política se convierte en un nuevo producto de consumo masivo.
La diferencia entre ambos escenarios será determinada por sus próximas decisiones.
Por la profundidad de sus propuestas.
Por la calidad de sus equipos.
Por la seriedad de sus planteamientos.
Y por su capacidad para demostrar que no está simplemente trasladando las reglas del espectáculo al escenario político.
Porque República Dominicana necesita renovación política.
Pero renovación no significa improvisación.
Necesita nuevos liderazgos.
Pero liderazgo no es sinónimo de popularidad.
Necesita romper con las viejas estructuras.
Pero destruir las estructuras sin construir instituciones más fuertes solo produce más caos.
Santiago Matías puede terminar siendo una alternativa legítima o una moda pasajera.
Todavía es demasiado temprano para saberlo.
Lo que sí sabemos es que su aparición ya está obligando al país a discutir una verdad incómoda:
La crisis no es Santiago Matías.
La crisis es que millones de dominicanos consideran perfectamente razonable que un influencer tenga las mismas posibilidades de dirigir el Estado que alguien que ha dedicado décadas a prepararse para hacerlo.
Y eso dice mucho menos sobre Santiago que sobre el deterioro de nuestro sistema político.
Por Melvin Sena
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