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PERIODISMO DE CARTÓN: MUCHOS SEGUIDORES, POCA INVESTIGACIÓN Y DEMASIADAS PREGUNTAS SOBRE QUIÉN PAGA LA CUENTA

PERIODISMO DE CARTÓN: MUCHOS SEGUIDORES, POCA INVESTIGACIÓN Y DEMASIADAS PREGUNTAS SOBRE QUIÉN PAGA LA CUENTA

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Administrador HESADMINISTRADOR HES/23 OCT DE 2026/1 MIN/visibility1 VISTAS
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Las plataformas que confunden popularidad digital con autoridad periodística están obligadas a responder una pregunta incómoda:

¿qué valor aportan a la sociedad cuando su principal fortaleza parece ser la distribución de contenido ajeno y no la producción de información propia?

Por Melvin Sena | Hackeando el Sistema

Hay una nueva especie de negocio que se ha instalado en el ecosistema digital dominicano: plataformas que se presentan como medios de comunicación, exhiben cifras llamativas de seguidores y procuran proyectar una influencia que no siempre se corresponde con la interacción visible de sus publicaciones, la originalidad de sus contenidos o la profundidad de su trabajo periodístico.

Tienen perfiles en Instagram, publican titulares, reproducen declaraciones, comparten videos de terceros y se presentan ante el público como referentes informativos. Sin embargo, cuando uno examina lo que realmente producen, surge una interrogante fundamental: ¿estamos ante medios que investigan, contrastan y generan información propia, o ante simples distribuidores de contenido que han aprendido a venderse como instituciones periodísticas?

Porque abrir una cuenta de Instagram no convierte a nadie en periodista. Tener miles de seguidores tampoco. Y aparecer constantemente en el teléfono de los ciudadanos no significa, necesariamente, ejercer una influencia real sobre la opinión pública.

El periodismo exige algo que no se puede comprar con una campaña publicitaria: credibilidad construida mediante el trabajo, la investigación, la verificación y la capacidad de cuestionar al poder.

1. El negocio de parecer grande

En las redes sociales existe una diferencia sustancial entre tener una audiencia y proyectar la imagen de tenerla.

Una cuenta puede exhibir decenas o cientos de miles de seguidores y, al mismo tiempo, registrar una interacción reducida frente al tamaño de su comunidad. Esa diferencia merece preguntas, análisis y transparencia.

¿Son seguidores activos? ¿Qué proporción consume habitualmente el contenido? ¿Cuántas personas comparten las publicaciones porque consideran que aportan información valiosa? ¿Cuánto del alcance procede de la distribución orgánica y cuánto de la publicidad pagada?

Son preguntas legítimas. No obstante, hay que establecer una distinción: una interacción baja no demuestra, por sí sola, que existan bots o seguidores falsos. Para sostener esa acusación hacen falta auditorías, datos verificables y un análisis riguroso de la audiencia.

Pero tampoco se puede pretender que la sociedad acepte el número de seguidores como prueba automática de influencia periodística.

La cantidad es una métrica. La calidad de la audiencia es otra. La credibilidad es una tercera. Y ninguna sustituye a las demás.

El problema comienza cuando se utiliza una cifra llamativa para vender una autoridad que todavía debe demostrarse.

2. Menos del 1 % de contenido original: ¿dónde está el periodismo?

Si una plataforma produce menos del 1 % de contenido original, como ocurre según la estimación que planteamos sobre determinados modelos de publicación, estamos ante una señal que merece una auditoría editorial seria.

Para ilustrarlo, por cada 1,000 publicaciones, menos de 10 serían originales y más de 990 procederían de otras fuentes, si esa proporción se mantiene en el conjunto analizado.

Ese cálculo es ilustrativo, no una estadística verificada sobre una plataforma específica. Para atribuirle ese porcentaje a una cuenta concreta habría que revisar una muestra representativa de sus publicaciones y definir qué se considera contenido original.

La pregunta de fondo, sin embargo, permanece intacta: ¿qué aporta una plataforma que reproduce información que otros medios ya investigaron, redactaron, documentaron y publicaron?

