El presidente Luis Abinader ha dispuesto nuevos movimientos en el servicio exterior dominicano mediante el Decreto 350-26, entre ellos la designación de Robert Ramón Arias Fernández como cónsul general de la República Dominicana en Santiago de Chile. Se trata de un nombramiento legítimo, merecido y que reconoce años de trabajo político, organizativo y partidario.
Sin embargo, en política no basta con analizar quién gana un cargo. También hay que analizar quién pierde con ese movimiento.
Y en este caso, la pregunta es obligatoria: ¿qué ocurrirá con la estructura política que Robert Arias deja en Santo Domingo Este?
Porque una cosa es el reconocimiento institucional y otra muy distinta es el impacto político de sacar del terreno a un dirigente que ha construido liderazgo, relaciones y equipos durante años.
Nadie puede decir seriamente que Robert Arias recibió este nombramiento como un regalo. Lo obtuvo porque trabajó para ello. Porque construyó una base política. Porque se ganó un espacio dentro del PRM. Pero precisamente por eso su salida física del país tiene consecuencias.
La historia política dominicana demuestra que cuando un líder es enviado al servicio exterior, su equipo entra inmediatamente en una etapa de vulnerabilidad.
Los dirigentes intermedios comienzan a recibir llamadas.
Los coordinadores territoriales empiezan a ser cortejados.
Los operadores políticos son invitados a reuniones.
Y poco a poco aparecen las ofertas, las promesas y las oportunidades que buscan atraer a esos cuadros hacia otros proyectos.
Más aún cuando el PRM vive una etapa de competencia interna cada vez más intensa.
Los presidenciables están fortaleciendo estructuras.
Los aspirantes a posiciones congresuales y municipales están ampliando equipos.
Y nadie quiere llegar débil a la próxima batalla interna.
En ese escenario, mantener unido el equipo político de Robert Arias se convierte en un desafío enorme.
Por eso la figura de la regidora Fiol Arias, hermana de Robert Arias, adquiere una importancia estratégica.
Más que ocupar espacios de representación, le corresponde asumir un rol de articulación política.
Le corresponde convertirse en un punto de referencia para los dirigentes que podrían sentirse huérfanos tras la salida de Robert.
Le corresponde mantener la cohesión, preservar la identidad del proyecto y evitar que la estructura se disperse.
Porque cuando un equipo político pierde cohesión, reconstruirlo después suele ser mucho más difícil que mantenerlo unido.
Y la realidad es que la política dominicana rara vez deja vacíos.
Los espacios que se abandonan son ocupados.
Los dirigentes que no reciben atención terminan buscando nuevos liderazgos.
Y los equipos que pierden dirección terminan fragmentándose.
Por eso, aunque el nombramiento de Robert Arias debe ser celebrado como un reconocimiento a su trayectoria, también debe ser visto como una alerta para quienes forman parte de su proyecto político.
El reto ahora no es Chile.
El reto es Santo Domingo Este.
El reto es demostrar que la fuerza de un liderazgo no depende únicamente de la presencia física de su principal dirigente.
El reto es probar que existe una estructura capaz de mantenerse unida, organizada y activa mientras su líder cumple funciones en el exterior.
Porque en política, muchas veces el verdadero examen comienza precisamente cuando el líder deja de estar presente.
Y ese examen acaba de comenzar.
Por Melvin Sena
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