
Gonzalo, Alofoke y la fábrica dominicana de los “ungidos de Washington”
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Hay algo verdaderamente divertido en la política dominicana: basta una fotografía con un funcionario estadounidense para que algunos comiencen a escuchar música de película de espionaje.
Una reunión se convierte en señal.
Una fotografía se transforma en respaldo.
Una visa pasa a ser una bendición.
Y una embajadora termina convertida, sin que nadie se lo haya pedido, en una especie de notaria electoral encargada de certificar quién es el favorito de Washington.
Con Gonzalo Castillo ocurrió exactamente eso.
Su equipo de comunicación tenía una pieza que parecía perfecta para construir el relato: Gonzalo junto a la embajadora estadounidense Leah Francis Campos.
Y no era una fotografía cualquiera.
Venía acompañada de otro elemento políticamente potente: el anuncio de que Estados Unidos le había restituido su visado por diez años.
El escenario estaba servido para construir la historia:
Gonzalo volvió a tener visa. Gonzalo se reunió con la embajadora. Trump nominó a la embajadora. Por tanto, Gonzalo es el hombre de Trump.
Maravilloso.
Solo faltó imprimir los boletos para el vuelo Washington-Santo Domingo.
El problema es que la diplomacia estadounidense tiene la mala costumbre de ser bastante más amplia que una campaña electoral dominicana.
Y ahí apareció Santiago Matías.
Pero cuidado.
No confundamos las cosas.
Alofoke no es la alternativa al supuesto “ungido” Gonzalo.
Es otra pieza dentro de un tablero mucho más grande.
El error es creer que Washington necesita un solo “favorito”
La propia embajadora Leah Campos ha dejado bastante claro que su agenda no consiste en escoger públicamente al próximo presidente dominicano.
En junio de 2026 dijo que considera a Santiago Matías su amigo y habló favorablemente de él, destacando incluso aspectos de su visión sobre la identidad nacional dominicana. También contó que Matías la había acompañado a misa.
Eso no convierte a Alofoke en candidato de Estados Unidos.
Pero tampoco convierte a Gonzalo en candidato de Estados Unidos.
Y ahí está precisamente la parte que algunos parecen no querer entender.
El problema no es que Alofoke haya aparecido en la fotografía.
El problema es que alguien pretendió vendernos que la fotografía era un certificado de propiedad política.
Si Leah se reúne con Gonzalo, tenemos a Gonzalo.
Si Leah conversa con Alofoke, tenemos a Alofoke.
Si Leah conversa con otros sectores, tendremos otros “ungidos”.
A este ritmo, la Embajada va a necesitar una sala adicional para guardar todos los certificados de “favorito de Washington” que algunos comunicadores están fabricando.
Y no, Alofoke tampoco se salva de la lectura
Aquí es donde hay que evitar caer en la trampa de convertir a Santiago Matías en una especie de héroe nacional porque la embajadora lo recibió.
No.
Que una potencia extranjera considere útil a un actor social no significa que ese actor esté trabajando por los intereses dominicanos.
Y precisamente ahí está el punto que debería incomodar a todos.
Alofoke es una figura con una enorme capacidad de penetración cultural y mediática.
Tiene una audiencia gigantesca.
Tiene capacidad para instalar conversaciones.
Puede movilizar opinión.
Puede cambiar la agenda de las redes sociales en cuestión de horas.
Para cualquier actor político o diplomático que quiera entender e influir en el ecosistema dominicano, semejante plataforma resulta obviamente relevante.
Por eso la relación merece ser observada políticamente.
No para convertir a Alofoke en espía.
No para inventarle una conspiración.
Y tampoco para santificarlo.
Sino para hacer la pregunta que realmente importa:
¿Qué intereses se están articulando alrededor de estas relaciones?
Porque la propia explicación publicada sobre la relación entre Campos y Matías resulta reveladora: durante aquella conversación, Jamie Gruber describió la labor de la embajadora precisamente como la promoción de los intereses estadounidenses en República Dominicana y señaló que eso implica hablar con todos, desde el presidente y los candidatos presidenciales hasta Alofoke.
Ahí está la frase que debería estar circulando mucho más que la fotografía.
Promover los intereses de Estados Unidos.
Ese es el trabajo de una embajadora estadounidense.
No promover los intereses de Gonzalo.
No promover los intereses de Alofoke.
No promover los intereses de ningún partido dominicano.
Los intereses de Estados Unidos.
Entonces la fotografía de Gonzalo cambia completamente de significado
Y aquí es donde el equipo de Castillo debería revisar la estrategia.
Porque la reunión con Leah puede ser importante.
