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Leonel Fernández y David Collado: dos ejemplos de disonancia cognitiva detrás de algunas decisiones políticas (un artículo para personas con el bachillerato aprobado)

Leonel Fernández y David Collado: dos ejemplos de disonancia cognitiva detrás de algunas decisiones políticas (un artículo para personas con el bachillerato aprobado)

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Hay una pregunta incómoda que la política dominicana debería comenzar a hacerse:

¿por qué un ciudadano puede tener acceso a los hechos, conocer los antecedentes de un candidato y, aun así, tomar una decisión electoral que contradice aquello que dice creer?

Una posible explicación está en la psicología política. No necesariamente porque el elector sea ignorante, sino precisamente porque saber algo y aceptar emocionalmente sus consecuencias son dos cosas diferentes.

Leon Festinger formuló la teoría de la disonancia cognitiva para explicar el malestar que aparece cuando nuestras creencias, valores y comportamientos entran en contradicción. Cuando esa contradicción resulta incómoda, el individuo puede cambiar de conducta, pero también puede modificar su interpretación de los hechos para preservar la imagen que tiene de sí mismo.

Llevado al terreno electoral, el fenómeno puede expresarse así: “Sé que este candidato me está comprando el voto, sé que después probablemente no tendrá incentivos para responderme, pero acepto el dinero porque, de todas maneras, voy a justificar mi decisión.”

Aquí aparece una paradoja. El ciudadano entiende que está vendiendo su capacidad de exigir, pero transforma esa pérdida de poder en una decisión aparentemente racional: “por lo menos saqué algo”.

El problema es que el voto comprado no termina el día de las elecciones. El candidato que compra votos aprende algo muy importante: ya pagó por esa lealtad. La relación entre ciudadano y representante deja de ser una relación de rendición de cuentas y se convierte en una transacción.

El caso más peligroso: cuando la identidad vale más que la evidencia

El fenómeno se vuelve todavía más complejo cuando aparece la identidad política.

Un elector puede comenzar apoyando a un partido o candidato por razones legítimas. Pero con el tiempo, el candidato puede convertirse en parte de su identidad social. Entonces una crítica al político deja de sentirse como una crítica al político y comienza a sentirse como una crítica contra uno mismo.

Ahí entra el razonamiento motivado: las personas no siempre procesan la información exclusivamente para descubrir qué es cierto; en determinados contextos también procesan la información para llegar a una conclusión que proteja sus preferencias, emociones o identidad. La investigación en psicología política ha encontrado que la identificación partidaria puede alterar la percepción de la realidad y debilitar la relación entre desempeño gubernamental y evaluación electoral.

Por eso encontramos electores capaces de exigir transparencia a un adversario y justificar exactamente la misma conducta cuando la realiza su candidato.

Ese doble estándar es políticamente devastador.

Leonel Fernández: cuando la evidencia compite contra la identidad

El caso de Leonel Fernández permite observar esta dinámica, aunque sería metodológicamente incorrecto reducir a todos sus seguidores a “personas con disonancia cognitiva”.

Fernández ha gobernado tres períodos y alrededor de su administración han existido múltiples controversias, denuncias y debates sobre corrupción, contratos, obras públicas y manejo del Estado. Esos hechos pueden y deben ser examinados individualmente mediante evidencia documental, judicial y periodística.

Sin embargo, una parte de su electorado continúa defendiendo su figura con una fidelidad que no siempre parece depender de la evaluación específica de cada expediente.

Ahí está la pregunta verdaderamente interesante:

¿Qué ocurre cuando admitir que el candidato propio cometió errores obliga al ciudadano a admitir que durante años defendió algo equivocado?

Una posibilidad es la disonancia: resulta psicológicamente más sencillo reinterpretar la información que modificar una identidad política construida durante años.

La investigación contemporánea ha mostrado precisamente que las personas pueden utilizar el razonamiento político para proteger su pertenencia a determinados grupos, incluso cuando poseen capacidad suficiente para comprender la evidencia contraria.

David Collado y el poder de la percepción

El caso de David Collado plantea otro problema diferente.

Aquí no necesariamente existe una contradicción entre una larga historia de gobierno y la defensa de esa historia. El problema puede ser la construcción de una expectativa política con información insuficiente.

Si sectores del PRM sostienen que Collado es “la mejor opción”, la pregunta periodística debería ser sencilla:

¿Mejor en función de qué?

¿Cuáles son sus posiciones concretas sobre seguridad, migración, reforma fiscal, sistema de pensiones, salud, educación, institucionalidad, política exterior, relación con el empresariado y modelo económico?

Si el ciudadano no dispone de respuestas suficientemente claras, la valoración puede estar descansando más sobre imagen, reputación, percepción de capacidad y redes de poder que sobre un programa político verificable.

Y aquí aparece otra contradicción interesante dentro del propio PRM.

Algunos sectores cuestionan a Luis Abinader por una percepción de elitismo, distancia con las bases o concentración de decisiones en determinados círculos. Pero si posteriormente defienden a otro candidato utilizando como argumento principal su cercanía con sectores empresariales, poder económico o determinadas estructuras de influencia, deberían explicar por qué el mismo criterio que condenan en uno se convierte en virtud en otro.

Eso no demuestra que Collado sea una mala opción. Demuestra que el argumento debe someterse al mismo estándar de evaluación que se aplica a cualquier otro candidato.

La política no necesita ciudadanos sin emociones; necesita ciudadanos capaces de corregirse

La disonancia cognitiva tampoco es exclusivamente política.

El clásico experimento de Festinger y Carlsmith mostró cómo las personas pueden reinterpretar sus propias acciones para reducir la tensión psicológica generada por una conducta contradictoria.

En términos cotidianos ocurre con frecuencia: una persona continúa fumando mientras sabe que fumar es perjudicial; alguien permanece en una relación que reconoce como dañina y encuentra argumentos para explicar por qué “no es tan grave”; o un individuo realiza una compra costosa y posteriormente exagera las virtudes del producto para justificar su decisión.

La política simplemente convierte ese mecanismo individual en un fenómeno colectivo.

El ciudadano puede equivocarse. Eso es normal.

Lo verdaderamente peligroso para una democracia es que llegue a considerar que reconocer el error es una traición.

Cuando eso ocurre, deja de evaluar al político y comienza a defenderse a sí mismo.

Y entonces aparecen frases como: “todos roban”, “el mío roba menos”, “por lo menos hizo algo”, “ese es el único que puede ganar”, “los otros son peores” o “yo ya estoy comprometido con ese proyecto”.

Son mecanismos de racionalización.

Por eso el problema dominicano quizá no sea simplemente que el votante tenga poca información. En determinados casos, puede tener suficiente información y aun así utilizarla selectivamente.

La democracia funciona cuando el ciudadano puede decir:

“Yo apoyé a este candidato, pero los hechos demostraron que estaba equivocado.”

Ese momento —más que la capacidad de votar— es una de las expresiones más importantes de madurez democrática.

Porque el ciudadano que nunca puede abandonar a su candidato, independientemente de lo que haga, ya no está ejerciendo plenamente su poder electoral.

Está defendiendo una identidad.

Y cuando la identidad se vuelve más importante que la evidencia, la política deja de ser una evaluación de resultados y comienza a convertirse en una batalla por justificar nuestras propias decisiones.

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