Compartir una noticia puede ser útil. Agregar distribución a una información importante también tiene valor. La curaduría informativa y la agregación de contenidos pueden cumplir una función legítima.

Pero reproducir no es lo mismo que investigar. Copiar un titular no equivale a verificar una denuncia. Publicar un fragmento de una declaración no sustituye el análisis del contexto. Y colocar un logotipo sobre un video ajeno no convierte automáticamente ese material en una producción periodística propia.

La diferencia está en el valor agregado: la búsqueda de documentos, las entrevistas, la comprobación de datos, el contraste de versiones y la explicación de aquello que otros apenas mencionan.

Cuando todo eso falta, la plataforma puede tener presencia digital, pero su contribución al periodismo original resulta limitada.

3. La publicidad compra distribución, no credibilidad

Pagar publicidad para distribuir contenido es una práctica legítima. Los medios, las empresas periodísticas y los creadores pueden utilizar anuncios para llegar a nuevas audiencias.

El problema no es pagar para obtener alcance. El problema es presentar ese alcance como si fuera una demostración independiente de relevancia, autoridad o confianza.

Una publicación promocionada puede acumular miles de impresiones. Eso no significa que miles de personas hayan leído la información completa, comprendido el asunto o desarrollado confianza en quien la publicó.

Hay que distinguir entre impresiones, alcance, reproducciones, interacciones, visitas al sitio y lectores recurrentes. Son indicadores diferentes y responden a preguntas distintas.

Por eso, si una plataforma necesita invertir constantemente en publicidad para sostener su visibilidad, la pregunta periodística no debería ser cuánto dinero invierte, sino qué resultados obtiene de esa inversión y qué relación existe entre su alcance pagado, su audiencia orgánica y el valor informativo que ofrece.

La publicidad puede amplificar una voz; no puede fabricar, por sí sola, una reputación periodística sólida.

Y cuando aparecen contratos publicitarios institucionales, también es legítimo preguntar cuáles son los criterios de asignación, qué métricas se utilizan, si existe transparencia en la contratación y si el medio conserva su independencia editorial.

Si se sospecha que existen relaciones privilegiadas con funcionarios o intereses políticos, corresponde investigar y documentar esas conexiones. No basta con insinuarlas: hay que probarlas.

La transparencia no debería incomodar a ningún medio que pretenda ejercer una función pública.

4. Los padrinos no pueden sustituir la independencia editorial

En cualquier ecosistema mediático donde circula dinero público o privado, existe una cuestión esencial: ¿quién financia la operación y bajo qué condiciones?

La publicidad gubernamental puede ser una fuente legítima de ingresos para los medios. Pero su asignación debe responder a criterios transparentes, verificables y relacionados con objetivos de comunicación pública, no a la afinidad política ni a la disposición de un medio a proteger a determinados funcionarios.

Si una plataforma recibe contratos estatales, la ciudadanía tiene derecho a conocer, cuando corresponda conforme a las normas de transparencia, los montos, los contratos, los objetivos de las campañas y los criterios utilizados para seleccionar a los proveedores.

Lo que no sería aceptable es que el dinero público se convierta en un mecanismo de premio o castigo según la línea editorial de cada medio.

Ahora bien, recibir publicidad institucional no demuestra por sí mismo dependencia política. Para establecerla habría que examinar contratos, patrones de asignación, decisiones editoriales y otras evidencias.

En Hackeando el Sistema sostenemos una convicción editorial: la relación entre el dinero y la información debe poder examinarse sin que el periodista tenga que bajar la cabeza ante quien paga.

La independencia no se proclama en una biografía de Instagram. Se demuestra cuando una investigación incomoda a quien tiene poder, recursos o capacidad de represalia.

5. Las cifras internacionales confirman que el problema merece atención

El debate sobre las plataformas informativas no es exclusivo de República Dominicana.

El Digital News Report 2025, del Reuters Institute for the Study of Journalism de la Universidad de Oxford, se elaboró a partir de una encuesta de más de 97,000 consumidores de noticias en línea, en 48 mercados. Sus resultados documentan la creciente importancia de las redes sociales, los videos y las personalidades digitales en el consumo informativo. También advierten sobre las preocupaciones relacionadas con la confiabilidad de las noticias.

