
Seis años de Abinader: entre los récords del Gobierno y las promesas que todavía esperan Seis años son demasiado tiempo para seguir hablando únicamente de lo que se prometió.
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Este 16 de agosto de 2026, Luis Abinader cumple seis años sentado en la Presidencia de la República.
Son 2,191 días tomando decisiones, inaugurando obras, anunciando proyectos, defendiendo resultados y explicando por qué el país está mejor que cuando recibió el Gobierno en 2020.
Y probablemente tenga razón en una parte: República Dominicana ha cambiado en estos seis años.
La pregunta incómoda es otra:
¿Ha cambiado en la misma proporción en que se prometió?
Porque gobernar no consiste únicamente en presentar estadísticas favorables, cortar cintas y enumerar inversiones. Gobernar también significa responder por aquello que se anunció y nunca llegó, por aquello que debía estar terminado y continúa pendiente y por aquellas promesas que fueron utilizadas para construir expectativas en una población que todavía espera resultados.
El Gobierno tiene sus números.
La oposición tiene los suyos.
Pero la gente tiene algo mucho más sencillo: memoria.
El problema de los récords
Durante estos seis años, el discurso oficial ha tenido un elemento recurrente: los récords.
Récord de turistas.
Récord de inversión extranjera.
Récord de exportaciones.
Más empleos.
Más obras.
Más inversión.
Más crecimiento.
Y ahora también se nos dice que tenemos más luz que nunca.
El ministro de la Presidencia, José Ignacio Paliza, ha defendido precisamente esa tesis: el país está mejor que en 2020.
Pero aquí aparece una diferencia fundamental entre una estadística y la experiencia cotidiana.
Una economía puede crecer y, al mismo tiempo, una familia puede sentir que el dinero le alcanza menos.
El país puede recibir más turistas y un ciudadano puede continuar esperando soluciones para el transporte, la electricidad, la seguridad, la vivienda o el costo de los alimentos.
El Gobierno puede inaugurar miles de obras y todavía existir proyectos anunciados hace años que permanecen inconclusos.
Por eso el problema no es si existen números positivos.
El problema es qué tan cerca están esos números de la vida real de los dominicanos.
Seis años después, las promesas también cuentan
Aquí es donde el balance se vuelve más incómodo.
La presa de Monte Grande fue presentada como una obra fundamental para el desarrollo del sur y debía estar terminada hace años. Sin embargo, el proyecto llegó al sexto año de Gobierno todavía arrastrando retrasos.
El hospital pediátrico del sur, anunciado en Azua, continúa formando parte de esa lista de compromisos que la población espera ver convertidos en realidad.
Parqueate RD fue concebido con la promesa de construir una red de estacionamientos públicos en Santo Domingo y Santiago. La realidad, hasta ahora, está muy lejos del plan originalmente presentado.
Y hay otro caso particularmente simbólico: FONPER.
Antes de asumir la Presidencia, Abinader cuestionó duramente la existencia de ese organismo y anunció su eliminación. Sin embargo, seis años después, continúa funcionando.
Entonces hay una pregunta que no debería considerarse una provocación:
¿Qué pasó con la promesa de eliminarlo?
Porque una promesa incumplida no deja de ser incumplida porque el Gobierno tenga otras obras terminadas.
El dólar tampoco escucha los discursos
En 2022, el Gobierno utilizó la apreciación del peso como uno de sus argumentos económicos.
El dólar había descendido hasta alrededor de RD$53.80, después de haber alcanzado niveles cercanos a RD$59.
Aquello fue presentado como una muestra de fortaleza económica.
Pero hoy el tipo de cambio vuelve a rondar los RD$59.
Y aquí nuevamente aparece el problema de convertir un dato puntual en una fotografía permanente.
Una tasa favorable en un momento determinado puede ser un logro.
Pero si posteriormente se pierde ese nivel, no puede utilizarse eternamente como prueba de que el problema quedó resuelto.
La economía no se gobierna con fotografías.
Se gobierna con resultados sostenibles.
El gran riesgo del segundo mandato
El segundo período de Abinader tiene ahora una característica particular.
Ya no estamos hablando del Gobierno que llegó en medio de la pandemia.
Ya no puede atribuirse cada dificultad a la emergencia sanitaria.
Ya no estamos ante un presidente recién llegado que necesita tiempo para organizar el Estado.
Son seis años.
Y quedan menos de dos para entregar el poder.
Por eso proyectos como la autopista del Ámbar, el tranvía de Santo Domingo, el monorriel de Santiago y el desarrollo turístico de Pedernales ya no pueden analizarse solamente como anuncios.
Ahora deben medirse contra el reloj.
¿Cuántos de esos proyectos estarán realmente terminados antes de 2028?
Porque anunciar una gran obra es políticamente rentable.
Terminarla es administrativamente mucho más difícil.
El Gobierno puede tener razón y aun así estar equivocado
Este es el punto que muchas veces se pierde en la discusión política.
Es perfectamente posible que el Gobierno de Abinader haya conseguido avances importantes.
También es posible que el país tenga mejores indicadores en determinadas áreas que en 2020.
Y al mismo tiempo puede ser cierto que existan promesas incumplidas, proyectos atrasados y problemas que todavía no han sido resueltos.
Una cosa no elimina la otra.
El error está en pretender que una cifra positiva convierte automáticamente todas las críticas en falsas.
No funciona así.
Si un Gobierno construye 3,000 obras, hay que reconocerlas.
Pero si prometió otras que todavía no ha terminado, también hay que señalarlas.
Si aumenta el turismo, hay que reconocerlo.
Pero eso no significa que el ciudadano deba aceptar como resuelto todo lo demás.
Si la economía crece, hay que reconocerlo.
Pero crecimiento económico no significa automáticamente bienestar distribuido.
Y si hay más generación eléctrica o mayor cobertura, eso debe medirse también contra los apagones que los ciudadanos denuncian.
El verdadero balance comienza ahora
Abinader llegó al poder prometiendo una transformación profunda de la forma de gobernar.
Seis años después, el balance no puede limitarse a repetir los discursos presidenciales de 2021, 2022, 2023, 2024 y 2025.
Hay que volver a las promesas originales.
Una por una.
¿Qué se prometió?
¿Qué se terminó?
¿Qué está en ejecución?
¿Qué se retrasó?
¿Qué se abandonó?
¿Y qué sencillamente nunca se hizo?
Ese debería ser el verdadero informe de rendición de cuentas.
Porque una administración no se evalúa únicamente por lo que decide destacar de sí misma.
También se evalúa por aquello que preferiría que la ciudadanía olvidara.
Y aquí está el punto central:
Seis años después, Luis Abinader ya no puede pedir que lo evalúen solamente por lo que prometió hacer. Tiene que aceptar que lo evalúen por lo que efectivamente hizo.
Los récords son importantes.
Las estadísticas son importantes.
Las inauguraciones son importantes.
Pero las promesas también tienen memoria.
Y cuando faltan menos de dos años para entregar el Gobierno, ya no basta con decir que el país está mejor.
Hay que demostrar cuánto mejor está, para quién está mejor y qué ocurrió con todo aquello que se prometió y todavía no está terminado.
Porque al final de un Gobierno, la pregunta más importante no es cuántos discursos fueron pronunciados.
Es mucho más sencilla:
¿Se cumplió lo prometido?
Esa es la cuenta que ningún récord puede esconder.
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