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Abinader, Cuba y la política exterior de rodillas: ¿República Dominicana es un aliado de Estados Unidos o su punta de lanza en el Caribe?

Abinader, Cuba y la política exterior de rodillas: ¿República Dominicana es un aliado de Estados Unidos o su punta de lanza en el Caribe?

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Por Melvin Sena | HackeandoElSistema.net

República Dominicana tiene todo el derecho, dentro del derecho internacional, de declarar persona non grata a un diplomático extranjero y exigir su salida del territorio nacional. Eso no está en discusión.

Tampoco está en discusión que el Gobierno dominicano pueda mantener una posición crítica frente al régimen cubano. Cuba es una dictadura y nadie está obligado a defenderla.

Pero una cosa es defender la soberanía dominicana y otra muy distinta es confundir soberanía con alineamiento automático.

Y ahí comienza el verdadero problema.

El Gobierno de Luis Abinader acaba de ordenar la salida de nueve funcionarios diplomáticos cubanos y sus familiares, otorgándoles siete días para abandonar el país. La Cancillería no explicó las razones concretas de la decisión y se limitó a invocar las facultades que le concede el derecho internacional. Al mismo tiempo, aseguró que desea preservar las relaciones con Cuba.

La pregunta que corresponde hacer no es si República Dominicana podía expulsarlos.

Claro que podía.

La pregunta es otra:

¿Por qué ahora? ¿Por qué precisamente en este momento? ¿Y qué lugar ocupa esta decisión dentro de la política exterior que el Gobierno de Luis Abinader viene construyendo frente a Washington?

Porque los dominicanos tenemos derecho a exigir algo más que obediencia geopolítica.

Tenemos derecho a una explicación.

No se trata de defender a Cuba. Se trata de defender a República Dominicana

Quien lea esto rápidamente podría acusarnos de defender al régimen cubano.

No.

Cuba no necesita que nosotros defendamos su sistema político.

Pero República Dominicana sí necesita que sus gobernantes defiendan su capacidad de tomar decisiones propias.

La diferencia es fundamental.

Podemos condenar el autoritarismo cubano y, simultáneamente, rechazar el bloqueo estadounidense.

Podemos criticar a Miguel Díaz-Canel y, al mismo tiempo, defender el derecho del pueblo cubano a comerciar con el mundo.

Podemos mantener una relación estratégica con Washington sin convertir nuestra política exterior en una extensión de la política exterior estadounidense.

Eso se llama interés nacional.

Y el interés nacional dominicano no puede reducirse a preguntarnos qué quiere Washington antes de decidir qué queremos nosotros.

La expulsión llega en un momento demasiado significativo

La decisión contra los diplomáticos cubanos ocurre después de que República Dominicana participara en el proceso de acercamiento al denominado “Escudo de las Américas”, una iniciativa de seguridad regional impulsada por la administración de Donald Trump y de la cual Cuba quedó fuera por sus profundas diferencias con Washington.

Y esto no ocurre en el vacío.

En julio de 2026, República Dominicana se abstuvo en Naciones Unidas en una votación para llevar a debate urgente el embargo estadounidense contra Cuba. La propuesta recibió 136 votos a favor, nueve en contra y 30 abstenciones, entre ellas la dominicana.

Después llega la expulsión de los diplomáticos.

¿Significa esto que Estados Unidos ordenó al Gobierno dominicano expulsarlos?

No tenemos evidencia pública para afirmarlo.

Y precisamente por eso no debemos inventarlo.

Pero sí podemos señalar algo perfectamente verificable: las decisiones dominicanas se están produciendo dentro de un contexto de creciente alineamiento estratégico con Washington.

Y ese contexto merece ser discutido.

El avión de Maduro: cuando Washington necesitó territorio dominicano

En septiembre de 2024 ocurrió uno de los episodios más reveladores.

Estados Unidos incautó en República Dominicana un avión relacionado con el gobierno venezolano de Nicolás Maduro y posteriormente se lo llevó del país.

La administración dominicana explicó que la aeronave había sido inmovilizada a raíz de una solicitud estadounidense y que la entrega a Washington fue autorizada mediante órdenes de la Justicia dominicana.

El propio secretario de Estado estadounidense Antony Blinken defendió públicamente la operación desde Santo Domingo y declaró que Washington seguiría haciendo cumplir sus sanciones contra Venezuela.

Aquí hay una diferencia que debemos hacer.

No estamos diciendo que República Dominicana debía proteger un avión venezolano si existía una investigación criminal válida.

Estamos preguntando otra cosa:

¿Qué papel quiere jugar República Dominicana en las disputas geopolíticas de Estados Unidos con sus adversarios?

Porque una cosa es colaborar judicialmente con otro Estado.

Otra es convertirse progresivamente en una plataforma desde la cual Washington puede ejecutar sus políticas regionales.

De socio estratégico a “principal aliado”

La propia administración Abinader ha utilizado un lenguaje extraordinariamente cercano para describir la relación con Washington.

