Las encuestas son una fotografía del momento, no una sentencia definitiva. La historia política, tanto en la República Dominicana como en otras democracias, ha demostrado que existen factores que los estudios de opinión no siempre logran medir con precisión. Uno de ellos es el llamado efecto underdog: la tendencia de una parte del electorado a respaldar al candidato que percibe como subestimado frente a un favorito que concentra el poder político, económico y mediático. En el escenario interno del Partido Revolucionario Moderno (PRM), resulta llamativo que numerosas encuestas reduzcan o incluso omitan el peso político de Wellington Arnaud, pese a que tanto dirigentes como adversarios internos reconocen que posee una estructura organizativa sólida dentro de la base partidaria.
Surge entonces una pregunta inevitable: ¿cómo puede un dirigente que supuestamente «no marca» mantener durante años una maquinaria política activa, leal y con capacidad de movilización?
La respuesta podría estar en que existen dos tipos de liderazgo completamente distintos. Uno es el liderazgo mediático, construido sobre campañas publicitarias, presencia constante en redes sociales, tendencias digitales y altos niveles de inversión en comunicación. El otro es el liderazgo político tradicional: el que se construye caminando barrios, formando equipos, resolviendo problemas, creando relaciones personales y acumulando confianza cara a cara.
La política dominicana históricamente ha respondido más al segundo modelo que al primero.
Los votos internos de un partido no siempre obedecen a la popularidad en redes sociales ni a la percepción creada por las encuestas públicas. Muchas veces responden al compromiso construido durante años entre dirigentes medios, presidentes de zonas, coordinadores municipales, líderes comunitarios y militantes que conocen personalmente a quien aspira a dirigir el proyecto político.
Ese capital político no siempre aparece reflejado en un estudio demoscópico.
Tres proyectos, tres historias diferentes
Si se observa el panorama interno del PRM, pueden identificarse tres grandes proyectos presidenciales.
Uno representa una tradición política que ya tuvo la oportunidad de gobernar el país bajo otro liderazgo familiar. Desde esta perspectiva, muchos recuerdan que aquella administración terminó provocando una larga permanencia del partido fuera del poder durante aproximadamente dieciséis años.
Otro proyecto ha concentrado una enorme presencia mediática y una imagen moderna de gestión. Sin embargo, sus críticos sostienen que esa fortaleza descansa principalmente en estrategias de comunicación, posicionamiento de marca y capacidad económica, mientras consideran que aún no ha presentado una propuesta integral sobre algunos de los principales desafíos estructurales de la República Dominicana.
La percepción de estos sectores es que existe más marketing que definición programática.
Frente a ambos escenarios aparece Wellington Arnaud.
El político que nunca ha sido presidente
Wellington Arnaud representa una característica poco común entre los principales aspirantes.
No ha encabezado un gobierno nacional.
No carga con el desgaste propio de haber administrado el Poder Ejecutivo.
Su trayectoria se ha desarrollado desde el Congreso Nacional, la organización partidaria y la administración pública, donde sus seguidores destacan su capacidad para construir consensos, articular mayorías y mantener relaciones de confianza dentro del PRM.
Precisamente esa experiencia como constructor de acuerdos es uno de los activos que con mayor frecuencia mencionan quienes respaldan su proyecto político.
Mientras otros liderazgos son asociados a grandes campañas de comunicación, el suyo suele vincularse a la organización territorial.
El voto que las encuestas no siempre detectan
Las encuestas miden intención de voto.
Pero no necesariamente miden disciplina partidaria.
Tampoco cuantifican la lealtad acumulada durante décadas ni la capacidad de movilización de una estructura territorial el día en que se celebren unas primarias.
Existe una diferencia entre simpatía pública y compromiso político.
En procesos internos esa diferencia puede convertirse en un factor decisivo.
De ahí que algunos analistas sostengan que Wellington Arnaud podría representar precisamente ese fenómeno del underdog: el candidato que parece subestimado durante gran parte del proceso, pero cuya fortaleza real aparece cuando la organización comienza a votar.
El cansancio con los favoritos
Existe además un componente psicológico.
Cuando un aspirante es presentado constantemente como el ganador inevitable, una parte del electorado desarrolla un efecto contrario: comienza a simpatizar con quien considera que está siendo minimizado.
Ese fenómeno ha ocurrido en numerosos procesos electorales alrededor del mundo.
No siempre gana el favorito de las encuestas.
En ocasiones triunfa quien logra conectar emocionalmente con quienes sienten que existe una competencia desigual frente a estructuras con mayor poder económico o mayor exposición mediática.
¿David contra Goliat?
Desde esta óptica, Wellington Arnaud podría terminar representando la figura del «David» frente a un «Goliat» político.
No porque carezca de estructura.
Precisamente porque la tiene.
La diferencia es que esa estructura parece construirse lejos de los reflectores.
Si las bases del PRM terminan privilegiando la lealtad partidaria, el trabajo territorial, la capacidad de organización y la cercanía con la militancia por encima de las campañas de imagen, el desenlace podría ser muy distinto al que hoy proyectan algunas encuestas.
Las primarias internas rara vez se deciden exclusivamente por percepciones públicas.
Muchas veces las define quien conoce mejor el partido desde adentro.
Y si esa hipótesis termina confirmándose, el llamado efecto underdog dejará de ser una teoría para convertirse en uno de los episodios políticos más sorprendentes de la historia reciente del PRM.
Solo las urnas tendrán la última palabra. Pero, en política, subestimar a quien ha construido organización durante años suele ser uno de los errores más costosos.
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