
El PRM con José Paliza, como presidente provoco la reducion del padron en un 50%, y nunca defendió de los compañeros
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El presidente saliente del PRM defiende la reducción del padrón como un proceso de depuración, pero el dato político sigue siendo demasiado grande para ignorarlo: el registro pasó de 3,092,389 afiliados en 2023 a 1,551,727 en agosto de 2026. Más allá de la explicación técnica, queda pendiente discutir por qué una organización que llegó al poder con una enorme movilización de base terminó con un padrón prácticamente reducido a la mitad.
José Ignacio Paliza termina una etapa al frente del Partido Revolucionario Moderno (PRM) dejando una organización mucho más poderosa institucionalmente que cuando asumió, pero también enfrentando una pregunta que no puede resolverse únicamente con una explicación administrativa:
¿qué ocurrió con la militancia del PRM?
El dato es contundente. El padrón depositado ante la Junta Central Electoral en agosto de 2026 contiene 1,551,727 afiliados, mientras que el registro utilizado en las primarias de 2023 ascendía a 3,092,389.
Eso representa una reducción cercana al 50 %.
Paliza ha rechazado que pueda hablarse de una pérdida de esa magnitud y sostiene que la diferencia responde fundamentalmente a la depuración ordenada por la Junta Central Electoral: personas que aparecían simultáneamente en varios padrones, actualización de datos y procesos de verificación de la militancia. También ha explicado que el partido continúa reinscribiendo y verificando afiliados.
Y esa explicación debe ser tomada en cuenta.
Pero no debería cerrar el debate político.
Porque incluso si buena parte de la reducción responde a una depuración técnica, existe una pregunta que sigue intacta:
¿Por qué el PRM necesita reconstruir ahora una militancia que alguna vez dijo tener?
El problema de Paliza no es solamente el número
Sería demasiado fácil convertir toda la gestión de Paliza en una simple operación matemática:
3.09 millones menos 1.55 millones igual a fracaso.
La realidad es más compleja.
Un padrón partidario no equivale necesariamente al número real de militantes activos. Los registros pueden contener duplicidades, personas que cambiaron de partido, afiliaciones sin actualización o ciudadanos que dejaron de participar.
Precisamente por eso la explicación oficial de la depuración tiene fundamento.
Pero existe otra dimensión.
La política no se mide solamente por cuántas personas aparecen en una base de datos. También se mide por cuántas personas sienten que pertenecen al proyecto.
Y ahí es donde la gestión de Paliza merece una discusión más profunda.
Un partido que ganó el poder y después se alejó de su propia base
El PRM llegó al Gobierno en 2020 con una enorme expectativa entre sus dirigentes y militantes.
Muchos de ellos habían pasado años construyendo una organización opositora.
Habían hecho campaña.
Habían colocado afiches.
Habían organizado caravanas.
Habían prestado vehículos.
Habían abierto locales.
Habían trabajado en barrios.
Habían defendido al partido cuando ser perremeísta significaba estar en la oposición.
Y cuando finalmente llegó el poder, una parte de esa militancia esperaba algo elemental:
participar.
Participar en las decisiones.
Participar en la estructura.
Participar en el Gobierno.
Participar en las oportunidades que genera una organización política cuando alcanza el poder.
El propio debate interno del PRM en 2022 dejó constancia de esa demanda. Sectores de la organización reclamaban defender “el derecho de nuestros compañeros a estar en el gobierno, tener un empleo, participar en el poder por el que luchamos”, al mismo tiempo que exigían mayor democracia interna.
Ese reclamo no apareció de la nada.
Era una señal.
Paliza nunca terminó de convertirse en el presidente del ala política
Esta es probablemente una de las mayores críticas que pueden hacerse a su gestión.
José Ignacio Paliza fue un presidente partidario con una característica particular: su relación con el poder gubernamental terminó siendo más fuerte que su conexión cotidiana con las bases políticas.
Después de la llegada al Gobierno, Paliza pasó a ocupar posiciones centrales dentro de la administración de Luis Abinader.
Fue ministro Administrativo de la Presidencia durante el primer mandato y posteriormente ministro de la Presidencia.
Eso inevitablemente modificó su papel.
El presidente del partido comenzó a ser, simultáneamente, una de las figuras centrales del Gobierno.
Y allí apareció una contradicción:
¿quién defendía al partido frente al Gobierno?
Si el presidente del PRM también formaba parte del círculo principal del Ejecutivo, ¿quién asumía la tarea de decirle al Gobierno que los dirigentes estaban molestos?
¿Quién defendía las estructuras provinciales?
¿Quién reclamaba espacios para los dirigentes que habían trabajado durante años?