En noviembre de 2025, el entonces secretario de Defensa estadounidense Pete Hegseth afirmó que República Dominicana era el “principal aliado” de Estados Unidos en la lucha contra las drogas y la inseguridad en la región, y destacó personalmente el liderazgo de Abinader.

Eso no es una acusación de la oposición.

Lo dijo un alto funcionario del Gobierno estadounidense.

Y el Gobierno dominicano lo presentó como un reconocimiento al papel estratégico del país.

Más recientemente, la administración Abinader ha profundizado esa relación en seguridad, comercio, energía y política regional.

En marzo de 2026, Abinader participó en la cumbre del “Escudo de las Américas” y sostuvo conversaciones con funcionarios estadounidenses para fortalecer las relaciones comerciales.

En mayo volvió a reunirse con funcionarios de Washington para discutir la crisis haitiana y la cooperación regional.

Y en abril de 2026, el canciller Roberto Álvarez entregó a un alto funcionario estadounidense una carta de Abinader dirigida a Donald Trump en la que el Gobierno dominicano expresó su reconocimiento y agradecimiento por el liderazgo de Estados Unidos en la creación de la estructura internacional para enfrentar la crisis haitiana.

Todo esto puede ser cooperación.

Pero cuando la cooperación se acumula en una sola dirección, también puede convertirse en dependencia estratégica.

Haití es otro capítulo

Aquí encontramos quizá uno de los ejemplos más claros.

Abinader ha insistido durante años en que la comunidad internacional debe intervenir con mayor fuerza para enfrentar la crisis haitiana.

En mayo de 2025, después de reunirse con Marco Rubio en Washington, el presidente dominicano reiteró la necesidad de una mayor intervención internacional para enfrentar la situación haitiana.

Y en febrero de ese mismo año, durante la visita de Rubio a Santo Domingo, Estados Unidos reafirmó su apoyo a la misión multinacional de seguridad encabezada por Kenia.

Aquí nuevamente debemos hacer una distinción.

República Dominicana tiene razones legítimas para exigir una solución internacional a la crisis haitiana.

Pero una política exterior verdaderamente soberana debería ser capaz de coordinarse con Washington sin depender de Washington.

Porque Haití es nuestro vecino.

La frontera es nuestra.

La seguridad dominicana es nuestra.

Y, por tanto, la estrategia dominicana hacia Haití debería responder primero a Santo Domingo y después a Washington.

¿Y Cuba?

Aquí es donde la contradicción se vuelve más incómoda.

Las relaciones dominicano-cubanas no comenzaron con Fidel Castro.

Ni comenzaron con Miguel Díaz-Canel.

Ni dependen de si Abinader simpatiza o no con el gobierno cubano.

La propia Cancillería dominicana reconoce que las relaciones diplomáticas entre ambos países fueron establecidas formalmente en 1902, estuvieron interrumpidas durante determinados períodos y fueron restablecidas definitivamente en 1998, sobre una historia de vínculos culturales, históricos y de solidaridad.

Cuba también ha tenido una relación histórica con República Dominicana que trasciende gobiernos.

Son pueblos caribeños.

Tenemos vínculos culturales.

Tenemos historia compartida.

Tenemos familias.

Tenemos intercambio académico.

Tenemos cooperación médica y científica.

Y tenemos, sobre todo, una memoria regional que no comenzó en Washington.

Por eso resulta legítimo preguntarse si la política exterior dominicana está colocando ahora esa relación histórica en un segundo plano para privilegiar su relación con Estados Unidos.

Y esto no siempre fue así

Aquí aparece un dato que hace todavía más interesante el debate.

En mayo de 2022, cuando Estados Unidos decidió excluir a Cuba, Nicaragua y Venezuela de la Cumbre de las Américas, Luis Abinader declaró que estaría más contento si Cuba hubiera sido invitada.

El presidente dominicano reconoció entonces que Estados Unidos, como anfitrión, tenía la potestad de decidir a quién invitaba, pero expresó públicamente su preferencia por una cumbre donde Cuba estuviera presente.

Eso demuestra que había margen para una posición dominicana propia.

Entonces surge la pregunta:

¿Qué cambió?

Porque cuatro años después República Dominicana se abstiene en Naciones Unidas en una votación relacionada con el embargo a Cuba y, semanas después, expulsa a diplomáticos cubanos sin explicar públicamente las razones.

El Gobierno puede tener sus motivos.

Pero los ciudadanos tienen derecho a conocerlos.

No somos una colonia

Este es el punto que algunos deliberadamente van a querer deformar.

Decir que República Dominicana debe tener una política exterior soberana no significa ser antiestadounidense.

Estados Unidos es uno de nuestros principales socios económicos.

Millones de dominicanos viven allí.

Tenemos comercio, inversión, turismo, remesas, cooperación en seguridad y vínculos familiares profundos.

