El Partido Revolucionario Moderno (PRM), decidió que la escogencia de sus nuevas autoridades se realizará mediante una Convención de Delegados. La decisión fue aprobada por su Comité Nacional y presentada como parte del proceso de renovación institucional de la organización.
Sin embargo, la pregunta que debería hacerse cualquier partido que se autodefina como moderno es otra:
¿Puede hablarse de renovación cuando la base partidaria queda excluida del proceso de elección?
La democracia no consiste únicamente en elegir autoridades. También consiste en permitir que la mayor cantidad posible de miembros participe en las decisiones importantes de su organización.
Por eso resulta difícil comprender cómo un partido que nació criticando las prácticas tradicionales de la política dominicana termina recurriendo a mecanismos que reducen la participación de miles de dirigentes y militantes a una simple observación desde las gradas.
La gran contradicción es evidente.
Mientras el PRM se presenta como una organización democrática y abierta, la elección de sus autoridades quedará en manos de un universo reducido de delegados.
Y ahí surge otro problema.
Muchos de esos delegados son funcionarios, empleados públicos, legisladores, alcaldes o dirigentes que mantienen algún tipo de relación de dependencia política con las estructuras de poder internas.
¿Puede un proceso así generar la misma percepción de independencia que una votación abierta de toda la militancia?
La respuesta parece obvia.
Quizás el resultado sea legal. Quizás incluso sea estatutariamente correcto. Pero legalidad y legitimidad no siempre son la misma cosa.
Las organizaciones políticas modernas fortalecen su legitimidad cuando amplían la participación.
Las organizaciones políticas tradicionales la reducen cuando concentran las decisiones en grupos cada vez más pequeños.
Y la historia política demuestra que los militantes rara vez abandonan un partido por perder una elección interna.
Lo abandonan cuando sienten que nunca tuvieron la oportunidad de participar.
Ese es el verdadero peligro.
No se trata únicamente de quién gane la convención.
Se trata de cómo reaccionarán quienes perciban que el resultado fue decidido antes de que comenzara el proceso.
Algunos permanecerán dentro del partido por disciplina o conveniencia.
Otros simplemente se desconectarán de la actividad política.
Y otros podrían comenzar a buscar nuevos espacios donde sus opiniones tengan valor real.
La consecuencia de esos procesos no suele verse de inmediato.
Se manifiesta después.
Se manifiesta cuando llega la campaña electoral.
Se manifiesta cuando hay que movilizar dirigentes.
Se manifiesta cuando hay que defender candidaturas.
Se manifiesta cuando quienes se sintieron excluidos deciden quedarse en sus casas en lugar de salir a trabajar por un proyecto político que sienten ajeno.
Toda organización necesita reglas.
Pero también necesita legitimidad.
Y la legitimidad no se construye únicamente con delegados.
Se construye permitiendo que la base participe.
Porque los partidos modernos amplían la democracia.
Los partidos que restringen la participación terminan pareciéndose demasiado a aquello que alguna vez prometieron cambiar.
El PRM todavía está a tiempo de reflexionar sobre una pregunta fundamental:
¿Quiere administrar una estructura o quiere fortalecer un partido?
Porque no siempre son la misma cosa.
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