El informe presenta cifras relevantes:

  • 65 % de la muestra internacional consumió videos sociales en 2025, frente al 52 % registrado en 2020.

  • 58 % manifestó preocupación por distinguir lo verdadero de lo falso en las noticias en línea.

  • 47 % identificó a los influencers y las personalidades digitales como una de las principales amenazas relacionadas con la difusión de información falsa o engañosa, el mismo porcentaje atribuido a los políticos nacionales.

Estas cifras corresponden a los mercados estudiados por el informe; no deben presentarse como resultados exclusivos de República Dominicana.

La conclusión que sí podemos extraer es que el crecimiento de los formatos digitales hace todavía más importante distinguir entre quienes generan información verificada y quienes simplemente la distribuyen o comentan.

El desafío no consiste en desacreditar a todos los creadores digitales. Muchos realizan un trabajo serio y aportan investigaciones valiosas. El desafío consiste en exigir estándares editoriales a quienes reclaman autoridad para informar.

Porque el público no necesita solamente más contenido. Necesita información que pueda comprobar, comprender y utilizar para tomar decisiones.

6. Hackeando el Sistema: el camino difícil de construir audiencia

En Hackeando el Sistema hemos decidido apostar por un modelo que prioriza la producción editorial, el análisis y la exposición de asuntos de interés público.

Según las cifras de nuestras cuentas compartidas por la dirección del proyecto, la comunidad digital está distribuida de la siguiente manera:

  • Instagram de Hackeando el Sistema: 3,611 seguidores.

  • YouTube: 3,538 suscriptores.

  • TikTok: 1,527 seguidores.

  • Facebook, perfil personal y página: 5,862 seguidores en conjunto.

Son cifras de nuestras cuentas, no una auditoría externa. Tampoco representan necesariamente personas únicas, porque una misma persona puede seguirnos en varias redes.

Nuestra dirección editorial sostiene que los seguidores de estos perfiles se han obtenido de manera orgánica, sin comprar seguidores. Esa es una afirmación que podemos respaldar progresivamente con los registros de crecimiento y las estadísticas de las plataformas.

No vamos a confundir seguidores con lectores, suscriptores con espectadores recurrentes ni reproducciones con impacto social. Cada indicador tiene su significado.

Pero sí defendemos una idea: construir una comunidad que llega por interés propio y decide permanecer porque encuentra contenido que considera relevante es una apuesta distinta de comprar visibilidad para aparentar influencia.

En nuestro caso, el objetivo no es ganar una competencia de vanidad digital. Es consolidar una plataforma capaz de examinar decisiones públicas, analizar cifras, cuestionar discursos oficiales, identificar contradicciones y explicar los asuntos que afectan a los ciudadanos.

Eso exige tiempo, trabajo y una disposición permanente a contrastar información.

También exige reconocer nuestros propios errores, corregir datos cuando sea necesario y someter nuestras conclusiones al escrutinio público.

No pretendemos que nuestras cifras demuestren por sí solas la calidad de nuestro periodismo. Pretendemos que nuestro trabajo pueda ser evaluado por lo que investigamos, lo que documentamos y las preguntas que nos atrevemos a formular.

7. La prueba definitiva no es cuántos te siguen, sino qué haces con la información

Un medio puede tener una comunidad pequeña y realizar una investigación que obligue a una institución a responder. Otro puede alcanzar a cientos de miles de usuarios y limitarse a reproducir declaraciones sin aportar contexto.

El tamaño de la audiencia no determina automáticamente el valor de una publicación. Tampoco lo determina la cantidad de comentarios, los ingresos publicitarios o la apariencia de popularidad.

Para evaluar el impacto periodístico hay que examinar indicadores más exigentes:

  • Originalidad: qué proporción del contenido procede de investigaciones y trabajos propios.

  • Verificación: cuántas afirmaciones se contrastan con documentos, datos y fuentes independientes.

  • Profundidad: qué capacidad tiene el medio para explicar las causas y consecuencias de los hechos.

  • Audiencia real: cuántas personas consumen efectivamente el contenido y regresan a la plataforma.