¿Quién escuchaba al alcalde que sentía que su partido lo había olvidado?
¿Quién escuchaba al dirigente municipal que había hecho campaña y después no encontraba espacio?
Ese vacío político puede ser más importante que cualquier cifra de padrón.
El partido no solamente necesitaba administradores; necesitaba un defensor de la militancia
Aquí está el núcleo de la crítica.
Paliza administró una organización que se convirtió en una poderosa maquinaria electoral.
Pero administrar un partido no es lo mismo que conducir políticamente un partido.
Una organización política necesita alguien que mantenga la relación entre:
Gobierno → partido → dirigentes → militancia → sociedad.
Cuando esa cadena se rompe, comienza el desencanto.
El militante deja de sentirse parte del proyecto.
El dirigente local deja de participar.
Los cuadros comienzan a buscar otros espacios.
Y el partido termina recurriendo a ellos únicamente cuando necesita votos.
Ese es el modelo que muchos partidos tradicionales han reproducido durante décadas:
la militancia es indispensable el día de las elecciones y prescindible el resto del tiempo.
Si el PRM termina reproduciendo ese comportamiento, habría traicionado precisamente una de las razones por las que muchos de sus miembros abandonaron el viejo PRD para construir una organización diferente.
¿Dónde estuvo la defensa de los compañeros?
Una de las principales críticas que debe hacerse a la dirección saliente es la percepción de que no existió una defensa suficientemente fuerte de los dirigentes y militantes frente a la distribución del poder estatal.
No se trata de afirmar que todos los perremeístas tenían derecho automático a un empleo.
Eso sería indefendible.
El Estado no puede convertirse en una bolsa de empleos partidarios.
Pero tampoco puede ignorarse la dimensión política de una organización que llegó al Gobierno gracias a miles de personas que construyeron su estructura territorial.
El problema aparece cuando el militante observa que:
- funcionarios externos adquieren protagonismo;
- técnicos sin historia partidaria ocupan posiciones;
- dirigentes que hicieron campaña quedan relegados;
- estructuras municipales pierden capacidad de decisión;
- y la dirección del partido parece más preocupada por preservar la armonía con el Gobierno que por canalizar el descontento de las bases.
Ahí nace la frustración.
Y entonces aparece Guido Gómez Mazara
La historia interna del PRM demuestra que este problema no es nuevo.
En 2022, Guido Gómez Mazara cuestionó el mecanismo utilizado para escoger las autoridades partidarias y defendió una elección mediante voto directo, secreto y universal.
Posteriormente, Paliza fue reelegido con una votación abrumadora en una convención de delegados. Según los datos publicados por el propio PRM, obtuvo alrededor del 98.4 % de los votos de los delegados.
Por tanto, sería incorrecto decir que Paliza nunca fue elegido.
Sí fue elegido y posteriormente reelegido.
Lo que sí puede cuestionarse es el modelo de selección utilizado y cuánto espacio tuvo la militancia común para decidir quién debía dirigir el partido.
Y ese debate volvió a aparecer en 2026.
Guido Gómez Mazara volvió a cuestionar el modelo de consenso y advirtió que convertirlo en norma podía afectar la democracia interna y limitar el derecho de la militancia a elegir sus autoridades.
Es decir, la discusión sobre democracia interna no desapareció durante la presidencia de Paliza.
¿Fue Paliza impuesto por Abinader?
Aquí debemos separar la opinión política del hecho comprobable.
No existe base documental suficiente para afirmar como hecho que Luis Abinader “puso a dedo” a Paliza contra Guido en una elección que Guido hubiera ganado.
De hecho, Paliza fue elegido presidente del PRM en 2018 mediante un proceso interno y posteriormente reelegido. En 2022, Guido Gómez Mazara ni siquiera llegó a inscribir su candidatura para aquella convención, según la información publicada entonces.
Por tanto, decir que “Abinader impuso a Paliza porque sabía que Guido le ganaba” sería una interpretación política, no un hecho demostrado.
Pero existe una crítica más interesante y difícil de refutar:
¿Hasta qué punto el PRM ha permitido que el liderazgo presidencial determine la vida interna del partido?
Esa es la pregunta verdaderamente importante.
Porque el problema no es únicamente Paliza.
Es el modelo.
El PRM corre el riesgo de convertirse en aquello contra lo que nació
El PRM nació de una ruptura política.
Muchos de sus fundadores abandonaron el PRD precisamente por conflictos relacionados con el control de la organización, la democracia interna y el liderazgo.
Por eso sería una contradicción histórica que, una vez convertido en partido de Gobierno, terminara reproduciendo las mismas prácticas que cuestionaba.
