Los datos del Banco Central de la República Dominicana confirman lo que la población ya siente en el día a día: el costo de la canasta familiar sigue subiendo, aunque sea de forma “moderada”. En la región Ozama —que concentra Santo Domingo y el Distrito Nacional— pasó de RD$56,106.03 en enero a RD$56,240.77 en marzo de 2026. Puede parecer un aumento pequeño (0.24%), pero en términos reales es una presión constante sobre hogares que ya operan al límite.
El mismo patrón se repite en todo el país: subidas en el Cibao, el Este y el Sur, y aumentos en todos los quintiles de ingreso. Incluso el quintil más pobre vio incrementos, lo que confirma una realidad clave: en República Dominicana, la inflación no está segmentada, está generalizada.
Ahora bien, la pregunta no es si está subiendo —eso ya es evidente—, sino por qué sigue subiendo y cómo un plan estructural puede cambiar esa tendencia.
El problema: una economía que exprime en lugar de expandir – El modelo actual de recaudación en República Dominicana depende en gran medida del consumo. Esto genera una distorsión clara:
- Precios altos → menor capacidad de compra
- Menor consumo → menor dinamismo económico
A corto plazo parece funcional, pero en el mediano plazo debilita la economía. Se recauda presionando, no creciendo.
El problema no es técnico, es político
Figuras como Leonel Fernández han señalado la necesidad de soluciones concretas, mientras sectores empresariales como el Consejo Nacional de la Empresa Privada abogan por el diálogo. Pero el consenso no puede convertirse en un mecanismo para diluir decisiones difíciles.
El verdadero obstáculo no es la falta de ideas, sino la falta de disposición para enfrentar los intereses que históricamente han condicionado la política económica del país.
El error del debate: confundir precios con recaudación
Existe una idea extendida:
👉 “Si bajan los precios, el Estado recauda menos.”
Pero esto es incompleto.
En bienes básicos, la gente no consume mucho más aunque bajen los precios. Sin embargo, ocurre algo más importante:
👉 se libera ingreso disponible.
Ese dinero no desaparece, se redistribuye en la economía, generando nuevas transacciones y ampliando la base tributaria.
El efecto real: más circulación, más ingresos para el Estado
Un plan estructural que reduzca el costo de la canasta genera una cadena positiva:
- Bajan los precios esenciales
- Aumenta la capacidad de compra real
- Se expande el consumo en otros sectores
- Crece la actividad económica formal
👉 Resultado: el Estado deja de depender de precios altos y pasa a recaudar a partir de una economía más activa.
Las medidas clave y su impacto
Reducción de márgenes empresariales
Disminuye el precio final de bienes esenciales.
✔ Baja directa de la canasta
✔ Mayor consumo en otros sectores
Eliminación del gasto público innecesario
Libera recursos y mejora la eficiencia del Estado.
✔ Mayor capacidad de respuesta
✔ Menor presión fiscal futura
Eliminación de privilegios y exoneraciones
Corrige distorsiones estructurales.
✔ Más equidad económica
✔ Mayor recaudación sin subir impuestos
Subsidios focalizados
Reduce el impacto en combustibles y transporte.
✔ Menor efecto inflacionario en cadena
✔ Uso más eficiente del gasto público
Lo que revelan los datos
Los aumentos por quintil (RD$43, RD$72, RD$102) pueden parecer pequeños, pero son constantes. Esa acumulación provoca:
- Pérdida del poder adquisitivo
- Reducción del consumo no esencial
- Menor dinamismo económico
👉 Es una inflación silenciosa que también termina afectando la recaudación.
Cambiar quién absorbe la crisis
El problema no es si la canasta sube.
El problema es quién paga ese aumento.
Hoy:
👉 Lo asume casi totalmente la población.
Con un enfoque estructural:
👉 Se distribuye entre Estado, sector privado y sistema fiscal.
Y en ese equilibrio ocurre lo fundamental:
la economía se activa.
Porque una economía activa recauda más que una economía presionada.
Los aumentos actuales pueden parecer pequeños —RD$43, RD$72, RD$102—, pero son acumulativos. Esa es la verdadera amenaza: una inflación silenciosa que deteriora la calidad de vida sin generar reacción política.
El enfoque actual administra esa inercia.
El plan que proponemos la rompe.
Porque reducir la canasta familiar no es cuestión de subsidios, es cuestión de corregir quién absorbe el costo de la crisis.
Y hoy, ese costo sigue cayendo —casi exclusivamente— sobre la población.
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