
“Estar en La Semanal no garantiza derecho a preguntar”: la farsa de la transparencia en el Gobierno de Abinader
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La reciente declaración de la Presidencia de la República, en la que admite abiertamente que “estar en La Semanal con la prensa no asegura derecho a preguntar”, representa un punto culminante en la degeneración del ejercicio periodístico frente al poder político en República Dominicana. Lejos de ser un espacio de rendición de cuentas, La Semanal se ha consolidado como una escenografía controlada, donde se simula el diálogo sin permitir realmente la confrontación.
La polémica se desató tras la denuncia de la doctora Alexandra Híchez, quien afirmó haber llevado una propuesta al evento presidencial y no haber tenido la oportunidad de presentarla. En vez de ofrecer una explicación respetuosa o asumir algún tipo de responsabilidad, el Gobierno respondió con una declaración institucional que roza el absurdo:
“La participación en el evento no garantiza que todos los asistentes puedan formular preguntas al presidente Luis Abinader”, sentenció Homero Figueroa, vocero de la Presidencia.
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Pero ¿Qué sentido tiene una rueda de prensa si no se garantiza el derecho a preguntar? ¿Qué tipo de ejercicio democrático es aquel donde los periodistas asisten como simples espectadores y no como interlocutores activos? La respuesta oficial pretende normalizar lo insostenible:
“LA Semanal es un ejercicio inédito de rendición de cuentas… Aunque el tiempo no alcanza para todos, cada edición reafirma nuestro compromiso con la transparencia y el diálogo.”
Sin embargo, no hay transparencia posible cuando la principal función del periodismo —preguntar, cuestionar, fiscalizar— es relegada a un privilegio de pocos. La selección de quién pregunta, bajo qué condiciones y con qué límites, transforma el acto en una ceremonia dirigida. Es un monólogo presidencial disfrazado de interacción, un guion de comunicación política con cámaras y aplausos, pero sin contrapreguntas ni riesgo.
Este comportamiento es coherente con lo que medios independientes, como Hackeando el Sistema, han venido denunciando desde hace tiempo. En múltiples análisis, su director Melvin Sena ha advertido que La Semanal no representa un avance democrático, sino una estrategia de control narrativo. Una escenografía con la prensa como telón de fondo, no como protagonista.
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Más preocupante aún es el papel que han asumido muchos comunicadores que asisten a estos eventos sin cuestionar el formato. Periodistas que antes criticaban duramente a los gobiernos por su cerrazón, hoy asumen con docilidad las reglas impuestas por el poder. Asisten, se sientan, se toman la foto y callan. No porque no tengan preguntas, sino porque ya entendieron que no se les permitirá hacerlas. Es una forma de autoflagelación profesional, una renuncia voluntaria al deber periodístico a cambio de visibilidad o conveniencia.
Decir que se convoca a la prensa, pero no se le garantiza el derecho a preguntar, es como invitar a la ciudadanía a votar sin contar los votos. Es un sinsentido cínico. Una perversión del concepto de democracia participativa. Porque en cualquier espacio verdaderamente democrático, la pregunta no es un lujo, es un derecho.
Y no se trata solo de Alexandra Híchez o de una propuesta puntual que fue silenciada. Se trata de un patrón institucional. De un método. De un gobierno que se muestra accesible mientras se blinda del escrutinio real. De un presidente que dice rendir cuentas, pero que evita ser interpelado por voces incómodas. Se trata de una prensa que —en muchos casos— ha preferido el acomodo al deber.
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Por eso, no basta con indignarse por una sola exclusión. Es momento de cuestionar todo el formato. Si La Semanal no permite a todos los periodistas hacer preguntas, si prioriza a los afines, si oculta la espontaneidad detrás de tiempos estrictos y libretos preestablecidos, entonces no estamos frente a una rendición de cuentas, sino ante un teatro político.
Y si quienes aún se llaman periodistas siguen asistiendo a ese teatro sin levantar la voz, sin exigir respeto por su función, sin señalar la incongruencia, entonces habremos dejado de tener prensa y solo tendremos figurantes.
La prensa no asiste a adornar al poder, ni a legitimar su relato.
Asiste a incomodar, a vigilar y a preguntar. Si eso no ocurre en La Semanal, entonces lo demás es solo escenografía. Y lo escenográfico nunca será sinónimo de transparencia.
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Nota aclaratoria:
Algunas informaciones contenidas en este artículo tienen carácter especulativo, fundamentadas en el análisis de hechos públicos y en el comportamiento reciente de los actores mencionados, así como en una filtración genuina proveniente de una fuente de entero crédito. En virtud de los principios éticos del periodismo y del marco legal nacional e internacional, nos reservamos el derecho de proteger la identidad de dicha fuente, conforme a lo establecido en el Artículo 49 de la Constitución de la República Dominicana, que garantiza la libertad de expresión e información, así como el derecho a mantener el secreto profesional. Este derecho también está respaldado por instrumentos internacionales como el Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José), el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, y los principios establecidos por la UNESCO y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) sobre la libertad de prensa. La protección de nuestras fuentes es no solo un derecho, sino un deber ético frente al interés público y la democracia.
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