Sería absurdo negar esa realidad.

Pero precisamente porque Estados Unidos es tan importante, República Dominicana necesita una política exterior madura.

Un aliado no es un subordinado.

Un socio no es un empleado.

Y una relación estratégica no significa entregar la capacidad de decidir.

Abinader ha hablado públicamente de una relación con Estados Unidos que va mucho más allá de lo diplomático y que incluye seguridad, comercio, educación y los vínculos de millones de dominicanos residentes allí.

Perfecto.

Pero una relación de esa magnitud exige precisamente mayor capacidad de negociación, no menor.

El problema no es Washington. El problema sería no tener voluntad propia

Estados Unidos defenderá sus intereses.

Eso es exactamente lo que debe hacer.

Cuba defenderá los suyos.

Venezuela defenderá los suyos.

China defenderá los suyos.

México defenderá los suyos.

Y República Dominicana tiene que defender los nuestros.

Nadie debería escandalizarse porque Washington utilice su poder.

Lo preocupante sería que Santo Domingo renunciara voluntariamente al suyo.

Porque Estados Unidos no tiene que pedir disculpas por defender sus intereses.

Nosotros tampoco.

República Dominicana tiene algo que Estados Unidos no puede comprar

Tenemos una historia propia.

Duarte.

Sánchez.

Mella.

Luperón.

Y también las páginas más oscuras de nuestra historia, incluyendo las dictaduras y las intervenciones extranjeras, que precisamente deberían habernos enseñado que la soberanía no puede tratarse como una palabra decorativa.

Nuestra independencia costó sangre.

Nuestra restauración costó sangre.

Nuestra soberanía costó sangre.

Y durante décadas República Dominicana conoció demasiado bien lo que significa que las grandes potencias consideren al Caribe como su patio estratégico.

Por eso resulta peligroso celebrar cualquier alineamiento internacional como si fuera una victoria patriótica.

Porque hoy es Cuba

Hoy son nueve diplomáticos cubanos.

Mañana puede ser Venezuela.

Pasado mañana puede ser cualquier otro país.

Y después podría ser una decisión económica, comercial o migratoria que Washington considere conveniente.

La pregunta no es si República Dominicana puede decirle que no a Cuba.

La pregunta verdaderamente importante es:

¿Puede República Dominicana decirle que no a Estados Unidos cuando sus intereses nacionales entren en conflicto?

Esa es la prueba real de soberanía.

Porque si nuestra política exterior solamente es independiente cuando coincide con Washington, entonces no estamos hablando de independencia.

Estamos hablando de alineamiento.

“Nada es gratis”

Washington tampoco regala poder.

Ni Beijing.

Ni Moscú.

Ni nadie.

La cooperación internacional tiene intereses detrás.

Los acuerdos tienen intereses detrás.

Las alianzas militares tienen intereses detrás.

Las inversiones tienen intereses detrás.

La ayuda tiene intereses detrás.

Y la diplomacia también.

Por eso resulta ingenuo pensar que República Dominicana puede acercarse cada vez más al centro de poder estadounidense sin que ese acercamiento tenga consecuencias sobre nuestras decisiones internacionales.

El Gobierno puede defender esa estrategia.

Tiene derecho.

Pero también tiene que explicarla.

Porque los dominicanos tenemos derecho a saber qué estamos entregando, qué estamos recibiendo y cuál es el precio de cada alineamiento.

No queremos otro amo

La historia dominicana no se escribió para sustituir un amo por otro.

No luchamos contra España para terminar perteneciendo a Estados Unidos.

No restauramos la República para convertirnos en una pieza de ajedrez de ninguna potencia.

Y tampoco debemos convertir nuestra oposición legítima al régimen cubano en una excusa para aceptar cualquier cosa que venga desde Washington.

Cuba puede ser una dictadura y Estados Unidos puede ser nuestro principal socio. Las dos cosas pueden ser ciertas simultáneamente.

Pero también puede ser cierta una tercera:

República Dominicana tiene derecho a pensar por sí misma.

Ese debería ser el principio rector de nuestra política exterior.

No antiamericanismo.

No castrismo.

No chavismo.

No subordinación.

Dominicanismo.

Porque una República Dominicana verdaderamente soberana no tiene que escoger entre Washington y La Habana.

Tiene que escoger entre defender sus propios intereses o convertirse en instrumento de los intereses ajenos.

Y ahí es donde el Gobierno de Luis Abinader tiene que responderle al país.

No basta con decir que la expulsión de los diplomáticos cubanos es legal.

La pregunta política sigue pendiente: por qué se hizo, qué motivó la decisión y qué lugar ocupa dentro del nuevo alineamiento geopolítico de República Dominicana.

Porque la soberanía no consiste únicamente en tener la facultad jurídica de expulsar a quien uno quiera.

La soberanía consiste en tener la libertad política de decidir cuándo hacerlo sin que nadie más tenga que indicarnos el camino.

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