  • Impacto público: qué preguntas se incorporan al debate, qué respuestas se obtienen y qué decisiones se someten a escrutinio.

  • Independencia: qué garantías existen para que la financiación no determine la cobertura.

  • Transparencia: cómo se corrigen errores, se identifican las fuentes y se distinguen las noticias de la opinión y la publicidad.

Estos criterios no garantizan por sí solos un periodismo impecable, pero permiten discutir su calidad con algo más sólido que una captura de pantalla del contador de seguidores.

Y aquí aparece una pregunta que incomoda a cualquier proyecto que se promocione como gran referente informativo: ¿qué queda de su prestigio si dejamos de mirar sus seguidores y comenzamos a evaluar su producción original, sus investigaciones, sus fuentes y sus resultados?

8. No queremos un like: queremos que la verdad salga a la luz

En Hackeando el Sistema no creemos que el periodismo deba medirse exclusivamente por la cantidad de personas que reaccionan a una publicación.

Un contenido puede tener miles de likes y no aportar nada nuevo al debate público. Una investigación puede recibir una interacción modesta y, sin embargo, revelar documentos, desmontar una afirmación o plantear una pregunta que las autoridades preferirían evitar.

Eso no significa que el alcance carezca de importancia. Sin distribución, una investigación puede quedarse sin lectores. Lo que rechazamos es convertir la distribución en el propósito final del trabajo periodístico.

No estamos aquí para fabricar una apariencia de influencia. Estamos aquí para desarrollar una voz editorial que pueda cuestionar al poder sin pedir permiso, examinar los recursos públicos sin complejos y poner los datos por encima de la propaganda.

No necesitamos declarar que somos mejores que nadie. Necesitamos demostrar, publicación tras publicación, que nuestras afirmaciones tienen sustento, que nuestras preguntas son pertinentes y que nuestros lectores pueden verificar lo que decimos.

Si otros proyectos tienen una audiencia mayor, que la aprovechen para informar mejor. Si reciben inversiones publicitarias, que expliquen sus resultados. Si cuentan con contratos institucionales, que cumplan las reglas de transparencia. Y si realizan investigaciones originales, que las publiquen y permitan que sean evaluadas.

La competencia legítima entre medios no debería consistir en ver quién aparenta ser más grande, sino en determinar quién aporta más información útil, mejor contrastada y de mayor interés público.

La pregunta que dejamos sobre la mesa

¿Puede una plataforma ser considerada un medio periodístico por el simple hecho de publicar noticias en Instagram?

Puede ser un canal de distribución informativa. Puede llegar a tener una función periodística. Pero su credibilidad no viene incluida con la cuenta, el logotipo o el número de seguidores: debe construirse mediante prácticas editoriales comprobables.

Y cuando la producción original es escasa, la interacción parece desproporcionada frente a la audiencia declarada y la financiación despierta interrogantes, la respuesta no debería ser la descalificación automática ni la aceptación acrítica. Debería ser una exigencia mayor de transparencia y evidencia.

En Hackeando el Sistema hemos elegido un camino que exige trabajo, paciencia y responsabilidad editorial. No pretendemos que el público nos crea por una cifra ni que nos conceda autoridad por una consigna.

Queremos que examine nuestro trabajo y saque sus propias conclusiones.

Porque el periodismo no consiste en parecer influyente. Consiste en investigar aquello que importa, demostrar lo que se afirma y decir lo que debe decirse, incluso cuando resulta incómodo.

Y si algún día nuestras cifras crecen, esperamos que sea porque más personas encontraron valor en nuestro trabajo, no porque confundimos la apariencia de popularidad con la obligación de informar.

Hackeando el Sistema: menos apariencia, más investigación; menos propaganda, más evidencia; menos culto a las métricas y más compromiso con la verdad.

Fuentes de referencia: Reuters Institute for the Study of Journalism, Digital News Report 2025. Las cifras de las cuentas de Hackeando el Sistema corresponden a datos suministrados por su dirección. Las observaciones sobre plataformas con baja originalidad son planteamientos editoriales y no resultados de una auditoría independiente de terceros.

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