
La contradicción de Orlando Jorge Mera: el PRM pone su nombre a una convención basada en el método que él siempre rechazó
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La decisión del Partido Revolucionario Moderno (PRM) de escoger sus nuevas autoridades mediante una Convención de Delegados ha abierto un debate que va mucho más allá de un simple mecanismo interno de elección. Pero más llamativa que la modalidad escogida ha sido otra decisión tomada por el Comité Nacional. La organización aprobó que su XXIV Convención Nacional Ordinaria lleve el nombre de Orlando Jorge Mera.
Y es precisamente ahí donde aparece una contradicción histórica difícil de ignorar.
Porque si hubo un dirigente dentro del PRM que defendió consistentemente la participación de las bases, la institucionalidad democrática y los procesos abiertos, ese fue Orlando Jorge Mera.
Durante años sostuvo posiciones críticas frente a los mecanismos que reducían la participación de la militancia y concentraban las decisiones en grupos reducidos de dirigentes.

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Hay además un elemento aún más preocupante. Cuando se observan este tipo de procesos, muchas veces da la impresión de que una parte importante de la dirigencia deja de actuar como militantes con criterio propio para convertirse en simples validadores de decisiones previamente tomadas. Todos levantan la mano, todos votan a favor y casi nadie parece cuestionar nada. Y eso es peligroso para cualquier organización política. Los partidos se fortalecen cuando existen debates, diferencias y pensamiento crítico; se debilitan cuando sus dirigentes entienden que la lealtad consiste en renunciar a su capacidad de pensar.
La historia está llena de organizaciones que terminaron desconectándose de la realidad porque quienes estaban cerca del poder prefirieron proteger posiciones, privilegios o beneficios antes que advertir sobre los errores que se estaban cometiendo. Cuando una organización premia más la obediencia que la reflexión, corre el riesgo de perder precisamente aquello que la hizo crecer: la capacidad de escuchar, corregir y renovarse.
Por eso resulta inevitable preguntarse:
¿Cómo puede una convención llevar el nombre de Orlando Jorge Mera mientras se desarrolla bajo un método que él siempre cuestionó?
La pregunta no es un asunto de protocolo.
Es un asunto de coherencia política.
Porque una cosa es rendir homenaje a una figura histórica.
Y otra muy distinta es utilizar su nombre mientras se actúa en dirección contraria a los principios que defendió.
La historia política está llena de homenajes simbólicos.
Pero los verdaderos homenajes no se hacen colocando nombres en una resolución.
Se hacen respetando las ideas por las cuales una persona luchó durante toda su vida.
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Y ahí es donde el PRM enfrenta una contradicción que no puede ocultarse.
La organización que nació prometiendo hacer política de manera diferente está recurriendo a prácticas que recuerdan demasiado al viejo partido del cual surgió.
Porque para entender lo que ocurre hoy hay que recordar por qué nació el PRM.
El PRM no surgió por diferencias ideológicas con el PRD.
No nació porque unos fueran de izquierda y otros de derecha.
No apareció por discrepancias programáticas profundas.
Nació como consecuencia de una larga crisis interna provocada por métodos de dirección, conflictos de liderazgo y mecanismos de toma de decisiones que durante décadas generaron enfrentamientos permanentes dentro del Partido Revolucionario Dominicano.
El PRD pasó años atrapado en luchas internas.
Cada proceso terminaba en conflictos.
Cada conflicto terminaba en divisiones.
Y cada división producía una nueva organización política.
Así surgieron múltiples proyectos.
Así se fragmentó una de las principales fuerzas políticas del país.
Y así terminó debilitándose hasta convertirse en una organización muy distante de la fuerza que alguna vez representó.
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Lo que destruyó al PRD no fue la falta de dirigentes.
No fue la falta de historia.
No fue la falta de apoyo popular.
Fue la incapacidad de construir mecanismos internos que generaran confianza y legitimidad para todos.
Cada vez que las bases sentían que eran desplazadas por acuerdos de cúpulas, aumentaba el malestar.
Cada vez que las decisiones parecían tomadas desde arriba, surgían nuevas fracturas.
Cada vez que la participación era sustituida por estructuras controladas por grupos de poder, aparecían nuevas crisis.
La historia está escrita.
No necesita reinterpretación.
Necesita memoria.
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Por eso sorprende que el PRM, fundado precisamente por dirigentes que denunciaban esas prácticas, termine reproduciendo mecanismos que recuerdan demasiado a aquello que prometió superar.
Y la contradicción se vuelve aún más evidente cuando el nombre escogido para la convención es el de Orlando Jorge Mera.
Porque Orlando representaba exactamente lo contrario.
Representaba la apertura.
Representaba la institucionalidad.
Representaba la participación.
Representaba la idea de que los partidos debían fortalecerse escuchando a sus bases y no reduciendo su capacidad de decisión.
Por eso muchos dirigentes y militantes observan con preocupación lo ocurrido.
No porque una Convención de Delegados sea ilegal.
No porque viole los estatutos.
Sino porque envía una señal política equivocada.
La señal de que la participación amplia puede ser sustituida por decisiones tomadas por un universo reducido de delegados.
Y cuando eso ocurre, la militancia deja de sentirse protagonista.
Pasa a convertirse en espectadora.
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La gran pregunta es si el PRM está aprendiendo de la historia o repitiéndola.
Porque los partidos rara vez desaparecen por culpa de sus adversarios.
Normalmente comienzan a deteriorarse cuando dejan de escuchar a su propia gente.
Cuando las bases sienten que ya no cuentan.
Cuando la democracia interna se convierte en un trámite.
Cuando las decisiones se concentran cada vez más arriba.
Eso fue parte de lo que debilitó al PRD durante décadas.
Y es precisamente lo que muchos observan hoy dentro del PRM.
Por eso cada vez más personas comienzan a preguntarse si realmente existe una diferencia estructural entre ambas organizaciones.
Porque a veces parece que el cambio fue más nominal que cultural.
La "D" de Dominicano fue sustituida por la "M" de Moderno.
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Pero si las prácticas siguen siendo las mismas, si los métodos continúan reproduciendo los viejos esquemas y si la participación de las bases sigue reduciéndose, entonces la modernidad corre el riesgo de quedarse únicamente en el nombre.
Y quizás esa sea la mayor contradicción de todas.
Que una convención llamada Orlando Jorge Mera termine simbolizando exactamente aquello contra lo que Orlando Jorge Mera luchó durante gran parte de su vida política en el PRD/PRM.
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