Un partido no puede convertirse exclusivamente en:
una maquinaria electoral + una nómina + una estructura de funcionarios + una plataforma para ganar elecciones.
Eso no es suficiente.
Un partido necesita debate.
Necesita formación.
Necesita militancia.
Necesita oposición interna.
Necesita dirigentes territoriales con capacidad de plantear desacuerdos.
Y necesita una dirección que pueda decirle al Gobierno:
“Esto está mal.”
Sin temor a perder una posición.
La reducción del padrón debería ser una alarma, aunque la causa sea técnica
Aquí volvemos al dato inicial.
Paliza tiene razón en algo importante: no puede equipararse automáticamente la reducción del padrón con la desaparición de 1.54 millones de militantes.
La JCE ha impulsado procesos de depuración y los partidos han tenido que revisar sus registros.
Pero incluso aceptando completamente esa explicación, existe un hecho político:
el PRM necesita volver a tocar las puertas de su propia militancia.
El propio Paliza reconoció que están reinscribiendo y verificando miembros y que esperan tener un padrón más amplio en próximas mediciones.
Entonces la pregunta cambia:
¿Por qué un partido que llegó al poder con una maquinaria política gigantesca necesita reconstruir su vínculo con las bases?
Ahí está el verdadero problema.
Paliza deja un partido fuerte electoralmente, pero con una deuda política
Hay que reconocerle a Paliza algo que sería injusto ignorar.
Durante su etapa, el PRM se consolidó como la principal fuerza política del país y consiguió mantenerse en el poder después de las elecciones de 2024.
El partido pasó de ser una organización relativamente joven a controlar el Ejecutivo, una mayoría congresual y una enorme cantidad de gobiernos municipales.
Eso es un resultado político extraordinario.
Pero precisamente por eso la exigencia debe ser mayor.
Un presidente de partido no puede evaluarse solamente por cuántas elecciones ganó su organización.
También debe evaluarse por qué tan fuerte dejó la institucionalidad partidaria.
Y ahí el balance es menos cómodo.
La gran paradoja de Paliza
José Ignacio Paliza deja el PRM con más poder institucional que nunca.
Pero también deja una organización que necesita explicar por qué su padrón depositado ante la JCE pasó de más de tres millones a poco más de millón y medio.
Deja un partido con alcaldes, senadores, diputados y funcionarios.
Pero también con sectores internos reclamando mayor democracia.
Deja una organización que acaba de elegir una nueva dirección mediante consenso.
Pero también con Guido Gómez Mazara cuestionando precisamente el uso excesivo del consenso como mecanismo para escoger autoridades.
Y deja una militancia que, en distintos sectores, sigue reclamando algo que parece sencillo:
sentirse parte del partido que ayudó a construir.
La pregunta que debe responder el nuevo PRM
El problema del PRM no es solamente recuperar afiliados.
Es recuperar militantes.
Una persona puede aparecer en un padrón y no sentirse representada.
Puede estar inscrita y no participar.
Puede votar y no tener ninguna relación con la organización.
Por eso, el próximo presidente del PRM debería tener una misión mucho más profunda que administrar una estructura electoral.
Tiene que reconstruir el vínculo con las bases.
Tiene que abrir canales de participación.
Tiene que garantizar competencia interna.
Tiene que formar nuevos cuadros.
Tiene que defender al partido sin convertirse en enemigo del Gobierno.
Y, sobre todo, tiene que entender que el PRM no puede acordarse de su militancia solamente cuando necesita una papeleta marcada.
Un partido no puede sobrevivir solamente con poder
José Ignacio Paliza no deja un PRM derrotado.
Todo lo contrario.
Deja un partido que controla prácticamente todos los espacios institucionales que una organización política puede aspirar a controlar.
Pero deja también una pregunta histórica:
¿Puede un partido tener más poder y, al mismo tiempo, perder parte de su alma política?
La reducción del padrón no demuestra por sí sola que el PRM haya perdido 1.5 millones de militantes. La propia dirección partidaria atribuye la diferencia a la depuración y actualización de los registros.
Pero sería igualmente equivocado utilizar la explicación técnica para evitar la discusión política.
Porque detrás de cada registro eliminado puede haber una duplicidad.
Pero detrás de cada militante que deja de participar puede haber también desencanto.
Y el desencanto no se depura con tecnología.
Se combate con política.
Ese quizás sea el principal desafío que José Paliza deja sobre la mesa: haber dirigido un partido que conquistó el poder, pero que ahora necesita demostrar que todavía sabe conquistar y conservar algo mucho más difícil que una elección:
la confianza de su propia militancia.
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