La restitución de la visa puede ser políticamente significativa.
El contacto con la embajadora puede ser conveniente.
Todo eso es legítimo.
Lo que no puede hacerse seriamente es convertir esos hechos en evidencia de que Washington escogió a Gonzalo Castillo como su candidato.
Porque si ese fuera el criterio, tendríamos un problema.
La embajadora también tiene vínculos con otros actores.
Y algunos de esos actores tienen conexiones propias con el universo político estadounidense.
Santiago Matías, por ejemplo, se reunió con Donald Trump en Mar-a-Lago en 2023 y posteriormente estuvo relacionado con actividades alrededor de la investidura de Trump en 2025.
Entonces la pregunta vuelve a ser inevitable:
¿Cuántos candidatos presidenciales caben dentro de la agenda diplomática estadounidense?
Probablemente todos los que puedan ser útiles.
Y ahí desaparece la magia.
La política internacional no funciona como un concurso de simpatía
Estados Unidos no necesita enamorarse de un candidato dominicano.
Necesita interlocutores.
Necesita información.
Necesita acceso.
Necesita capacidad de influencia.
Necesita entender quién tiene poder y cómo se mueve ese poder.
Por eso una embajada conversa con gobiernos, partidos, empresarios, periodistas, líderes religiosos, influencers, artistas, movimientos sociales y figuras capaces de mover opinión pública.
Eso no significa que todos sean agentes estadounidenses.
Pero tampoco significa que todos esos contactos sean irrelevantes.
Son relaciones de poder.
Y precisamente por eso hay que analizarlas con seriedad.
Lo verdaderamente ingenuo es creer que una fotografía diplomática es suficiente para determinar quién representa los intereses de Washington.
Gonzalo no necesita que lo “bendiga” Washington
Si Gonzalo Castillo quiere regresar a la competencia presidencial, tiene una tarea mucho más complicada y mucho más interesante.
Debe demostrar que puede reconstruir liderazgo dentro del PLD.
Debe demostrar que puede conectar con una sociedad distinta a la de 2019.
Debe demostrar que su pasado político no se convirtió en una carga.
Debe explicar qué representa hoy.
Y, sobre todo, debe demostrar que tiene votos.
Eso es política.
No una fotografía.
Porque si el argumento de campaña necesita constantemente mirar hacia Washington para explicar por qué Gonzalo sería fuerte, entonces existe una pregunta incómoda:
¿Y qué pasa con el electorado dominicano?
¿También hay que pedirle permiso a Washington para ganar aquí?
Y aquí es donde todos quedan retratados
Los que quisieron convertir la fotografía Gonzalo-Leah en una señal de coronación quedaron atrapados por su propia propaganda.
Porque después apareció Alofoke.
Y mañana puede aparecer otro.
Y pasado mañana otro más.
No porque todos sean candidatos de Washington.
Sino porque Washington habla con todos los que considera relevantes para sus intereses.
La embajadora Campos fue nominada por Donald Trump y confirmada por el Senado estadounidense en 2025; además, antes de llegar a Santo Domingo tuvo una trayectoria vinculada a política exterior y trabajó durante más de una década en la CIA.
Precisamente por eso conviene dejar de mirar sus fotografías como si fueran estampitas de santos electorales.
Son fotografías.
Los encuentros son encuentros.
Las relaciones son relaciones.
Y los intereses son intereses.
El resto es propaganda.
La metralleta se quedó sin balas
Así que aquella supuesta “metralleta mediática” diseñada para disparar:
“Gonzalo es el hombre de Trump”
terminó teniendo un pequeño defecto de fabricación.
Le pusieron demasiadas fotografías alrededor.
Y cuando aparecieron Leah y Alofoke compartiendo espacio, el supuesto argumento exclusivo dejó de ser exclusivo.
Pero tampoco hay que cometer el error contrario y decir:
“Entonces Alofoke es el hombre de Washington”.
No.
Eso sería exactamente la misma ingenuidad, pero con otro protagonista.
La lectura más seria es mucho más incómoda:
Alofoke puede ser útil para determinados intereses. Gonzalo puede ser útil para determinados intereses. Otros actores también pueden serlo.
Y cuando una potencia conversa con todos ellos, la pregunta inteligente no es:
“¿Quién es el favorito?”
La pregunta es:
“¿Para qué los necesita?”
Ahí comienza la verdadera política.
Y ahí también termina el cuento infantil de los “ungidos de Washington”.
Porque quizá el gran error de todos los que están jugando a descubrir quién tiene la bendición estadounidense es que están buscando un elegido.
Mientras tanto, Washington está buscando intereses.
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